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Электронная книга - «La Casa De Riverton». Краткое содержание книги:

Un suicidio inesperado marcará para siempre a los habitantes de Riverton Manor
En el verano de 1924 todo es felicidad en la mansión de Riverton Manor… hasta la noche de la fiesta. Toda la alta sociedad se está divirtiendo entre el glamour y la elegancia del paraje. Pero en medio de la noche se escucha un disparo. El joven poeta Robbie Hunter se ha quitado la vida a orillas del lago de la mansión. Las hermanas Hartford, Hannah y Emmeline, serán las únicas testigos y se convertirán además en las protagonistas de toda la prensa del momento.
Unas cuantas décadas después, en 1999, Grace Bradley, la que fuera en su día doncella en Riverton Manor, recibe la visita de una joven directora de cine que está preparando una película sobre el suicidio del poeta. Tras años de silencio y olvido, los fantasmas del pasado empiezan a aflorar; y un terrible secreto intenta abrirse paso, un secreto que Grace no ha podido borrar jamás de su memoria. Los recuerdos siguen vivos en esta novela llena de amor, celos, odios y rivalidades, recuerdos que se gestaron en un verano de los decadentes años veinte.
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– Canciones de los años veinte, principalmente melodías de baile. Y algunas composiciones para piano, tristes, hermosas, románticas. Del estilo de Tori Amos.

Mi falta de expresividad hace que continúe, tratando de mencionar músicos que conozco.

– Hay algo de Debussy, de Prokofiev.

– ¿Chopin?

Ursula me mira sorprendida.

– ¿Chopin? No. ¿Debería estar? No me diga que una de las chicas era fanática de Chopin.

– No, su hermano David tocaba obras de Chopin.

– Oh, menos mal. Él no es uno de los personajes principales. Murió demasiado pronto, no tuvo gran influencia en los hechos.

Es discutible, pero me callo.

– ¿Qué tal ha quedado? ¿Es una buena película? -pregunto. Ella se muerde el labio, suspira.

– Creo que sí, eso espero. Me preocupa que hayamos perdido la perspectiva.

– ¿Es tal como la imaginó?

– Sí y no -responde, y acompaña su respuesta moviendo. cabeza de un lado a otro-. Es difícil explicarlo. -Ursula suspiró otra vez-. Antes de empezar, cuando todo estaba en mi cabeza, el proyecto tenía un potencial ilimitado. Ahora se ha convertido en una película y siento que está llena de limitaciones.

– Sospecho que es lo que ocurre con la mayoría de los proyectos.

Ella asiente.

– No obstante, tengo una gran responsabilidad para con ellos y su historia. Quería que la película fuera perfecta.

– Nada es perfecto.

– No -admite sonriendo-. A veces creo que no soy la persona indicada para contar la historia. ¿Cómo puedo saber si la he comprendido correctamente?

– Lytton Strachey solía decir que la ignorancia es el primer requisito para un historiador.

Ella frunce el ceño.

– La ignorancia aporta claridad. Selecciona y omite con serena perfección.

– La construcción de un buen relato deja de lado una porción considerable de verdad, ¿es eso lo que quiere decir?

– Algo por el estilo.

– ¿Pero la verdad no es lo más importante? Especialmente en una película biográfica.

– ¿Qué es la verdad? -pregunto, y si tuviera energía suficiente me encogería de hombros.

– Es lo que verdaderamente ocurrió. -Ursula me mira como si yo hubiera perdido el juicio-. Usted lo sabe, ha pasado años hurgando en el pasado. Buscando la verdad.

– Eso hice, y me pregunto si alguna vez la encontré.

Me estoy cayendo. Ursula lo advierte, me toma suavemente por los antebrazos y vuelve a sentarme. Antes de que ella pueda entrar en discusiones semánticas, yo continúo.

– Cuando era joven quería ser detective.

– ¿De verdad? ¿Un detective de la policía? ¿Por qué cambió de idea?

– Los policías me ponen nerviosa.

– Habría sido un problema -señala sonriente.

– En cambio, me convertí en arqueóloga. En realidad no son ocupaciones tan distintas.

– La única diferencia es que las víctimas han muerto hace tiempo.

– Sí. Fue Agatha Christie quien me dio la idea. Uno de sus personajes. El que le dijo a Hércules Poirot: «Usted sería un buen arqueólogo, señor Poirot. Tiene el don de recrear el pasado». Lo leí durante la guerra, la segunda guerra. Por entonces había prometido no leer más relatos de misterio, pero una compañera enfermera tenía el libro, y es difícil abandonar las antiguas costumbres.

Ursula sonríe y de inmediato exclama:

– ¡Oh! Eso me recuerda que le he traído algo. -Luego toma su bolso y saca una pequeña caja rectangular. Tiene el tamaño de un libro, pero hace ruido-. Son grabaciones de Agatha Christie. No sabía que había prometido abandonar los relatos de misterio -se disculpa, y se encoge de hombros avergonzada.

– No tiene importancia. Fue una promesa circunstancial, un frustrado intento de dejar atrás mi parte juvenil. Volví a mi antiguo hábito en cuanto la guerra terminó.

Ursula señala el walkman que está sobre mi mesilla.

– ¿Podemos oírla antes de que me vaya?

– Sí, oigámosla.

Ella rasga el envoltorio de plástico, saca la primera cásete y abre el walkman.

– Hay una cásete dentro. -La toma y me la muestra. Es la cinta que grabo para Marcus-. ¿Es para él? ¿Para su nieto?

Asiento.

– Por favor, déjela sobre la mesilla, la necesitaré más tarde. Es verdad. El tiempo se me está acabando. Lo percibo y estoy decidida a terminar mi tarea.

– ¿Ha sabido algo de él? -pregunta Ursula.

– Todavía no.

– Pronto tendrá noticias, estoy segura.

Estoy demasiado cansada para tener fe, pero la suya es ferviente, y asiento de todos modos.

Ursula pone en marcha la cinta de Agatha y la deja sobre la mesilla. Se cuelga el bolso al hombro dispuesta a marcharse.

Estrecho su mano muy suavemente.

– Quiero pedirle algo, un favor, antes de que Ruth…

– Por supuesto, lo que sea -asiente Ursula con gesto inquisidor. Ha detectado la urgencia en mi voz-. ¿De qué se trata?

– Riverton. Quiero ver Riverton. Quiero que usted me lleve.

Ella cierra la boca, frunce el ceño. La he puesto en un aprieto.

– No sé, Grace, ¿qué dirá Ruth?

– Dirá que no, por eso se lo pido a usted.

Ursula mira hacia la pared. La he perturbado.

– Tal vez pueda traerle algunas de las escenas que filmamos. Las he grabado en vídeo.

– No -descarto con firmeza-. Necesito volver. Pronto. Necesito ir allí pronto.

Sus ojos vuelven a mirarme y antes de que asienta con la cabeza sé que aceptará.

Le devuelvo el gesto en señal de gratitud. Luego señalo la casete.

– Tuve oportunidad de conocerla, ¿sabe? A Agatha Christie.

Finales de 1922. Teddy y Hannah recibían invitados para cenar en la casa del número diecisiete. Teddy y su padre tenían negocios en común con Archibald Christie, algo relacionado con un invento que él estaba interesado en desarrollar.

Durante esos primeros años de la década, el matrimonio Luxton recibía invitados con frecuencia. Pero recuerdo en particular esa cena por diversos motivos. Uno de ellos es la presencia de Agatha Christie. Hasta ese momento sólo había publicado un libro, El misterioso caso de Styles, pero en mi imaginación Hércules Poirot ya había reemplazado a Sherlock Holmes, mi amigo de la niñez, y formaba parte de mi nuevo mundo.

También Emmeline estaba allí. Había pasado un mes en Londres. Tenía dieciocho años y había sido presentada en sociedad en la casa del número diecisiete. A diferencia de lo ocurrido con Hannah, no se hablaba de la necesidad de encontrarle un esposo. Sólo habían pasado cuatro años desde el baile de Riverton, y sin embargo los tiempos habían cambiado, y también las chicas. Se habían liberado de los corsés para someterse voluntariamente a la tiranía de las dietas. Todas tenían las piernas largas, el pecho plano y la cabeza vaporosa. Ya no susurraban cubriéndose la boca, no se ocultaban detrás de tímidas miradas. Bromeaban, bebían, fumaban e insultaban en camaradería con los chicos. Los vestidos eran más sueltos, y las telas más livianas, así como también lo eran las pautas morales.

Tal vez eso explique la inusual conversación que tuvo lugar durante la cena, o quizá fue la presencia de la señora Christie lo que indujo a tratar esos temas, por no mencionar los artículos que los periódicos habían publicado en los últimos tiempos.

– Deberían colgarlos a los dos -sugirió Teddy con ímpetu-. A Edith Thompson y a Freddy Bywaters. Y también a ese otro tipo, que mató a su esposa a principios de año en Gales. No recuerdo su nombre, pero era miembro del ejército, ¿verdad, coronel?

– El mayor Herbert Rowse -apuntó el coronel Christie.

Emmeline se estremeció histriónicamente.

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