El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #1
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino». Краткое содержание книги:
Kahlan sabía que nunca podría decir a Richard que no había sido necesario que lo matara. Lo que empeoraba las cosas era que él había matado por ella, porque creía que la estaba salvando.
Seguramente la siguiente cuadrilla ya estaba en camino; eran implacables. El hombre al que Richard dio muerte sabía que iba a morir, sabía que solo no tenía ninguna oportunidad contra una Confesora, pero incluso así atacó. No se detendrían, ni siquiera conocían el significado de esa palabra, nunca pensaban en nada más que en su objetivo.
Y disfrutaban haciendo lo que les hacían a las Confesoras.
Aunque no quería, no pudo evitar pensar en Dennee. Cada vez que pensaba en las cuadrillas no podía evitar recordar lo que le habían hecho.
Antes de que Kahlan se hiciera mujer, su madre contrajo una terrible enfermedad que ningún curandero fue capaz de curar. La horrible enfermedad la consumió y acabó con ella rápidamente. Las Confesoras formaban una hermandad muy unida; el problema de una era el de todas. La madre de Dennee se hizo cargo de Kahlan y la consoló. Las dos muchachas eran muy buenas amigas y les encantó convertirse en hermanas, tal como a partir de entonces se llamaron. Eso ayudó a Kahlan a aliviar el dolor por la pérdida de su madre.
Dennee era una muchacha frágil, como su madre. No poseía el mismo poder y fortaleza que Kahlan y, con el tiempo, ésta se fue convirtiendo en su defensora y guardiana, protegiéndola de las situaciones que requerían más fuerza de la que Dennee era capaz de mostrar. Después de usar su poder Kahlan era capaz de recuperarse en una o dos horas, pero Dennee podía necesitar hasta varios días.
Y llegó el fatídico día en el que Kahlan tuvo que ir a escuchar la confesión de un asesino que iba a ser colgado. En realidad, le correspondía a Dennee, pero Kahlan había ido en su lugar por evitarle el mal trago a su hermana. Dennee odiaba tomar confesiones, odiaba ver la mirada en los ojos del confesante. A veces lloraba días enteros. Ella nunca le habría pedido a Kahlan que fuera en su lugar, pero el alivio en su cara cuando ésta le dijo que iría fue suficiente. A Kahlan tampoco le gustaba escuchar confesiones, pero era más fuerte, sabia y reflexiva. Comprendía y aceptaba que ser Confesora era su poder; era lo que ella era y no le dolía tanto como a Dennee. Kahlan siempre había sido capaz de poner antes la cabeza que el corazón y hubiera hecho cualquier trabajo sucio si así se lo ahorraba a Dennee.
De camino a casa Kahlan oyó unos suaves quejidos a un lado del camino; eran gemidos agónicos. Para su horror descubrió a Dennee entre los arbustos, desmadejada.
—Iba a...buscarte... Quería caminar contigo a casa —dijo Dennee cuando Kahlan colocó la cabeza de la joven en su regazo—. Una cuadrilla me atrapó. Lo siento. Acabé con uno, Kahlan. Lo toqué. Acabé con uno. Habrías estado orgullosa de mí.
Horrorizada, Kahlan sostenía la cabeza de su hermana, consolándola y diciéndole que todo se arreglaría.
—Por favor, Kahlan... bájame el vestido —La voz de Dennee sonaba como si viniera de muy lejos; débil y floja—. Yo no puedo mover los brazos.
Superado el momento de pánico, Kahlan vio por qué: se los habían roto brutalmente y ahora le colgaban inútiles a los lados, doblados en ángulos no naturales. De una oreja le manaba sangre. Kahlan le bajó lo que quedaba del vestido, empapado en sangre, cubriéndola como buenamente pudo. La cabeza la daba vueltas por el horror de lo que los hombres habían hecho y en la garganta notaba como una sensación de ahogo que le impedía hablar. Kahlan trataba de contener los gritos, por miedo a asustar a su hermana aún más. Sabía que tenía que ser fuerte por ella una última vez.
Dennee susurró el nombre de Kahlan y le indicó que se acercara más.
—Ha sido Rahl el Oscuro... Él no estaba aquí, pero ha sido él.
—Lo sé —repuso Kahlan con toda la ternura que fue capaz de reunir—. Échate, te pondrás bien. Te llevaré a casa. —Sabía perfectamente que era una mentira, que Dennee no iba a ponerse bien.
—Por favor, Kahlan, mátalo —susurró su hermana—. Pon fin a esta locura. Ojalá tuviera la fuerza necesaria para matarlo. Hazlo tú por mí.
Kahlan sintió la rabia que hervía en su interior. Era la primera vez que deseaba usar el poder para hacer daño a alguien y matarlo. Estuvo a punto de sentir algo que nunca antes había sentido; una terrible cólera, una fuerza que le nacía de muy dentro, de su propia esencia. Con dedos temblorosos acarició los ensangrentados cabellos de su querida Dennee.
—Lo haré —le prometió.
Dennee se relajó en sus brazos. Kahlan se quitó el colgante con el hueso y lo colocó alrededor del cuello de su hermana.
—Toma, es para ti. Te protegerá.
—Gracias, Kahlan. —La joven sonrió. De sus grandes ojos le brotaban lágrimas que le corrían por la pálida piel de las mejillas—. Pero ahora nada puede protegerme. Sálvate tú. No dejes que te cojan. Les gusta. Me hicieron tanto daño... y disfrutaron. Se rieron de mí.
Kahlan cerró los ojos para no tener que presenciar el dolor de su hermana, la acunó en sus brazos y la besó en la frente.
—No me olvides, Kahlan. Recuerda lo bien que lo pasamos.
—¿Malos recuerdos?
Kahlan irguió bruscamente la cabeza volviendo de golpe a la realidad. El Hombre Pájaro se había acercado a ella silenciosamente, sin hacerse notar. Kahlan asintió y apartó la mirada.
—Por favor, perdóname por mostrar debilidad—dijo, aclarándose la voz y secándose las lágrimas con los dedos.
El hombre la contempló con sus ojos marrones y se sentó junto a ella en el corto banco con un ágil movimiento.
—Ser una víctima no es una debilidad, muchacha.
Kahlan se limpió la nariz con el dorso de la mano y se tragó el gemido que trataba de salirle por la boca. Se sentía tan sola. Echaba tanto de menos a Dennee... El Hombre Pájaro le pasó tiernamente el brazo por encima del hombro y le dio un breve y paternal abrazo.
—Pensaba en mi hermana, Dennee. Rahl mandó asesinarla. Yo la encontré y... murió en mis brazos... La torturaron. Rahl no se contenta con matar. Tiene que ver cómo la gente sufre antes de morir.
El Hombre Pájaro asintió comprensivamente.
—Aunque seamos distintos sufrimos igual.—Con el pulgar limpió una lágrima de la mejilla de la mujer y buscó algo en el bolsillo—.Extiende la mano.
Ella lo hizo y el hombre le puso unas cuantas semillas de pequeño tamaño. Entonces inspeccionó el cielo y sopló el silbato silencioso, el que llevaba colgado al cuello. Pocos minutos después un pájaro pequeño y de un color amarillo brillante se posó en su dedo con un batir de alas. El Hombre Pájaro acercó su mano a la de Kahlan, de modo que el pájaro comiera las semillas de la mano de la mujer. Kahlan notaba las diminutas patas del ave que se aferraban a ella mientras picoteaba. El pájaro era tan bonito y brillante que Kahlan no pudo evitar sonreír. Al acabar las semillas, el ave batió las alas y se quedó en su mano, sin demostrar ningún miedo.
—Me pareció que te gustaría contemplar algo bello entre tanta fealdad.
—Gracias—repuso Kahlan con una sonrisa.
—¿Quieres quedártelo?
Kahlan contempló el pájaro durante unos instantes; sus largas plumas brillantes, el modo como ladeaba la cabeza. Pero lo lanzó al aire.
—No tengo ningún derecho—explicó mientras miraba cómo se alejaba volando—.Tiene que ser libre.
El Hombre Pájaro asintió una sola vez con una leve sonrisa que le iluminó la cara. Entonces se inclinó hacia adelante, apoyó los antebrazos en las rodillas y observó la casa de los espíritus. Tal vez un día más y el tejado quedaría acabado. Largos mechones de pelo gris plateado le cayeron enmarcándole el rostro y ocultándolo a Kahlan. Ésta observó cómo trabajaba Richard. La mujer deseaba con todo su corazón que la abrazara, y se desesperaba porque sabía que no podía permitir que eso ocurriera.
—¿Deseas matar a ese hombre, a Rahl el Oscuro?—inquirió el Hombre Pájaro sin mirarla.