Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне

Электронная книга - «La Casa De Riverton». Краткое содержание книги:

Un suicidio inesperado marcará para siempre a los habitantes de Riverton Manor
En el verano de 1924 todo es felicidad en la mansión de Riverton Manor… hasta la noche de la fiesta. Toda la alta sociedad se está divirtiendo entre el glamour y la elegancia del paraje. Pero en medio de la noche se escucha un disparo. El joven poeta Robbie Hunter se ha quitado la vida a orillas del lago de la mansión. Las hermanas Hartford, Hannah y Emmeline, serán las únicas testigos y se convertirán además en las protagonistas de toda la prensa del momento.
Unas cuantas décadas después, en 1999, Grace Bradley, la que fuera en su día doncella en Riverton Manor, recibe la visita de una joven directora de cine que está preparando una película sobre el suicidio del poeta. Tras años de silencio y olvido, los fantasmas del pasado empiezan a aflorar; y un terrible secreto intenta abrirse paso, un secreto que Grace no ha podido borrar jamás de su memoria. Los recuerdos siguen vivos en esta novela llena de amor, celos, odios y rivalidades, recuerdos que se gestaron en un verano de los decadentes años veinte.
1 ... 85 86 87 88 89 90 91 92 93 ... 127
Перейти на страницу:

Hannah le recuerda que Emmeline y ella se criaron en el mismo lugar. Teddy sólo levanta una ceja, le exige que su hermana se someta a su autoridad. Cuanto antes, mejor. Tiene que pasar más tiempo en su casa, donde Deborah le servirá de guía para su vida adulta.

Hannah no está de acuerdo. Opina que compartir el tiempo con Deborah es otra forma de aislarse, pero no lo dice. Necesita que Teddy recupere esas películas y no quiere disgustarlo.

Teddy resopla. No tiene tiempo para seguir conversando sobre el tema. Tiene que ir al club. Le pide a su esposa que le anote la dirección del cineasta y le recomienda no conservar nada que pueda relacionarles con él en el futuro. En un matrimonio no hay lugar para el secreto.

A la mañana siguiente, mientras ordeno el tocador de Hannah, encuentro una nota con mi nombre en el encabezado. Seguramente la ha dejado allí después de que la ayudara a vestirse. La abro, con los dedos temblorosos, aunque no por temor o inquietud sino por la expectativa, la excitación que provoca lo imprevisible.

Sin embargo, cuando la abro descubro que no está escrita en inglés. Es un conjunto de curvas, líneas y puntos, cuidadosamente dibujados en la página. Al observarlo comprendo que es taquigrafía. Me recuerda los cuadernos que encontraba en Riverton, hace años, cuando ordenaba el cuarto de Hannah. Me ha dejado una nota escrita en un código secreto, que no puedo descifrar.

No me separo de la nota en todo el día. Pero mientras me ocupo de la limpieza, la costura o el zurcido no puedo concentrarme en mis tareas. La mitad de mi mente se pregunta qué dice, tratando de encontrar el modo de saberlo. Busco los libros que me permitirían decodificaría, pero no los encuentro. Tal vez Hannah los dejara en Riverton.

Unos días más tarde, a la hora del té, cuando estoy recogiendo la mesa, Hannah se acerca a mí y me pregunta:

– ¿Recibiste mi nota?

Le digo que sí.

– Es nuestro secreto -señala sonriente. Es la primera sonrisa que le he visto en mucho tiempo.

Se me cierra el estómago. Sus palabras confirman que es importante, un secreto. Y que soy la única persona a quien se lo ha confiado. Debo decirle la verdad o encontrar la manera de leerlo. Elijo lo último, por supuesto. Por primera vez en mi vida alguien me escribe una carta en un código secreto.

Días después llega la solución. Saco el ejemplar de El regreso de Sherlock Holmes que tengo debajo de la cama y dejo que se abra en el lugar donde hay un señalador. Allí, entre dos de mis cuentos favoritos, está mi lugar secreto. Entre las cartas de Alfred hay un pedazo de papel que he guardado durante un año. Por suerte lo he conservado, no porque me interese el domicilio que tiene escrito, sino porque es su letra. Solía mirarlo, olerlo y revivir el día en que me lo entregó, aunque no lo he hecho durante meses, no desde que él comenzó a escribirme regularmente cartas más afectuosas. Saco el papel con la dirección de Lucy Starling.

No la he visitado hasta ahora. No ha sido necesario. Mi trabajo me mantiene ocupada y en mis escasos ratos libres leo o escribo a Alfred. Por otra parte, hay algo más que me ha impedido ponerme en contacto con ella. Una pequeña llama de celos, ridicula pero poderosa, se encendió cuando Alfred pronunció su nombre de pila de forma tan espontánea aquella tarde en medio de la niebla.

Cuando llego al apartamento me asalta la duda. ¿Estaré haciendo lo correcto? ¿Vivirá aún allí? ¿Debería haberme puesto mi otro vestido, el bueno? Toco el timbre. Me atiende una anciana. Me siento aliviada y desilusionada.

– Lo siento, buscaba a otra persona.

– ¿Sí?

– Una antigua amiga.

– ¿Cómo se llama?

– Señorita Starling -le digo, aunque no es asunto suyo-. Lucy Starling.

Hago un gesto en señal de despedida y cuando me dispongo a irme, ella dice casi en un murmullo:

– Primer piso, segunda puerta a la izquierda.

Comprendo que la anciana es la casera. Me observa mientras subo la escalera cubierta por una alfombra roja. Aunque no puedo verla, siento sus ojos clavados en mí. Tal vez no sea así. Quizás haya leído demasiadas novelas de misterio.

Avanzo cautelosamente por el pasillo. Está oscuro. La única ventana, en el hueco de la escalera, está cubierta de polvo. Segunda puerta a la izquierda. Golpeo. Se oye un frufrú y sé que ella está allí. Respiro profundamente.

La puerta se abre. Es ella. Tal como la recordaba.

Me mira un instante.

– ¿Sí? -pregunta parpadeando-. ¿Nos conocemos?

La casera sigue observando. Ha subido los primeros escalones para no perderme de vista. La miro y rápidamente vuelvo a dirigirme a la señorita Starling.

– Soy Grace, Grace Reeves. Nos conocimos en la mansión Riverton.

Cuando me reconoce su cara se ilumina.

– Grace, por supuesto. ¡Qué gusto verla! -exclama con el tono mesurado que usaba para mantener la distancia con los sirvientes de Riverton. Sonríe, se aparta de la puerta y me indica que pase.

No he pensado qué voy a decir. La idea de visitarla surgió súbitamente.

La señorita Starling me conduce a una pequeña sala, y espera a que yo tome asiento primero.

Me ofrece una taza de té. Me parece descortés no aceptar. Cuando desaparece en lo que presumo es la cocina, recorro con la vista la habitación. Es más luminosa que el pasillo, y advierto que las ventanas, como todo el apartamento, están escrupulosamente limpias. Ella ha logrado que su modesta condición luzca lo mejor posible.

Cuando regresa trae una bandeja cargada con una tetera, un azucarero y dos tazas.

– ¡Qué agradable sorpresa! -dice. En su mirada advierto la pregunta que, por cortesía, no se atreve a formular.

– He venido a pedirle un favor -explico.

Ella asiente.

– ¿De qué se trata?

– ¿Sabe taquigrafía?

– Por supuesto -responde, con cierta preocupación-. Tanto el método Pitman como el Gregg.

Es mi última oportunidad de arrepentirme y partir. Puedo decirle que cometí un error, dejar la taza y dirigirme hacia la puerta. Bajar rápidamente las escaleras, salir a la calle y no regresar jamás. Pero si lo hago nunca lo sabré. Y debo saberlo.

– ¿Podría descifrar algo para mí? -me oigo decir-. ¿Contarme qué dice?

– Por supuesto.

Le entrego la nota. Contengo la respiración. Espero haber tomado la decisión correcta.

Sus ojos claros recorren los renglones, con una lentitud atroz. Por fin se aclara la voz.

– Dice: «Gracias por ayudarme en el desafortunado asunto de la película. No sé qué habría hecho sin ti. T. se disgustó mucho al saberlo… como podrás imaginarte. No le he contado todo, por cierto, no le he dicho que estuvimos en ese horrendo lugar. Él no es indulgente con los secretos. Sé que puedo contar contigo, mi incondicional Grace. Eres más una hermana que una doncella».

La señorita Starling me mira.

– ¿Tiene esto algún sentido para usted?

Asiento. No puedo pronunciar una palabra. Más una hermana… Una hermana. De pronto estoy al mismo tiempo en dos lugares: aquí, en la modesta sala de Lucy Starling, y muy lejos, en el tiempo y el espacio, en el cuarto de juegos de Riverton, contemplando ansiosamente desde la biblioteca a dos niñas con el mismo cabello y los mismos lazos. Los mismos secretos.

La señorita Starling me devuelve la nota sin hacer más comentarios sobre su contenido. De pronto advierto que las referencias a asuntos desafortunados y secretos pueden haber despertado sus sospechas.

– Es parte de un juego -me apresuro a decir y prosigo, más lentamente, deleitándome con la falsedad-, que jugamos a veces.

– ¡Qué divertido! -contesta despreocupadamente la señorita Starling. Como secretaria, está acostumbrada a oír y olvidar las confidencias de los demás.

Terminamos nuestro té conversando sobre Londres y los viejos tiempos en Riverton. Me sorprende oírla decir lo nerviosa que se ponía cuando bajaba al comedor de los sirvientes y que el señor Hamilton le imponía más que el señor Frederick. Ambas reímos cuando le digo que nosotros estábamos tan nerviosos como ella.

1 ... 85 86 87 88 89 90 91 92 93 ... 127
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)