El Hombre De Hielo. Confesiones de un asesino a sueldo de la mafia
- Автор: Carlo Philip
- Язык: испанский
- Жанр: Другие документальные фильмы
Электронная книга - «El Hombre De Hielo. Confesiones de un asesino a sueldo de la mafia». Краткое содержание книги:
– Te pagaré cuando esté hecho el trabajo, ¿de acuerdo? -dijo Gravano.
– Claro. Ya nos conocemos, no hay problema -dijo Richard, y la cosa quedó acordada.
Peter Calabro vivía con su hija menor, Melissa, y con otro detective, John Dougherty, que también era viudo, en una casa sencilla, de una planta, en Saddle River, Nueva Jersey, en una zona apartada, de bosque. Richard observó la casa pero decidió no realizar allí el asesinato. Vio a la hija de Calabro con otras niñas y optó por ejecutar el golpe en la carretera donde estaba la casa, una vía estrecha y de poco tráfico donde había pocas casas.
El plan consistía en que a Calabro lo seguirían desde su trabajo, y cuando se estuviera acercando a su casa se lo comunicarían a Richard por el walkie-talkie. Calabro sabía que estaba marcado, había recibido amenazas de muerte, y aquella tarde, al volver a su casa desde Brooklyn, siguió una ruta alternativa por carreteras secundarias, en vez de viajar por la Ruta 17. Pero, a pesar de todo, lo siguieron, y Richard se enteró de cuándo y por dónde llegaba. Era el 14 de marzo de 1980, una noche fría en la que nevaba con fuerza.
Richard aparcó su furgoneta en la carretera cubierta de nieve, puso los intermitentes de emergencia, tomó la escopeta, se agazapó delante de la furgoneta y esperó el momento oportuno. Richard vio llegar el coche, con los faros encendidos, cuya luz se reflejaba en la nieve. Había aparcado la furgoneta de tal modo que Calabro tuvo que reducir la velocidad. Richard levantó el arma y, en el momento oportuno, cuando Calabro estaba a su altura, disparó con los dos cañones de la escopeta del doce de acero pavonado, acertando a Calabro en la cabeza con las descargas de postas.
Richard se volvió tranquilamente a su furgoneta y se marchó, sin saber todavía que acababa de matar a un policía.
Por el camino de vuelta a Dumont, Richard echó la escopeta a un río, cerca de su casa, y volvió con su familia. Era un viernes por la noche. Sus hijas, Chris y Merrick, estaban en el cuarto de estar con unos amigos. Barbara estaba dormida. Richard se hizo un emparedado de mantequilla de cacahuete con gelatina y se fue a acostar.
El sábado, a las 2.15 de la madrugada, un equipo de quitanieves que despejaba la carretera encontró el coche de Calabro. Aquella mañana, Richard tuvo la primera noticia de que el hombre que había matado era un detective del Departamento de Policía de Nueva York, con medallas. A Richard le daba igual haber matado a un poli, pero habría sido mejor que Gravano se lo hubiera advertido, eso hubiera sido lo correcto. En cualquier caso, Gravano llamó a Richard días más tarde y acordó el modo de entregar a Richard los veinticinco mil dólares.
Todo había terminado… de momento.
Pero en los años sucesivos, este asesinato cobraría vida propia y volvería a perseguir no solo a Sammy Gravano, sino al Departamento de Justicia de los Estados Unidos.
El accidente sucedió el 18 de marzo de aquel mismo año. El hijo menor de John Gotti, Frank, tomó prestado el ciclomotor de un amigo, salió a toda velocidad a la calle donde vivían los Gotti y lo atropello y lo mató un coche que conducía un tal John Favara.
Favara debería haberse marchado de la ciudad inmediatamente, desde luego, pero lo que hizo fue seguir moviéndose por el barrio con su coche, enfureciendo a la señora Gotti y a su marido John. También debería haber visitado a los Gotti para presentar sus disculpas a la familia y decirles cuánto lo sentía. Tampoco hizo esto. Tenía los días contados. Ya era bien sabido que Richard hacía «trabajos especiales», y aquel mes de julio Gravano le preguntó si le interesaría aplicar sus talentos especiales al hombre que había matado al hijo de John Gotti. Richard conocía todo lo sucedido.
– Claro, con mucho gusto -dijo.
El 28 de julio, Richard se reunió con otros hombres, uno de los cuales era Gene Gotti. Fueron en una furgoneta a donde trabajaba Favara y lo secuestraron cuando iba a subirse a su coche, el mismo coche con el que había atropellado al joven Frank Gotti. Lo llevaron a un desguace de automóviles en Nueva York Este. Allí, Gene Gotti y los demás golpearon a Favara hasta dejarlo hecho una masa sanguinolenta, le saltaron los dientes, le saltaron un ojo. Después, lo dejaron en manos de Richard, que lo ató, le arrancó la ropa y lo torturó con bengalas de emergencia, con las que le quemó los genitales. Después metió la bengala encendida a Favara por el ano. Todos los demás, en corro, contemplaban sus sufrimientos terribles, aunque no terminaba de morir. Después, Gene Gotti golpeó sin piedad a Favara con una cañería hasta matarlo. Acto seguido, metieron a Favara en un bidón de doscientos litros.
Cuarta Parte
41
Entre las muchas actividades criminales en las que participaba Richard, dirigía también una cuadrilla de ladrones de casas. Los miembros de la cuadrilla eran Al Rinke, Gary Smith, Danny Deppner y Percy House. Richard había ido conociéndolos a lo largo de los años en la tienda de Phil Solimene. Entraban en casas de toda Nueva Jersey y robaban todos los objetos de valor que pudieran llevarse. Una buena parte de lo robado lo vendía Phil Solimene, repartiendo los beneficios con la banda. Hasta se llevaban los coches de los garajes de las casas. Richard era tanto el cerebro como el músculo de la cuadrilla, y también era el que imponía disciplina: se cercioraba de que nadie hablara ni hiciera nada que comprometiera a la banda o, peor todavía, a él mismo.
El capataz era Percy House. Era un hombre bajito, rechoncho, brusco, que siempre daba la impresión de ir sin lavar y sin afeitar… un sujeto verdaderamente desagradable. Gary Smith era alto, desgarbado, y llevaba unas gafas gruesas de plástico negro, barba al estilo de Abraham Lincoln, y tenía labio leporino. Danny Deppner también era alto y delgado, ancho de hombros y fuerte, con cabellera negra e indómita que siempre parecía revuelta por el viento. Al Rinke era pequeño y frágil y parecía un ratón. Ninguno de ellos tenía siquiera estudios secundarios, y no eran muy listos, pero obedecían bastante bien las órdenes y, en general, hacían lo que les decía Richard. Todos tenían un miedo mortal a Richard. Por entonces, Richard se había ganado una reputación merecida de hombre peligroso, de asesino frío, y era un depredador que ocupaba el lugar más alto en la pirámide alimenticia del mundo criminal. Lo que decía, valía. Era el jefe. El juez supremo. Dios.
En aquel mundo imperaba la ley del más fuerte.
Richard siempre había querido tener su propia banda, al estilo de las familias de la Mafia. También a él le habría gustado ingresar en una familia mafiosa; pero sabía que era imposible, porque no era italiano, de modo que en cierto modo se dedicaba a desarrollar su propio imperio criminal, a su manera. El problema era que aquellos tipos eran indisciplinados y cortos de entendederas. A la larga, se convertirían en el punto flaco del camuflaje que hacía invisible a Richard, poniendo fin a su increíble buena suerte.
Louis Masgay tenía un bazar en Forty Fort, en Pensilvania. Compraba a Phil Solimene mucho material que vendía en su tienda. También acudía los fines de semana por la noche a las partidas de cartas en la tienda de Solimene. Masgay había comprado a Solimene y a Richard cintas vírgenes de vídeo robadas. Quería más, y no dejaba de insistir a Richard: «¿Cuándo tendréis más? Me llevo todas las que tengáis… pago al contado… sin hacer preguntas».