La Casa De Riverton
- Автор: Morton Kate
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «La Casa De Riverton». Краткое содержание книги:
En el verano de 1924 todo es felicidad en la mansión de Riverton Manor… hasta la noche de la fiesta. Toda la alta sociedad se está divirtiendo entre el glamour y la elegancia del paraje. Pero en medio de la noche se escucha un disparo. El joven poeta Robbie Hunter se ha quitado la vida a orillas del lago de la mansión. Las hermanas Hartford, Hannah y Emmeline, serán las únicas testigos y se convertirán además en las protagonistas de toda la prensa del momento.
Unas cuantas décadas después, en 1999, Grace Bradley, la que fuera en su día doncella en Riverton Manor, recibe la visita de una joven directora de cine que está preparando una película sobre el suicidio del poeta. Tras años de silencio y olvido, los fantasmas del pasado empiezan a aflorar; y un terrible secreto intenta abrirse paso, un secreto que Grace no ha podido borrar jamás de su memoria. Los recuerdos siguen vivos en esta novela llena de amor, celos, odios y rivalidades, recuerdos que se gestaron en un verano de los decadentes años veinte.
En la segunda fotografía no hay personas. Es lo que quedó de Riverton después de que el fuego la destruyera, antes de la segunda guerra. Toda el ala izquierda ha desaparecido, como si una poderosa excavadora hubiera bajado del cielo enterrando el cuarto de los niños, el comedor, el salón, los dormitorios de la familia. Las otras dependencias están calcinadas. Dicen que humeó durante varias semanas y que el olor del hollín se sintió en el pueblo durante meses. No lo presencié. En ese momento la guerra se avecinaba, Ruth había nacido y yo estaba en el umbral de una nueva vida.
Evito contemplar la tercera fotografía, asignarle un lugar en la historia. Puedo identificar fácilmente a los personajes, porque tienen vestidos de fiesta. En aquella época abundaban las fiestas, las personas iban todo el tiempo engalanadas, posando para las fotografías. En ésta, podrían estar saliendo hacia algún lugar, pero no es así. Sé dónde están, y sé lo que sucedió después. Recuerdo bien sus trajes. Recuerdo la sangre, el dibujo que formó al rociar su vestido claro, como si un frasco de tinta roja cayera desde gran altura. Nunca pude borrarlo por completo. Tampoco habría sido muy diferente si lo hubiera logrado. Simplemente, debí haberlo tirado. Ella nunca volvió a mirarlo, jamás volvió a usarlo.
En esta foto ellos no lo saben. Sonríen confiados. Hannah, Teddy y Emmeline sonríen a la cámara. Es «antes». Observo el rostro de Hannah, buscando algún indicio, una premonición. No lo encuentro, por supuesto. A lo sumo, es expectativa lo que veo en sus ojos. Aunque tal vez es producto de mi imaginación pues sé lo que sentía.
Hay alguien detrás de mí. Una mujer. Se inclina para ver la misma fotografía.
– ¿No tienen precio, verdad? -indica-. Esos absurdos trajes. Un mundo diferente.
Ella no percibe las sombras que cruzan esos rostros. Sólo están en mi mente y en mis ojos. Sé lo que va a suceder, ese saber se desliza como escarcha por mis piernas.
No es eso. Un líquido frío y pegajoso supura de la herida provocada por el tropezón y se filtra hacia mi zapato.
Alguien me toca el hombro.
– ¿Doctora Bradley?
Un hombre se inclina hacia mí. Su rostro sonriente está cerca del mío. Me toma la mano.
– ¿Puedo llamarla Grace? Encantado de conocerla. Sylvia me ha hablado mucho de usted, es un verdadero placer.
¿Quién es este hombre que habla tan lentamente, alzando tanto la voz y estrechándome la mano con tanto fervor? ¿Qué le ha dicho Sylvia de mí? ¿Y por qué?
– … enseño inglés para ganarme la vida, pero mi pasión es la historia. Me gusta verme a mí mismo como un admirador de la historia local.
Sylvia surge por la entrada, con una taza de poliestireno en la mano.
– Aquí lo tiene.
Té. Justo lo que quería. Tomo un sorbo. Está tibio. Ya no puedo confiarme con los líquidos calientes. Me he quedado dormida inesperadamente demasiadas veces.
Sylvia se sienta en otra silla.
– ¿Le ha contado Anthony lo de los testimonios? -me pregunta, mientras entorna con coquetería sus pintadas pestañas mirando a su novio-. ¿Se lo has contado?
– Todavía no.
– Anthony ha realizado en vídeo una serie de relatos sobre la historia de Saffron Green y sus habitantes. Piensa donarlo a la Sociedad Histórica -explica Sylvia y me dedica una amplia sonrisa-. Le han dado una beca y todo. Acaba de filmar a la señora Baker, aquí mismo.
Con ayuda de Anthony, ella sigue explicando, haciendo hincapié en determinados términos: transmisión oral, significado cultural, depósito de tiempo del milenio, la gente dentro de cien años…
En mis tiempos las personas guardaban sus historias para sí. No se les ocurría que a otros pudieran parecerles interesantes. Ahora todos escriben sus memorias, compiten por la infancia más infeliz, el padre más violento. Hace cuatro años, un estudiante de una escuela técnica local vino a Heathview a hacer preguntas. Un joven inquieto con acné y la desagradable costumbre de comerse las uñas mientras escuchaba. Trajo una pequeña grabadora con micrófono, y una carpeta de papel manila con una hoja de preguntas escritas a mano. Recorrió las habitaciones preguntando a los residentes si les molestaría responder a algunas preguntas. Muchos de ellos estaban exultantes ante la posibilidad de brindar su relato, de soltarse y dar a conocer su intimidad. Mavis Buddling, por ejemplo, se entretuvo con cuentos sobre un ficticio esposo heroico.
Supongo que debería sentirme feliz. En mi segunda vida, después de que todo terminara en Riverton, después de la segunda guerra, pasé buena parte de mi tiempo excavando por allí, tratando de descubrir las historias de las personas, de encontrar pruebas, de desenterrar huesos. Habría sido mucho más sencillo si cada uno de ellos hubiera estado provisto de una grabación de su historia personal, pero lo único que conseguí fue un millón de testimonios de ancianos quejándose por el precio que pagaban por los huevos treinta años antes. ¿En algún salón, en un enorme refugio subterráneo, con estantes de suelo a techo, estarán apiladas esas cintas? ¿Resonarán entre esas paredes los ecos de recuerdos triviales que nadie tiene tiempo de escuchar?
Sólo hay una persona a la que quiero contar mi historia. Una persona para la cual la estoy grabando. Espero que valga la pena. Ursula tiene razón: Marcus la escuchará y comprenderá. Mi propia culpa, y la explicación de sus motivos, lo liberarán.
La luz es brillante. Me siento como un ave en el horno: ardiendo, desplumada y observada.
¿Por qué acepté esto? ¿Lo acepté?
– ¿Puede decir algo para que podamos ajustar el volumen?
Anthony está agachado detrás de un objeto negro. Supongo que es una cámara de vídeo.
– ¿Qué debo decir? -Mi voz no parece mía.
– Una vez más.
– Me temo que en realidad no sé qué decir.
– Bien. -Anthony se aparta de la cámara-. Ya está. Deseaba hablar con usted -declara sonriendo-. Sylvia dice que trabajó en la mansión.
– Sí.
– No es necesario que se incline hacia el micrófono. La escucho muy bien desde donde está.
No había advertido que me estaba inclinando levemente hacia el respaldo curvo de la silla. Tengo la sensación de haber sido amonestada.
– Usted trabajó en Riverton.
La frase no precisa respuesta, pero no puedo dominar mi necesidad de completar, de especificar.
– Comencé en 1914, como criada.
Él se siente incómodo, por él o por mí, no lo sé.
– Sí, bien… -Anthony cambia de tema con rapidez-. ¿Trabajó para Theodore Luxton?
Pronuncia el nombre con cierto temblor, como si al invocar el fantasma de Teddy, su oprobio pudiera mancharlo.
– Sí.
– Excelente. ¿Lo conoció bien?
En realidad quiere saber si sé lo que pasaba a puerta cerrada. Temo desilusionarlo.
– No mucho. En aquel momento yo era la doncella de su esposa.
– En ese caso, tuvo algún tipo de relación con Theodore.
– No, en realidad no.
– Pero he leído que las dependencias de los sirvientes eran el centro de los chismes de la casa. Seguramente estaba al tanto de lo que ocurría.
– No, la mayor parte salió a la luz más tarde, por supuesto. Lo leí, como todo el mundo, en los periódicos. Visitas a Alemania, reuniones con Hitler. Nunca creí las acusaciones más graves. Ellos sólo admiraban el impulso que Hitler dio a las clases trabajadoras, su habilidad para desarrollar la industria. No imaginaban que eso se había conseguido a expensas del trabajo esclavo. Por entonces pocas personas lo sabían. La historia sería la encargada de demostrar que ese hombre era un loco.