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Favoritos De La Fortuna

Электронная книга - «Favoritos De La Fortuna». Краткое содержание книги:

Argumento: Desde el año 83 al 69 antes de Cristo, los principales acontecimientos de la historia de la antigua Roma en un fascinante mosaico novelesco que respeta escrupulosamente la verdad de los hechos, aunque narrándolos con la amenidad de la mejor de las novelas. En el relato aparecen numerosos personajes, pero el que tiene mayor protagonismo es un Julio César adolescente que consigue desembarazarse de sus obligaciones sacerdotales para demostrar a todos su extraordinaria inteligencia y su valor, que harán de él en el futuro un héroe celebérrimo de la historia romana. Las costumbres de la época, las estrategias bélicas, las intrigas políticas, los usos amatorios, etc., adquieren también gran importancia en esta novela, que constituye la tercera parte del gran ciclo de Colleen McCullough.
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Pompeyo no faltó.

– Comenzaré hablando de Italia y los itálicos -dijo el dictador con potente voz-. De acuerdo con mi promesa a los dirigentes itálicos, procuraré que todos ellos queden inscritos debidamente como ciudadanos romanos, distribuidos de forma equitativa entre las treinta y cinco tribus. No permitiré que se intente de nuevo engañar a los itálicos para que participen en los comicios secuestrando sus votos únicamente en unas cuantas tribus. He dado mi palabra y la cumpliré.

Sentados uno junto a otro en la grada del medio, Hortensio y Catulo intercambiaron una mirada significativa; ellos no eran partidarios de que concediera tal privilegio a gente que, en definitiva, no llegaba a la altura del zapato de un romano.

Sila se rebulló en su silla curul.

– Lamentablemente, me es imposible cumplir la promesa de distribuir a los libertos en las treinta y cinco tribus, y tendrán que seguir inscritos en las tribus urbanas esquilina o suburana. Hago esto por un motivo concreto: garantizar que el que sea propietario de miles de esclavos no pueda caer en la tentación de manumitir a muchos de ellos sobrecargando las tribus rurales con clientes libertos.

– ¡Qué viejo zorro este Sila! -comentó Catulo a Hortensio.

– No se le escapa una -musitó Hortensio-. Debe de haberse enterado de que Marco Craso está acumulando esclavos, ¿no te parece?

Sila siguió hablando de ciudades y tierras.

– Brundisium, que me trató a mí y a mis hombres con el debido honor, será recompensada quedando exenta de derechos de fielato e impuestos.

– ¡Uf! -exclamó Catulo-. ¡Con ese decreto, Brundisium se convertirá en el puerto más famoso de Italia!

El dictador prosiguió mencionando distritos que recibían recompensa, y los muchos más numerosos que eran castigados; Praeneste era el más afectado, aunque en el caso de Sulno la represalia era ser arrasado, mientras que Capua recuperaba su antigua condición y al mismo tiempo perdía hasta el último iugerum de sus tierras, que pasaban a engrosar el ager publicus romano.

– …a Quinto Lutacio Catulo, mi leal partidario, encomiendo la reconstrucción del templo de Júpiter Optimus Maximus del Capitolio -añadió, con una sonrisa que dejó al descubierto sus encías vacías, al tiempo que un brillo desdeñoso cruzaba sus ojos-. La mayor parte de los fondos procederán de las rentas producidas por el nuevo ager publicus de Roma, pero espero también, querido Quinto Lutacio, que los complementes de tu propia bolsa.

Catulo permanecía boquiabierto y pasmado; era el modo del que se valía Sila para castigarle por haberse quedado tranquilamente en Roma durante los años de Cinna y Carbón.

– Nuestro pontífice máximo, Quinto Cecilio Metelo Pío, restaurará el templo de Ops, dañado por el mismo incendio -añadió el dictador sin elevar el tono-. No obstante, esta obra correrá a cargo del erario público, ya que Ops es el símbolo de la riqueza pública de Roma. Por consiguiente, quiero que el pontífice máximo vuelva a consagrar el templo una vez concluidas las obras.

– ¡Eso sí que será divertido! -comentó Hortensio.

– Ya he publicado una lista con los doscientos nombres de quienes he nombrado senadores -prosiguió Sila-, si bien Cneo Pompeyo Magnus me ha comunicado que no desea incorporarse al Senado de momento, y he eliminado su nombre.

Aquello causó cierto revuelo y todos los ojos se volvieron hacia Pompeyo, que estaba solo sentado junto a la puerta, muy tranquilo y sonriente.

– Pienso añadir unos cien senadores más para que el organismo tenga en el futuro unos cuatrocientos miembros, pues hemos perdido muchos esta última década.

– ¡No vayas a pensar que él ha matado unos cuantos, claro! -musitó Catulo a Hortensio-. ¿De dónde iba a sacar las enormes sumas que hubiera tenido que poner de su propia bolsa para reconstruir el gran templo?

– He tratado de elegir a los nuevos miembros del Senado entre las familias senatoriales -continuó Sila-, pero he incluido a caballeros que no eran de familia senatorial siempre que su estirpe honre a la institución. ¡No hay ningún advenedizo en la lista! Sin embargo, en el caso de cierta clase de senadores nuevos, he prescindido del requisito censal oficioso de un millón de sestercios en favor de antepasados familiares adecuados. Me refiero a soldados de valor excepcional. Quiero que Roma honre a estos hombres como se hacía en tiempos de Marco Fabio Buteo. En las últimas generaciones hemos hecho caso omiso de los héroes militares, ¡y quiero que eso acabe! Si un hombre gana la corona de hierba o la corona cívica, independientemente de su linaje, entrará automáticamente en el Senado. Así, esa nueva sangre a la que doy entrada en la cámara será al menos sangre valiente. Y espero que haya apellidos ilustres entre los que logren esas coronas, para que los nuevos no monopolicen la condición de valentía.

– ¡Un edicto muy popular! -gruñó Hortensio.

Pero Catulo, abrumado por aquella obligación financiera que le acababa de imponer Sila, no hizo sino poner los ojos en blanco ante el comentario de su cuñado.

– Una última cosa y daremos fin a la reunión -dijo Sila-. Todos los de la lista de nuevos senadores serán presentados a la asamblea del pueblo, patricios y plebeyos, y requeriré que los ratifiquen. Hemos terminado -añadió, poniéndose en pie.

– ¿De dónde voy a sacar el dinero? -gimió Catulo a Hortensio, mientras se apresuraban a abandonar la cámara.

– No lo busques -dijo friamente Hortensio.

– ¡No tengo más remedio!

– No tardará en morirse, Quinto. Mientras viva, recurre al engaño; y cuando muera, ¿quién se va a preocupar? Que aporte el Estado el dinero.

– ¡La culpa es del flamen dialis! -dijo Catulo furioso-. ¡El, que provocó el incendio, que pague el nuevo templo!

La sutil mente legalista de Hortensio halló aquello fuera de lugar, y frunció el ceño.

– ¡No vayas diciendo eso! Al flamen dialis no se le puede culpar por un accidente, a menos que se le haya juzgado como a cualquier otro sacerdote. Sila no ha dicho por qué ese joven al parecer ha desaparecido de Roma, pero no le ha proscrito ni se le ha acusado de nada.

– ¡Claro, es sobrino de él por matrimonio!

– Exactamente, querido Quinto.

– ¡Oh, cuñado!, ¿por qué nos preocupamos por todo esto? Hay momentos en que me dan ganas de recoger todo mi dinero, vender mis tierras y marcharme a la Cirenaica -añadió Catulo.

– Nos preocupamos porque tenemos derecho a ello por nacimiento -sentenció Hortensio.

Los nuevos senadores se reunieron dos días más tarde para escuchar de labios de Sila que iba a abolir las elecciones de censor, al menos provisionalmente; tal como iba a reorganizar las finanzas del Estado, era innecesario establecer contratas, dijo, y no sería necesario hacer ningún censo de población durante por lo menos diez años.

– Así que reconsiderad ese asunto de los censores -dijo con gesto solemne-. No es que quiera eliminar completamente a los censores.

Sin embargo, haría algo especial para los que, como él, pertenecían al patriciado.

– Desde los siglos transcurridos desde la primera sublevación plebeya -dijo-, la categoría de patricio ha ido perdiendo relevancia. La única ventaja que posee un patricio es que puede acceder a cargos religiosos vedados a un plebeyo. Y no considero que esta situación corresponda al mos maiorum tradicional. Los patricios proceden por limpio linaje de la época anterior a los reyes; y el simple hecho de que existan demuestra que sus familias han servido a Roma desde hace más de quinientos años. Por lo tanto, creo que es justo a tenor de ello que los patricios gocen de algún honor particular, secundario quizá, pero exclusivo. Por consiguiente, voy a permitir que los patricios puedan acceder al cargo curul de pretor o cónsul dos años antes que los plebeyos.

– Lo que significa, claro, que legisla a su favor -dijo el plebeyo Marco Junio Bruto a su esposa Servilia, que era patricia.

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