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El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino

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El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino
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Demmin limpió la espada en su musculoso antebrazo y la colocó de nuevo en la funda. Entonces dirigió una última mirada a Rahl, aún inmerso en el trance y masculló entre dientes: «Odio esta parte». Dio media vuelta y se sumergió de nuevo en las sombras de los árboles, dejando al Amo solo.

Rahl el Oscuro se colocó detrás del altar e inspiró profundamente. De pronto bajó bruscamente las manos hacia el hoyo en el que se encendía fuego, y las llamas saltaron con un rugido. Rahl extendió ambas manos con los dedos crispados y el cuenco de hierro se elevó y flotó hasta situarse sobre el fuego. Entonces el Amo sacó un cuchillo curvo de su vaina y lo posó en el húmedo abdomen del muchacho. Se quitó la túnica por los hombros y dejó que cayera al suelo, donde la apartó con el pie. El sudor cubría su esbelto cuerpo y le corría por la espalda.

La piel aparecía suave y tensa sobre sus bien proporcionados músculos, excepto en la parte superior del muslo izquierdo, parte de la cadera y abdomen y el lado izquierdo de su sexo erecto. Ahí era donde estaba la cicatriz, donde lo alcanzó el fuego enviado por el viejo mago. Las llamas de fuego mágico que consumieron a su padre, situado a su derecha, también lo lamieron a él, infligiéndole el dolor del fuego mágico.

Fue un fuego distinto a todos los demás, que ardía, se pegaba a él, lo abrasaba; un fuego con un propósito. El joven Rahl gritó y gritó hasta quedarse sin voz.

Rahl el Oscuro se lamió las yemas de los dedos y se pasó los dedos húmedos por las cicatrices llenas de protuberancias. Cuánto había deseado hacerlo cuando se quemó, cuánto había deseado poner fin al terror del implacable dolor y a la sensación de ardor.

Pero los curanderos se lo impidieron. Dijeron que no debía tocarse las quemaduras y se lo impidieron atándole las muñecas. Como no podía llegar a las quemaduras, Rahl se lamía los dedos y en vez de frotarse las heridas se frotaba los labios mientras temblaba, tratando de dejar de llorar y de borrar en sus ojos la imagen de su padre quemado vivo. Durante meses lloró, jadeó y suplicó que le permitieran tocarse las quemaduras y aliviarse el ardor, pero fue inútil.

¡Cómo odiaba al mago y cómo deseaba matarlo! ¡Cómo deseaba introducir su mano en el cuerpo vivo del mago y, mientras lo miraba a los ojos, arrancarle el corazón!

Rahl el Oscuro alejó los dedos de la cicatriz, cogió el cuchillo y apartó de su mente los recuerdos de aquella época. Ahora era un hombre; era el Amo. Volvió a concentrarse en la tarea que tenía delante. Después de tejer el hechizo adecuado hundió el cuchillo en el pecho del muchacho.

Con cuidado extrajo el corazón y lo puso en el cuenco de hierro con agua hirviendo. Después hizo lo propio con el cerebro y los testículos. Finalmente, dejó el cuchillo. La sangre, que se mezclaba con el sudor que lo cubría, le goteaba de los codos.

Colocó los brazos al través sobre el cuerpo y elevó sus plegarias a los espíritus. Con el rostro alzado hacia las oscuras ventanas y los ojos cerrados, siguió desgranando conjuros, automáticamente, sin pensar. Pronunció las palabras de la ceremonia durante una hora, embadurnándose el pecho con la sangre en el momento preciso.

Al terminar de recitar las runas grabadas en la tumba de su padre, se dirigió a la arena de hechicero en la que había estado enterrado el muchacho durante su periodo de prueba. Con los brazos alisó la arena, que se le pegó a la sangre formando una costra blanca. En cuclillas empezó a dibujar cuidadosamente los símbolos que había aprendido en años de estudio, desde el eje central y entrelazándose en intrincadas formas. Rahl trabajó concentrado la mayor parte de la noche, con el cabello rubio colgándole y arrugas de tensión en la frente, añadiendo un elemento tras otro sin olvidarse ni una línea ni una pincelada ni una curva, pues sería fatal.

Cuando finalmente acabó se acercó al cuenco sagrado y comprobó que el agua se había casi evaporado, como debía ser. El recipiente flotó mágicamente hasta el bloque de piedra pulida, donde Rahl dejó que se enfriara un poco antes de coger una mano de mortero de piedra y empezar a machacar. El sudor le corría por la cara. Finalmente logró que el corazón, el cerebro y los testículos formaran una pasta, a la que añadió polvos mágicos que sacó de los bolsillos de la túnica abandonada en el suelo.

Colocado frente al altar sostuvo en alto el cuenco que contenía la mezcla mientras lanzaba hechizos. Al acabar bajó los brazos y recorrió con la mirada el Jardín de la Vida. Siempre le gustaba contemplar cosas hermosas antes de aventurarse en el inframundo.

Comió el contenido del cuenco con los dedos. Rahl detestaba el sabor de la carne y solamente comía verduras. Pero en esto no había elección, el procedimiento era el procedimiento. Si quería adentrarse en el inframundo tenía necesariamente que comer carne. Se lo comió todo, tratando de no pensar en el sabor e imaginándose que se trataba de un paté vegetal.

Se chupó los dedos para limpiárselos, dejó el cuenco sobre la piedra y fue a sentarse en el césped con las piernas cruzadas frente a la arena blanca. Tenía algunos mechones de cabello apelmazados con sangre seca. Colocó las manos sobre las rodillas, con las palmas hacia arriba, cerró los ojos e hizo varias inspiraciones profundas mientras esperaba al espíritu del muchacho.

Cuando estuvo por fin preparado, todo listo, todos los conjuros pronunciados y todos los hechizos lanzados, el Amo irguió la cabeza y abrió los ojos.

—Ven a mí, Carl —susurró en el antiguo idioma secreto.

Hubo un momento de silencio absoluto y entonces una mezcla de lamento y rugido. El suelo tembló.

Del centro de la arena, el corazón del encantamiento, el espíritu del muchacho surgió en forma de shinga, una bestia del inframundo.

Al principio era transparente como una voluta de humo que se alzara del fuego y giraba como si se desenroscara de la arena blanca. La bestia echó la cabeza atrás mientras pugnaba por atravesar los dibujos, resoplando vapor por los anchos orificios de la nariz. Rahl contempló tranquilamente cómo la aterradora bestia se alzaba, se hacía sólida, desgarrando el suelo y elevando la arena con ella. Con sus poderosas patas traseras se impulsó hasta lograr erguirse con un gemido. Entonces se abrió un agujero negro como una sima. La arena del borde cayó en la oscuridad sin fondo. El shinga flotaba sobre ella y sus penetrantes ojos marrones miraban a Rahl.

—Gracias por venir, Carl.

La bestia se inclinó y acarició el desnudo pecho del Amo con el hocico. Rahl se puso de pie y acarició la cabeza gacha del shinga, que se sentía impaciente por marcharse. Cuando al fin se tranquilizó, Rahl se subió a su lomo y se agarró con fuerza al cuello.

Con un destello de luz el shinga, con Rahl el Oscuro montado en su lomo, volvió a sumergirse en el negro vacío con un movimiento en espiral. El suelo tembló y el agujero se cerró con un chirriante sonido. El Jardín de la Vida quedó sumido en el súbito silencio de la noche.

Demmin Nass salió de entre las sombras de los árboles. Tenía la frente bañada de sudor.

—Que tengas un viaje seguro, amigo —susurró.

25

No volvió a llover durante días, pero el cielo continuaba encapotado. Kahlan apenas recordaba haberlo visto de otro modo. Sonriendo para sí contemplaba sentada en un pequeño banco colocado contra el muro de una casa, cómo Richard construía el tejado de la casa de los espíritus. El sudor le caía al joven por la espalda desnuda, en la que se apreciaban los músculos y las cicatrices que le habían dejado las garras del gar.

Richard trabajaba con Savidlin y algunos hombres más, a los que enseñaba. Había dicho a Kahlan que no necesitaba que tradujera, pues el trabajo manual era universal y era mejor que los hombres barro dedujeran solos algunas cosas, pues así lo entenderían mejor y se sentirían más orgullosos de su trabajo.

Savidlin acribillaba a Richard con preguntas que éste no comprendía. El joven se limitaba a sonreír y daba explicaciones que para los demás resultaban ininteligibles, aunque usaba las manos en un lenguaje de signos que inventaba sobre la marcha. A veces los otros lo encontraban divertido y todos acababan riendo. Pese a los problemas de comprensión habían avanzado mucho.

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