El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #1
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino». Краткое содержание книги:
Richard clavó la vista en el suelo, pensativo. Con el dedo arrastró un poco de tierra a uno de los charcos formados por la lluvia que se colaba por el tejado.
—Kahlan, ¿conoces a alguien que pueda decirnos dónde buscar la caja del Destino? —preguntó en voz baja.
La mujer había estado preguntándose lo mismo durante toda la mañana.
—Sí, pero de todos los que conozco no sé de nadie que estuviera más dispuesto a ayudarnos que la gente barro. Otros nos matarían sólo por preguntar.
—Y los que no nos matarían sólo por preguntar, ¿a qué distancia de aquí se encuentran?
—Al menos tres semanas, en dirección norte. Deberíamos atravesar territorio muy peligroso controlado por Rahl.
—Tres semanas —repitió Richard levantando la voz, timbrada de decepción.
—Pero Richard, el Hombre Pájaro no puede prometernos casi nada. Si hallaras la manera de ayudarlos, si los ancianos se avienen, si piden al Hombre Pájaro que te convierta en uno de los suyos, si el consejo de videntes puede darnos una respuesta, si los espíritus la conocen... si, si, si. Demasiadas condiciones para que salga bien.
—¿No fuiste tú quien me dijiste que tenía que ganármelos? —preguntó Richard con una sonrisa.
—Sí.
—Así pues, ¿qué te parece? ¿Debería quedarme y tratar de convencerlos de que nos ayuden, o deberíamos buscar las respuestas en otra parte?
—Lo que creo es que tú eres el Buscador —contestó Kahlan, moviendo la cabeza—, y que tú debes decidir.
—Pero tú eres mi amiga y necesito consejo —insistió el joven, sonriendo de nuevo.
—No sé qué aconsejarte, Richard —repuso Kahlan, retirándose un mechón de pelo tras la oreja—. Mi vida también depende de que tomes la decisión correcta. Pero, como amiga, tengo fe en que decidirás sabiamente.
—¿Me odiarás si me equivoco? —preguntó el joven con una amplia sonrisa.
La mujer clavó la vista en aquellos ojos grises capaces de ver en su interior, unos ojos ante los que se deshacía de deseo.
—Yo nunca podría odiarte, aunque te equivoques y eso me cueste la vida —susurró, tragando el nudo que tenía en la garganta.
Richard apartó la mirada de Kahlan, volvió a contemplar la tierra del suelo unos minutos y, finalmente, miró al Hombre Pájaro.
—¿A la gente barro os gusta tener tejados que dejan pasar el agua?
—¿A ti te gustaría que te goteara agua en la cara cuando duermes?—replicó el Hombre Pájaro enarcando una ceja.
Richard negó con la cabeza, sonriendo.
—¿Y por qué no construís tejados que no goteen?
—Porque es imposible—repuso el Hombre Pájaro encogiéndose de hombros—.No tenemos los materiales adecuados. Las tejas de arcilla son pesadas y el tejado se desplomaría. La madera es escasa y debemos traerla de muy lejos. Todo lo que tenemos es hierba, y el agua se filtra a través de ella.
Richard cogió uno de los cuencos de loza y le dio la vuelta bajo una de las goteras.
—Tenéis arcilla con la que hacer piezas de cerámica.
—Nuestros hornos son pequeños, no podemos cocer un cuenco tan grande y, además, se agrietaría y también dejaría pasar el agua. Es imposible.
—Es un error decir que algo es imposible sólo porque no sabes cómo hacerlo. Yo no estaría aquí si hubiese hecho lo mismo —dijo Richard en tono suave y sin mala intención—. Tu gente es fuerte y sabia. Sería un honor para mí que el Hombre Pájaro me permitiera enseñar a su gente a hacer tejados que no goteen y, al mismo tiempo, dejan salir el humo.
El Hombre Pájaro consideró la oferta sin dejar traslucir ninguna emoción.
—Eso sería de gran provecho para la gente barro y te lo agradeceríamos profundamente. Pero no puedo prometerte más que eso.
—Tampoco lo pido. —El joven se encogió de hombros.
—Es posible que la respuesta siga siendo no. Si es así, deberás aceptarla y no hacer ningún daño a mi gente.
—Haré todo lo que pueda por tu gente y solamente espero que me juzguen justamente.
—En ese caso puedes intentarlo, pero no veo el modo de hacer un tejado de arcilla que no se agriete y gotee.
—Construiré un tejado para vuestra casa de los espíritus que tendrá un millar de grietas pero no goteará. Después os enseñaré cómo hacerlo.
El Hombre Pájaro sonrió y asintió.
24
—Odio a mi madre.
El Amo, sentado en el césped con las piernas cruzadas, contempló la amarga expresión que se dibujaba en el rostro del muchacho y esperó un momento antes de responder:
—Son palabras muy fuertes, Carl. No me gustaría que dijeras algo de lo que después te arrepintieras, al pensarlo con calma.
—Ya lo he pensado suficiente —barbotó Carl—. Hemos hablado de ello muchas veces. Ahora sé que me han estafado y engañado. Ahora sé lo egoístas que son. Y, además, son enemigos de la gente —añadió entrecerrando los ojos.
Rahl levantó la vista hacia las ventanas y contempló las escasas nubes a la luz del atardecer, que las dotaba de un hermoso y profundo color púrpura rojizo con puntos dorados. Esa noche. Por fin, esa noche regresaría al inframundo.
La mayor parte de los días y las noches pasados había mantenido al niño despierto con la papilla especial, permitiendo que durmiera sólo por breves espacios de tiempo. Así, despierto, lo había ido machacando hasta dejarle la mente vacía para que pudiera moldearla como deseara. Rahl había hablado al niño sin parar, convenciéndolo de que los demás lo habían usado, maltratado y mentido. A ratos dejaba al muchacho solo para que reflexionara sobre sus palabras y él aprovechaba para visitar la tumba de su padre y leer una vez más las inscripciones sagradas, o para dormir unas horas.
Y la noche pasada se había llevado a una joven a su lecho para relajarse; una pequeña diversión pasajera, un interludio de dulzura para poder sentir el suave tacto de otra carne contra la suya y descargar la excitación acumulada. La joven debía haberse sentido honrada, especialmente porque él había sido extremadamente tierno y encantador con ella. Después de todo, se había mostrado ansiosa por entregarse a él.
Pero ¿qué hizo? Echarse a reír. Al ver las cicatrices se había echado a reír.
Al recordarlo Rahl tenía que hacer esfuerzos para contener la furia que lo embargaba y seguir sonriendo al niño, tenía que esforzarse para ocultar la impaciencia de seguir adelante con el proceso. Entonces pensó en lo que había hecho a la joven, en la sensación de euforia que le provocó la violencia desatada, en los desgarradores gritos que le había arrancado. Ahora la sonrisa le salía de modo natural. Ésa ya no volvería a reírse de él.
—¿Por qué sonríes? —preguntó Carl.
—Sólo pensaba en lo orgulloso que estoy de ti. —Rahl bajó la mirada hacia los grandes ojos color avellana del niño. Su sonrisa se hizo más amplia al recordar cómo la cálida y espesa sangre de la joven manaba a chorros mientras gritaba. ¿Qué se había hecho de su risa altanera?
—¿De mí? —inquirió Carl con una tímida sonrisa.
—Sí, Carl, de ti. —Rahl asintió—. No hay muchos jóvenes de tu edad lo suficientemente inteligentes para darse cuenta de cómo es el mundo en realidad, capaces de ver más allá de sus propias vidas y percibir peligros y maravillas más grandes que ellos, capaces de ver lo duro que debo trabajar para que la gente viva segura y en paz. —Rahl sacudió su blonda cabeza—. A veces me duele en el corazón ver cómo los mismos por los que me esfuerzo tanto me dan la espalda y rechazan mis incansables esfuerzos, o peor aún, se unen a los enemigos de la gente.
»Quería evitar que te preocuparas por mí pero justo ahora, mientras hablamos, hay gente malvada que conspira para conquistarnos y aplastarnos. Han derribado el Límite que protegía D’Hara y ahora también el segundo Límite. Me temo que planean invadirnos. He tratado de advertir a la gente del peligro de la Tierra Occidental, de que hagan algo para protegerse, pero son pobres y simples, y esperan que sea yo quien los proteja.