La Casa De Riverton
- Автор: Morton Kate
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «La Casa De Riverton». Краткое содержание книги:
En el verano de 1924 todo es felicidad en la mansión de Riverton Manor… hasta la noche de la fiesta. Toda la alta sociedad se está divirtiendo entre el glamour y la elegancia del paraje. Pero en medio de la noche se escucha un disparo. El joven poeta Robbie Hunter se ha quitado la vida a orillas del lago de la mansión. Las hermanas Hartford, Hannah y Emmeline, serán las únicas testigos y se convertirán además en las protagonistas de toda la prensa del momento.
Unas cuantas décadas después, en 1999, Grace Bradley, la que fuera en su día doncella en Riverton Manor, recibe la visita de una joven directora de cine que está preparando una película sobre el suicidio del poeta. Tras años de silencio y olvido, los fantasmas del pasado empiezan a aflorar; y un terrible secreto intenta abrirse paso, un secreto que Grace no ha podido borrar jamás de su memoria. Los recuerdos siguen vivos en esta novela llena de amor, celos, odios y rivalidades, recuerdos que se gestaron en un verano de los decadentes años veinte.
– ¿Qué sabe de la reunión con el embajador alemán en 1936?
– Para entonces ya no trabajaba en Riverton. Me había ido diez años antes.
Anthony interrumpe la filmación. Está desilusionado, tal como imaginé. El curso de sus preguntas ha sido injustamente cortado. Luego recupera algo de su interés.
– ¿En 1926?
– En 1925.
– Entonces usted estuvo allí cuando ese hombre, ese poeta… ¿cómo se llamaba?… se suicidó.
La luz me da calor. Estoy cansada. Mi corazón se encoge un poco. O algo dentro de mi corazón palpita, una arteria gastada que deja de bombear sangre.
– Sí -me oigo decir.
Es un consuelo.
– Bien, ¿podemos hablar de eso?
Ahora puedo oír mi corazón. Late fatigosamente, con recelo.
– ¿Grace?
– Está muy pálida.
Siento un vahído. Estoy muy cansada.
– ¿Doctora Bradley?
– ¿Grace? ¿Grace?
Un viento furioso preludio de una tormenta de verano avanza estruendosamente por un túnel hacia mí, cada vez más rápido. Es mi pasado y viene a buscarme. Está en todas partes. En mis oídos, debajo de mis párpados cerrados, comprimiendo mis costillas…
– Llamen a un médico. Que alguien pida una ambulancia.
Liberación. Desintegración. Un millón de minúsculas partículas caen a través del túnel del Tiempo.
– ¿Grace? Está bien. Estará bien. Grace, ¿me oye?
Cascos de caballos sobre calles de adoquines, automóviles de marcas extranjeras, chicos que hacen repartos en bicicleta, institutrices que desfilan con cochecitos, combas para saltar, rayuelas, Greta Garbo, la Dixieland Jazz Band, Bee Jackson, el charlestón, Chanel número 5, El misterioso caso de Styles, F. Scott Fitzgerald…
– ¡Grace!
¿Es ése mi nombre?
– ¿Grace?
¿Es Sylvia? ¿Hannah?
– Se ha desmayado. Estaba sentada allí y…
– Apártese de ella un poco, para que podamos llevarla a la ambulancia.
Una nueva voz. Una puerta se cierra. Una sirena. Movimiento.
– Grace… soy Sylvia. ¿Me oye? Aguante un poco, estoy con usted… vamos a casa… sólo aguante un poco más.
¿Aguantar? ¿El qué? Ah… la carta, por supuesto. La tengo en la mano. Hannah espera que le lleve la carta. Es invierno, la calle está helada y ha comenzado a nevar.
18. En las profundidades
Es un crudo invierno y estoy corriendo. Puedo sentir la sangre espesa y caliente, corriendo rápidamente por mis venas, bajo mi rostro frío. El aire helado tensa la piel de mis mejillas, como si se hubiera encogido más que mi mandíbula. Cogida con alfileres, como diría Myra.
Aferró la carta entre mis dedos. Es pequeña. El sobre tiene las huellas del pulgar dejadas por su autor al tocar la tinta todavía húmeda. Está recién escrita.
Es una nota de un investigador. Un verdadero detective, con oficina en Surrey Street, secretaria en la entrada y máquina de escribir en su escritorio. Me encargaron recogerla personalmente porque -como poco- contiene información demasiado incendiaria para ser enviada por correo o ser transmitida por teléfono. Tenemos la esperanza de que la carta contenga datos sobre el paradero de Emmeline, que ha desaparecido. El asunto amenaza con convertirse en escándalo. Soy una de las pocas personas que lo saben.
Hace tres días el señor Frederick llamó por teléfono. Emmeline había pasado el fin de semana con amigos de la familia en una finca de Oxfordshire. Al parecer se había escabullido mientras sus anfitriones estaban en la iglesia del pueblo. Un coche la esperaba. Todo estaba planeado. Se rumorea que un hombre está involucrado en su fuga.
Me alegra ser la portadora del sobre -sé cuan importante es que encontremos a Emmeline-, pero, además, estoy excitada por otro motivo. Esta noche veré a Alfred, por primera vez desde aquel brumoso atardecer, muchos meses antes, cuando me dio la dirección de Lucy Starling y me dijo que se preocupaba por mí. Horas más tarde me acompañó hasta la puerta de casa. Desde entonces, en nuestras cartas hemos expresado nuestra creciente confianza (y cariño) y ahora, por fin, volveremos a vernos. Un verdadero compromiso. Alfred vendrá a Londres. Ha ahorrado de su sueldo y ha comprado dos entradas para ver Princess Ida. Por primera vez asistiré a un espectáculo teatral. He visto los carteles que lo anuncian en Haymarket, mientras cumplía un encargo de Hannah, o en alguna de mis tardes libres, pero nunca he estado en un teatro.
Es mi secreto. No se lo digo a Hannah, que ya tiene bastante en que pensar, ni a los demás sirvientes de la casa del número diecisiete. El gusto por mortificarnos de la señora Tibbit ha conseguido que cualquier insignificancia sea objeto de burlas, de crueldad, como modo de diversión. Una vez, cuando me vio leyendo una carta (gracias a Dios no era de Alfred sino de la señora Townsend), insistió en que se la mostrara. Alegó que era su obligación controlar que sus subordinados no se comportaran indebidamente o mantuvieran relaciones indecorosas, porque el amo no lo admitiría.
En cierto modo tiene razón. En los últimos tiempos, Teddy se ha vuelto muy estricto con el personal de servicio. En el trabajo las cosas no marchan bien, y aunque no es por naturaleza una persona de mal carácter, tal parece que incluso el hombre más bonachón puede cambiar de humor cuando los problemas lo acosan. Comenzó a preocuparle la suciedad y adquirió el hábito de controlar a diario la higiene de nuestras uñas, algo que aprendió de su padre.
Ese es el motivo por el que los demás sirvientes no deben saber lo de Emmeline. Seguramente alguno hablaría, tratando de ganar su aprecio por haber sido el que dio la información. Ellos responden a Teddy, yo soy leal a Hannah.
Al llegar a la casa del número diecisiete, subo rápidamente por la escalera de servicio, ansiosa por no llamar la atención de la señora Tibbit.
Hannah me espera en su dormitorio. Desde que recibió la llamada de su padre, la semana anterior, la palidez no ha desaparecido de su rostro. Le entrego la carta y ella la abre inmediatamente. La lee y suspira aliviada.
– La han encontrado -anuncia sin levantar la vista del papel-. Gracias a Dios, está bien.
Luego sigue leyendo, inspira, menea la cabeza.
– Oh, Emmeline -exclama con la voz entrecortada.
Cuando termina de leer la carta, la deja a un lado y me mira. Con la boca cerrada asiente, como para sí misma.
– Debemos ir a buscarla inmediatamente, antes de que sea demasiado tarde.
Vuelve a poner la carta en el sobre agitadamente. Desde que visitó a la adivina ha estado permanentemente nerviosa y preocupada.
– ¿Ahora mismo, señora?
– De inmediato, ya han pasado tres días.
– ¿Pido al chófer que traiga el coche?
– No -se apresura a responder Hannah-. No puedo arriesgarme a que alguien lo descubra -afirma, refiriéndose a Teddy y su familia-. Conduciré yo misma.
– ¿Cómo dice, señora?
– ¿Te sorprende, Grace? No es tan extraordinario, considerando que mi padre y mi esposo son fabricantes de automóviles.
– ¿Le traigo los guantes y la bufanda, señora?
Hannah asiente.
– Y los tuyos.
– ¿Los míos, señora?
– Vendrás conmigo, ¿verdad? -ruega Hannah mirándome con ojos muy abiertos-. Si vamos nosotras dos tendremos más posibilidades de rescatarla.
Nosotras. La palabra me suena especialmente afectuosa. Por supuesto, iré con ella. Necesita mi ayuda. Estaré de regreso a tiempo para encontrarme con Alfred.
Él es un director de cine francés, que dobla en edad a Emmeline y, lo que es peor, está casado. Hannah me lo cuenta durante el viaje. Nos dirigimos a los estudios cinematográficos, al norte de Londres. El investigador asegura que Emmeline está allí.