La Casa De Riverton
- Автор: Morton Kate
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «La Casa De Riverton». Краткое содержание книги:
En el verano de 1924 todo es felicidad en la mansión de Riverton Manor… hasta la noche de la fiesta. Toda la alta sociedad se está divirtiendo entre el glamour y la elegancia del paraje. Pero en medio de la noche se escucha un disparo. El joven poeta Robbie Hunter se ha quitado la vida a orillas del lago de la mansión. Las hermanas Hartford, Hannah y Emmeline, serán las únicas testigos y se convertirán además en las protagonistas de toda la prensa del momento.
Unas cuantas décadas después, en 1999, Grace Bradley, la que fuera en su día doncella en Riverton Manor, recibe la visita de una joven directora de cine que está preparando una película sobre el suicidio del poeta. Tras años de silencio y olvido, los fantasmas del pasado empiezan a aflorar; y un terrible secreto intenta abrirse paso, un secreto que Grace no ha podido borrar jamás de su memoria. Los recuerdos siguen vivos en esta novela llena de amor, celos, odios y rivalidades, recuerdos que se gestaron en un verano de los decadentes años veinte.
– Es inimaginable que alguien asesine a su propia esposa, a la que se supone que ama.
– La mayoría de los asesinatos son cometidos por personas que dicen amarse -señaló la señora Christie.
– En general, la gente se está volviendo más violenta -opinó Teddy, y encendió un cigarro-. Basta con abrir el periódico para comprobarlo. Poco ha ayudado la prohibición de llevar pistolas.
– Esto es Inglaterra, señor Luxton, la tierra de las cacerías de zorro. No es difícil conseguir un arma de fuego.
– Tengo un amigo que siempre lleva consigo un revólver -intervino Emmeline.
– No es cierto -replicó Hannah, meneando la cabeza. Luego se dirigió a la señora Christie-. Me temo que mi hermana ha visto demasiadas películas estadounidenses.
– Es verdad -aseguró Emmeline-. Este amigo al que frecuento, al que concederé el beneficio del anonimato, me contó que era tan sencillo como comprar un paquete de cigarrillos. Se ofreció a conseguir uno para mí cuando lo deseara.
– Apuesto a que es Harry Bentley -afirmó Teddy.
– ¿Harry? -exclamó exageradamente Emmeline agitando las negras pestañas de rímel-. Harry es incapaz de matar una mosca. Tal vez te refieras a Tom, su hermano.
– Conoces a demasiada gente indeseable. Como recordarás, llevar armas es ilegal, además de peligroso.
Emmeline se encogió de hombros.
– Aprendí a disparar cuando era casi una niña. Todas las mujeres de mi familia saben usar armas. De lo contrario, la abuela nos habría repudiado. Pregúntale a Hannah. En una oportunidad trató de evitar la cacería, dijo que no le parecía correcto matar animales indefensos. La abuela le respondió sin vacilar, ¿no es así, Hannah?
Hannah alzó las cejas y tomó un sorbo de vino tinto, mientras su hermana continuaba.
– La abuela le dijo: «Es una tontería. Eres una Hartford. Llevas en la sangre la afición por la caza».
– Respeto su punto de vista, pero eso no modifica el mío-sentenció Teddy-. No habrá revólveres en esta casa. No quiero pensar lo que opinarían mis electores si supieran que no respeto la prohibición de tener armas de fuego.
– Futuros electores -precisó Hannah.
Emmeline puso los ojos en blanco.
– Tranquilízate, Teddy -le aconsejó Emmeline-. Si sigues así, tendrás un ataque al corazón y ya no necesitarás preocuparte por las armas de fuego. No he dicho que tenga intención de comprar un revólver. Sólo intentaba referirme a que una chica debe tener mucho cuidado hoy en día, cuando se oyen constantemente historias de esposos que se matan entre sí. ¿Está de acuerdo, señora Christie?
La señora Christie había estado atenta al diálogo con una expresión irónica, divertida.
– Me temo que no tengo mucho que decir sobre las armas. Mi especialidad son los venenos.
– Eso debe de ser inquietante, Archie -opinó Teddy, haciendo gala de un sentido del humor que yo no le conocía-. Una esposa aficionada al veneno.
Archibald Christie sonrió levemente.
– Es sólo una de las encantadoras aficiones de mi esposa.
Los esposos Christie se miraron a través de la mesa.
– No más encantador que tus sórdidas aficiones -replicó la señora Christie-, y mucho menos miserables.
Esa misma noche, ya tarde, después de que los invitados se retiraran, tomé mi ejemplar de El misterioso caso de Styles que tenía debajo de la cama. Era un regalo de Alfred y estaba tan absorta releyendo, una vez más, su dedicatoria, que no oí la campanilla del teléfono. Seguramente el señor Boyle había transferido la llamada a la habitación de Hannah. En ese momento no le di importancia. Comencé a preocuparme cuando el mayordomo llamó a mi puerta para decirme que la señora quería verme.
Hannah todavía tenía puesto su vestido de seda gris claro. El cabello rubio y ondulado le enmarcaba el rostro y una diadema de brillantes adornaba su cabeza. Estaba de pie, de espaldas a mí. Se volvió cuando entré en la habitación.
– Grace -dijo, tomando mis manos entre las suyas. El gesto me alarmó, era demasiado personal. Algo había ocurrido.
– Sí, señora.
– Siéntate, por favor -rogó, indicándome que tomara asiento en el sillón, junto a ella. Luego me miró, con sus ojos azules cargados de preocupación.
– ¿Qué ocurre, señora?
– He recibido una llamada de tu tía.
En ese instante comprendí de qué se trataba.
– Mi madre.
– Lo siento mucho, Grace -comentó, meneando suavemente la cabeza-. Su hora había llegado. El médico no pudo hacer nada.
Hannah se ocupó de organizar mi viaje a Saffron Green. Al día siguiente, por la tarde, trajeron el coche del garaje. Viajé en el asiento de atrás. Fue muy amable de su parte, era mucho más de lo que yo esperaba, ya tenía previsto tomar el tren. Pero Hannah insistió, disculpándose por no poder acompañarme porque esa noche debía asistir a la cena en la que se proclamaría la candidatura de Teddy.
Miré por la ventanilla mientras el chófer avanzaba por distintas calles. Londres se fue transformando en una ciudad menos grandiosa, más sucinta y decrépita hasta que por fin desapareció detrás de nosotros. Salimos a la carretera, a ambos lados podía ver el campo. A medida que nos alejábamos hacia el este, el tiempo se volvió más frío. Una lluvia de aguanieve salpicaba las ventanillas del coche. El paisaje parecía adormecido. El invierno había despojado al mundo de su vitalidad y color. Los campos nevados se fundían con las nubes color malva. Poco a poco comenzaron a distinguirse los bosques de Suffolk, con sus tonos pardos y verde musgo.
Dejamos la carretera principal y seguimos por el camino a Saffron, que se abría en medio de pantanos fríos y solitarios. Los juncos plateados se estremecían bajo las ráfagas de viento helado, y algunas plantas herbáceas colgaban como encajes de los árboles desnudos. Yo contaba las curvas y, por algún motivo, contenía el aliento. Volví a respirar normalmente cuando dejamos atrás el desvío que llevaba a Riverton. El conductor siguió hacia el pueblo y se detuvo frente a la casita de piedra gris de Market Street, tan silenciosa, como siempre, entre otras dos, iguales a ella. El chófer me abrió la puerta y dejó mi pequeña maleta en la acera.
– Hemos llegado -anunció.
Le di las gracias.
– Pasaré a buscarla dentro de cinco días, tal como me ordenó la señora.
Me quedé observando cómo el automóvil desaparecía del camino, fui hacia Saffron High Street y sentí la imperiosa necesidad de pedirle que regresara, de rogarle que no me dejara allí. Pero era demasiado tarde. Permanecí en la penumbra, mirando la casa donde había pasado los primeros años de mi vida, el lugar donde mi madre había vivido y había muerto. Y no sentí nada.
Desde que Hannah me diera la noticia no había sentido nada. Durante todo el viaje había tratado de recordar: mi madre, mi pasado, yo misma. ¿Adonde habían huido los recuerdos de la infancia? Debían de ser muchos. Experiencias inéditas y definidas. Tal vez los niños están tan cautivados por lo que ocurre en el presente que no tienen tiempo o voluntad de conservar imágenes para el futuro.
Las luces de la calle se encendieron y tiñeron de un color amarillento el aire frío. Nuevamente comenzó a caer aguanieve. Vi las gotas a la luz de los faroles aun antes de sentir mis mejillas húmedas.
Recogí la maleta, saqué la llave. Mientras subía los escalones de la entrada, la puerta se abrió. Apareció mi tía Dee, la hermana de mi madre, sosteniendo una lámpara. Las sombras que se proyectaban en su cara le daban la apariencia de una mujer más vieja y encorvada de lo que era en realidad.
– Ya estás aquí -constató-. Entra.
Mi tía me llevó primero a la sala de estar. Me dijo que estaba usando mi antigua cama, por lo que yo podría dormir en el sofá. Dejé la maleta contra la pared y ella resopló.