El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino
- Автор: Гудкайнд Терри
- Серия: La Espada de la Verdad #1
- Язык: испанский
- Переводчик: Joana Claverol
- Жанр: Фэнтези
Электронная книга - «El Libro de las sombras contadas. Las Cajas del Destino». Краткое содержание книги:
Al principio Richard no le contó a Kahlan lo que se proponía; simplemente sonrió y dijo que tendría que esperar para verlo. Primero cogió bloques de arcilla de aproximadamente treinta por sesenta centímetros y les dio forma de onda; una mitad cóncava —como un canalón— y la otra convexa. Entonces los vació y pidió a las mujeres que cocían la cerámica que los metieran en el horno.
A continuación, fijó dos listones de madera iguales a un tablero plano, una a cada lado, y puso en el centro un trozo de arcilla blanda. Con un rodillo la aplanó y le dio el mismo grosor que los listones de madera. Tras cortar lo que sobraba en la parte superior e inferior del tablero, el resultado fueron piezas de arcilla de un grosor y tamaño uniforme, que cubrió y alisó sobre los moldes que las mujeres habían cocido. Con un palo hizo un agujero en las dos esquinas superiores.
Las mujeres lo seguían, observando atentamente lo que hacía, y él las reclutó como ayudantes. Al poco rato tenía todo un equipo de risueñas y locuaces mujeres que hacían las piezas y les daban forma, mejorando la técnica de Richard. Cuando las piezas de arcilla se secaran las sacarían de los moldes. Mientras éstas se cocían, las mujeres, ahora intrigadas, siguieron haciendo más. Preguntaron a Richard cuántas debían hacer, y éste les respondió que hasta que él les dijera basta.
El joven las dejó así ocupadas, se dirigió a la casa de los espíritus y empezó a construir una chimenea con los adobes que se usaban para las casas. Savidlin lo seguía, tratando de aprenderlo todo.
—Estás haciendo tejas de arcilla, ¿verdad? —le preguntó Kahlan.
—Sí —contestó Richard con una sonrisa.
—Pero Richard, yo he visto tejados de paja por los que no se cuela el agua.
—Yo también.
—¿Y por qué no te limitas a arreglar sus tejados de hierba para que no goteen?
—¿Sabes cómo se hace eso?
—No.
—Yo tampoco, pero como sé hacer tejas de arcilla eso es lo que tendré que enseñarles.
Mientras construía la chimenea y enseñaba a Savidlin cómo hacerlo, algunos hombres barro retiraban la hierba del tejado dejando al descubierto la armazón de postes que cubrían todo el edificio y a las que se habían sujetado las capas de hierba. Ahora servirían para asegurar las tejas.
Éstas se tendieron de una hilera de postes a la siguiente; el borde inferior quedaba sobre el primer poste y el superior sobre el segundo, y por los agujeros se ataban a los postes. La segunda hilera de tejas se dispuso de manera que su borde inferior quedara encima de la parte superior de la teja ya colocada, cubriendo los agujeros que sujetaban las tejas. Gracias a su forma ondulada, las tejas se entrelazaban. Puesto que eran más pesadas que la hierba, primero Richard había reforzado los postes desde abajo con soportes que iban del suelo al punto más alto del tejado, y los había apuntalado con otros transversales.
Casi todos los habitantes de la aldea colaboraban en la construcción. El Hombre Pájaro se dejaba caer por allí de vez en cuando, inspeccionaba el trabajo y parecía complacido. A veces se sentaba junto a Kahlan sin decir palabra, otras conversaba con ella, pero por lo general se limitaba a observar. Alguna que otra vez le preguntaba algo sobre el carácter de Richard.
Mientras Richard trabajaba, Kahlan estaba casi todo el tiempo sola. Las mujeres no aceptaban sus ofrecimientos de ayuda; los hombres guardaban las distancias y la vigilaban por el rabillo del ojo; y las muchachas jóvenes eran demasiado tímidas para atreverse a hablar con ella. A veces Kahlan las sorprendía mirándola fijamente, pero cuando les preguntaba cómo se llamaban ellas sólo sonreían tímidamente y huían. Los niños intentaban acercarse a ella, pero sus madres se lo impedían. Kahlan no podía ayudar a cocinar ni a hacer las tejas. Todos sus ofrecimientos eran rechazados amablemente con la excusa de que era una invitada de honor.
Pero ella sabía qué ocurría en realidad: era una Confesora y la temían.
Kahlan estaba acostumbrada a aquella actitud, a las miradas y a los susurros. Ya no la molestaba, como cuando era una jovencita. Recordaba que su madre le decía con una sonrisa que la gente era así y que no la haría cambiar, que no debía amargarse por ello y que un día estaría por encima de todo eso. Creía que lo había superado, que no le importaba, que había aceptado quién era, cómo eran las cosas y que no podría tener lo que el resto de la gente tenía, y que así debía ser. Pero eso era antes de conocer a Richard; antes de que se convirtiera en su amigo, de que la aceptara, de que hablara con ella, de que la tratara como una persona normal. De que se preocupara por ella.
Pero Richard no sabía quién era ella.
Finalmente Savidlin se había mostrado amistoso con ella y les había abierto a ambos las puertas de su pequeño hogar, donde vivía con su esposa, Weselan, y su hijo, Siddin. Richard y Kahlan podían dormir en el suelo. Aunque fuera a insistencia de Savidlin, Weselan había aceptado a Kahlan en su hogar con amable hospitalidad y no se mostraba fría con ella a espaldas de su marido. Por la noche, cuando era demasiado oscuro para seguir trabajando, Siddin se sentaba con Kahlan en el suelo y escuchaba con los ojos muy abiertos las historias que ésta le contaba sobre reyes y castillos, países remotos y fieras salvajes. El niño se sentaba en su regazo, le suplicaba que siguiera contando historias y la abrazaba. A Kahlan se le llenaban los ojos de lágrimas al pensar que Weselan se lo permitía, que no lo apartaba de su lado, que mostraba la amabilidad de no exteriorizar su miedo. Cuando Siddin se quedaba dormido, ella y Richard relataban a Savidlin y Weselan las peripecias de su viaje desde la Tierra Occidental. Savidlin, que respetaba el triunfo en la lucha, escuchaba con unos ojos casi tan abiertos como los de su hijo.
El Hombre Pájaro parecía contento con el nuevo tejado. Cuando vio lo suficiente para imaginarse cómo funcionaría, sonrió para sí y meneó la cabeza lentamente. Pero los seis ancianos no se mostraban tan impresionados. Para ellos el que de vez en cuando les cayeran gotas de agua en el interior no era nada de lo que preocuparse; había sido así toda su vida y les contrariaba que de pronto llegara un forastero y les demostrara qué estúpidos habían sido. Algún día, cuando uno de los ancianos muriera, Savidlin se convertiría en uno de los seis. Kahlan deseó que ya lo fuera, pues no les iría nada mal contar con un aliado tan poderoso entre los ancianos.
Otra cosa que le inquietaba era qué sucedería si, después de que el tejado estuviera acabado, los ancianos se negaban a que Richard fuera nombrado hombre barro. Richard no le había prometido que no les haría daño. Aunque no era el tipo de persona capaz de hacer algo así, ante todo era el Buscador. Había más en juego que las vidas de un puñado de gente barro, mucho más, y el Buscador debía tenerlo en cuenta. Y ella también.
Kahlan no sabría decir si Richard era otro después de matar al último componente de la cuadrilla, si ahora era más duro. Cuando uno aprende a matar juzga las cosas de manera distinta; es más sencillo volver a matar. Ella lo sabía demasiado bien.
Ojalá Richard no hubiera acudido en su ayuda, ojalá no hubiera matado a ese hombre. Kahlan no era capaz de decirle que había sido un acto innecesario. Un hombre solo difícilmente hubiera podido matarla. Ésa era la razón por la que Rahl siempre enviaba a cuatro hombres tras las Confesoras: uno para que la Confesora lo tocara con su poder y otros tres para matar al primero y a la Confesora. A veces sólo quedaba uno, pero era suficiente cuando la Confesora ya había gastado su poder. ¿Pero uno solo? No tenía casi ninguna oportunidad. Aunque era fornido, ella era más rápida. Cuando hubiera blandido la espada, ella simplemente la habría esquivado con un salto y antes de poder usarla de nuevo lo habría tocado y hecho suyo. Eso hubiera sido su fin.