La gardenia blanca de Shanghái
- Автор: Belinda Alexandra
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La gardenia blanca de Shanghái». Краткое содержание книги:
Judith tenía razón sobre la editora de eventos sociales y la fotografía. Al día siguiente, hojeé las ediciones de la mañana y de la tarde del Sydney Herald, pero mi foto no aparecía en ninguna de las dos. Me extrañó que Diana no hubiera insistido más con alguien que estaba por debajo de ella. Después del trabajo, me pasé por la librería del Cross en busca de algo nuevo para leer. Decidí que iba a dedicarme a la lectura ahora que Irina estaría ocupada con Vitaly. Elegí un libro de poemas australianos y compré también un diccionario, y, antes de regresar a casa, me entretuve paseando por la avenida, mientras contemplaba a las parejas que charlaban en las cafeterías y los bares.
Cuando entré en el apartamento, me sorprendió encontrar a Adam sentado en el salón, charlando con Betty.
– Vaya, mira quién está aquí -exclamó Betty, levantándose para rodearme con el brazo-. Parece que ayer por la noche causaste mucha impresión en alguien.
Contemplé a Adam, preguntándome si se habría disgustado por la interrupción de nuestro baile, pero estaba sonriendo.
– Anya -me dijo-, Diana Gray está interesada en averiguar si querrías trabajar para ella. Tienen un nuevo puesto de oficinista en la sección femenina.
Había recibido tantas sorpresas en las últimas veinticuatro horas que apenas pude reaccionar, pero lo primero en lo que pensé fue en Betty y en la cafetería. Un trabajo de oficina sería mejor que ser camarera, y trabajar para un periódico parecía interesante. Pero Betty había sido buena conmigo y no podía dejarla así sin más. Me volví hacia ella y se lo dije.
– No seas tonta -replicó Betty-. Es una oportunidad maravillosa. ¿Cómo podría atreverme a retenerte? El coronel Brighton me advirtió de que alguien reconocería lo inteligente que eres y no te dejaría escapar.
– Al principio, no te pagarán tanto como lo que has estado ganando con Betty -puntualizó Adam-, pero es un buen punto de partida.
– ¿Y qué harás con la cafetería? -le pregunté a Betty.
– El inglés de Irina ya es lo bastante bueno -afirmó-. Ya va siendo hora de que salga de la cocina.
– Ya ves, Anya -comentó Adam-. Le estás haciendo un favor a Irina.
– Oh -exclamé, tratando de parecer ingenua. Estaba segura de que aquél era el último favor que Irina desearía que le hiciera.
Judith se emocionó cuando le conté las noticias y me regaló un vestido blanco y negro para que me lo pusiera en la entrevista con Diana.
– Es para ti -me dijo-. Y también te confeccionaré un traje de chaqueta.
– Te pagaré -repliqué.
– ¡No, ni hablar! -se negó, riéndose-. Seguramente será la última ropa que pueda regalarte. Estoy segura de que el Sydney Herald tiene alguna norma relativa a no aceptar regalos. Pero no te olvides de mí cuando llegues a lo más alto, ¿vale?
Le prometí que no lo haría.
A la mañana siguiente, me encontré con Adam en las escaleras del apartamento para que me acompañara a las oficinas del periódico en Castlereagh Street.
– Dios mío -exclamó, mirando mi vestido-, pareces una rica heredera a punto de embarcarte en un crucero. Vas a hacer que las otras chicas te tengan envidia. Y, a pesar de todo, Diana apreciará tu buen gusto.
Pensé que íbamos a coger el tranvía, pero Adam silbó para detener un taxi.
– No quiero que tu vestido se arrugue. Además, quedaría mal si obligara a una señorita a ir en tranvía.
Un taxi se acercó a la acera y nos acomodamos en el asiento trasero. Adam se quitó el sombrero y se lo puso en el regazo.
– Hay bastante politiqueo en la sección femenina. Muy pronto lo descubrirás por ti misma -me dijo-, pero quiero hacerte un resumen para que puedas empezar con buen pie.
– De acuerdo.
– En primer lugar, ya es un buen comienzo que te hayas ganado a Diana. Una vez que le gustas, ya está todo hecho. Tendrías que hacer algo realmente terrible para hacer que cambie de opinión. Además, es una mujer honrada que ha logrado por sí misma que la respeten porque es buena en su trabajo. En segundo lugar, apártate del camino de Caroline Kitson, la editora de eventos sociales, y de Ann White, la editora de moda. Ambas son un par de brujas.
Miré por la ventana mientras pasábamos por William Street, luego me volví de nuevo hacia Adam.
– Judith me dijo eso mismo sobre Caroline. Me di cuenta de que no mostraba demasiado respeto por Diana, teniendo en cuenta que es su jefa.
Adam se rascó la oreja.
– Diana tiene muchas cualidades. Empezando por ser británica, cosa que, como ya sabrás, proporciona muchos puntos positivos en este país. Es una buena periodista y tiene estilo y buen gusto. Reconoce el crepé de China de la seda natural y la porcelana de Wedgwood de la de Royal Doulton. De lo que carece por completo es de prestigio social. Es una trabajadora incansable proveniente de una familia de académicos, pero eso no significa demasiado para la llamada alta sociedad.
El taxi se detuvo en un atasco cerca de Hyde Park.
– Y entonces, ¿cómo encajan en todo eso Caroline y Ann? -le pregunté.
Estaba empezando a dudar si me convenía trabajar con colegas tan desagradables. Ya había tenido suficiente para toda una vida con las groserías de Amelia.
– Ambas proceden de buenas familias. La de Caroline amasó su fortuna gracias a la lana, y su madre está en todos los comités importantes desde aquí hasta Bellevue Hill. Caroline no trabaja porque necesite dinero, lo hace para imponerse sobre otras chicas de la alta sociedad. Gracias a su puesto, todo el mundo tiene que hacerle la pelota.
– ¿Y Ann?
– No es tan mala, pero casi.
Pasamos por delante de la tienda de David Jones en Elizabeth Street, cada vez más cerca de nuestro destino. Abrí mi estuche de polvos compactos y me retoqué el maquillaje. Había decidido seguir el ejemplo de Diana y ponerme el mínimo maquillaje posible.
– ¿Por qué teme Diana a Caroline? -pregunté, dándome cuenta de que tenía que haber una razón por la que Caroline había tenido el suficiente descaro como para no incluir mi fotografía en el periódico después de que Diana se lo hubiera pedido.
– No la teme, sino que es cautelosa. Diana ha trabajado muy duro para poner de su parte a la gente de la alta sociedad. Pero si Caroline comienza a divulgar rumores desagradables sobre ella, podría ser el final de Diana.
El taxi se aproximó a un edificio art decó con la inscripción The Sydney Herald en bronce adornando el lateral. Adam pagó al taxista.
– ¿Hay algo más que debería saber sobre este trabajo antes de aceptarlo? -le susurré a Adam.
– Por norma, el Sydney Herald retira a sus empleadas si deciden casarse -me explicó-. Diana es la excepción porque es demasiado difícil de sustituir.
– No tengo planeado casarme -le dije, preguntándome qué ocurriría si descubriesen la historia de Dimitri. ¿Cuál era el escalafón en el Sydney Herald para las mujeres abandonadas por sus maridos?
Adam sonrió.
– Muy bien, entonces tienes muchas posibilidades de ascender, porque creo que todas las chicas por encima de ti están buscando marido.
– Ya veo -comenté.
Nos unimos a un grupo de personas que estaban esperando el ascensor.
– Aún hay una cosa más -añadió Adam.
– ¿De qué se trata? -pregunté, sin estar segura de si quería escucharlo.
– Tú serás la primera «nueva australiana» contratada por la sección femenina.
Sentí que un escalofrío me recorría la columna vertebral y las piernas hasta los zapatos de color blanco y negro. Me volvió a la mente la imagen de aquellas oficinistas riéndose de mi acento en la cafetería de Betty.