Domada por Amor
- Автор: Лоуренс Стефания
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «Domada por Amor». Краткое содержание книги:
Los hombres del Bastion Club han demostrado su valor luchando secretamente por su país. Ahora su líder se enfrenta a la más peligrosa de todas las misiones: encontrar una novia.
Actuando como el misterioso líder del Bastion Club conocido como «Dalziel», Royce Henry Varisey, X duque de Wolverstone, ha servido a su país durante décadas, enfrentándose a innombrables peligros. Pero como poseedor de uno de los títulos de nobleza más augustos de Inglaterra, ahora debe cumplir con la labor más crucial de todas: el matrimonio.
No obstante, las jóvenes y las grandes damas que podrían ser apropiadas son predeciblemente aburridas. Mucho más tentadora resulta la terca y distante ama de llaves de su castillo, Minerva Chesterton. Bajo su sereno exterior se esconde una mujer de ardiente sensualidad, que colmaría sus días de comodidades y sus noches de puro placer. Decidido a reclamarla, se embarca en una seducción para demostrar su maestría sobre cada centímetro de su cuerpo… y cada fibra de su corazón.
Sus manos apretaron su torso, a través de la fina tela de su camisa, y sintió el calor de su cuerpo, y su dureza. Implacable, exigiendo, casi dirigiéndola, sintiendo que él era todo llamada y lujuria.
A través de su toque y la sujeción de sus manos, sorprendentemente, parecía que la deseara aún con más pasión que la noche anterior. Lejos de menguar, aquella ansia se fue asentando gradualmente, y el apetito de ambos tan solo creció y creció. De manera escalada, y profunda. Sus dedos se introdujeron por su camisa, besándole de nuevo, con una intensidad ecuánime al primero. Si parecía que él jamás podría saciarse de ella, a ella le ocurría lo mismo.
Aquel pensamiento le hizo recordar qué era lo que necesitaba en horas nocturnas. Qué era lo que más deseaba de él. Las otras le habían dado direcciones, no instrucciones. Ya sabía lo que tenía que conseguir, así como también sabía que tendría que improvisar.
¿Pero cómo?
Antes de tan siquiera poder pensarlo, Royce llevó la mano hasta su cabeza, extendiendo con sus manos el cabello de Minerva, para dejar que se entremetiera entre sus largos dedos. La capa de Minerva se deslizó de sus hombros, cayendo para formar un montón de tela detrás de ella. El se apartó de aquel dominante beso para tocar su cuerpo, justo en el momento en el que ella se estaba quedando sin tiempo para planificar su próximo movimiento.
– ¡No! -dijo dando un paso atrás, empujando con su mano el torso de él, intentando zafarse de su abrazo.
El paró, y la miró.
– Hoy quiero ser yo la que lleve el paso en este baile.
Aquel fue un punto crítico; tenía que dejarla hacer a ella, aceptar el rol pasivo, en lugar del dominante, cederle las riendas voluntariamente… y dejar que ella fuera la que condujera.
El nunca había compartido las riendas con ella, no por voluntad propia. Le había dejado explorar, pero siempre bajo su supervisión y permiso, por un tiempo limitado, todo sujeto a sus reglas. El era un señor feudal, un rey de sus dominios; ella nunca esperaría que él hiciera algo parecido a aquello.
Pero aquella noche ella le estaba pidiendo, exigiendo, que no compartiera, sino que cediera su corona. Aquella misma noche, en su habitación, en su cama.
Royce entendió muy bien qué era lo que le estaba pidiendo. Algo que nunca le había concedido a otra, y que nunca concedería, ni tan siquiera a ella, si tuviera opción, pero no era muy difícil de imaginar de dónde había sacado ella aquella idea, ni lo que, tanto en su mente como en la de las que le habían aconsejado, significaba. En resumen, lo que significaría aquella capitulación.
Y habían acertado de pleno.
Lo que significaba que no tenía opción. No si quería que ella llevara su diadema de duquesa.
El deseo ya se había encerrado en su cuerpo. Sentía como crecía en su interior, como su mandíbula se tensaba mientras mantenían la mirada, forzándole a asentir.
– Está bien.
Ella parpadeó. De todas formas, ella quería que dejara de cogerla siempre en brazos para llevarla hasta la cama. Podría desquebrajar su determinación y su discernimiento, pero aquella era una prueba, una que tendría que pasar. Apartándose, extendió ambos brazos.
– Bueno, ¿y ahora qué?
La parte más cerebral de él estaba intrigado por ver qué es lo que ella haría a continuación.
Ella, sintiendo aquel desafío tan sutil, entrecerró sus ojos, le cogió una mano, y tiró de él hacia su dormitorio.
La mirada de Royce se clavó en sus caderas, con aquel suave bamboleo que marcaban bajo la casi traslúcida popelina de un camisón blanco resplandeciente. Ninguno de sus otros camisones era tan provocativo como aquel, con aquellas largas y entalladas mangas, y aquel cuello cerrado con botones hasta su barbilla con pequeños botones, le parecía extremadamente recatado… y erótico.
Ya que conocía tan bien el cuerpo que había bajo aquel camisón, que aquella envoltura tan cerrada tan solo disparaba su imaginación al pensar qué era lo que ocultaba.
Ella lo condujo hasta el pie de su cama.
Soltándole, lo empujó sin mediar palabra para que cayera de espaldas, con sus muslos justo al borde del colchón. Ella lo posicionó en el centro de la cama de cuatro postes, y, agarrándole un brazo, se lo levantó, haciendo que su mano se posara contra la talla que tenía el poste más cercano de uno de sus lados.
– Agárrate ahí, y no te sueltes.
Hizo lo mismo con el otro brazo, poniéndole la mano a la altura del hombro, contra el otro poste tallado. La cama era ancha, pero sus hombros también, y sus brazos igualmente largos. Podía llegar a ambos brazos con facilidad.
Ella luego dio un paso hacia atrás, viendo la estampa, y asintió.
– Bien, así está bien.
¿Para qué? El estaba profundamente intrigado en lo que ella tenía planeado. En todo lo que llevaba ya recorrido en este campo, nunca había considerado nada desde la perspectiva de la mujer. Aquella era una experiencia totalmente nueva, inesperadamente intrigante, intrigante de una manera muy poco usual.
El ya estaba excitado desde el momento que había cerrado sus manos alrededor de su cabeza, desde que sus labios se habían encontrado. El la hubiera tomado contra la puerta de su sala de descanso si ella no lo hubiera detenido, y a pesar de que finalmente lo hizo, aquella peculiar proposición que había realizado hacía que el fuego de su sangre no se hubiera apagado.
Ella lo tenía atrapado en más de una manera.
– No debes soltarte de esos postes bajo ninguna circunstancia, no hasta que yo te deje ir.
Dándose la vuelta, se alejó de él, y el fuego de su interior ardió aún con más fuerza. La siguió con la vista a lo largo de toda la habitación, percatándose de cómo su hambre iba en aumento. La curiosidad se equilibró llegado a cierto nivel, dejándolo esperar con un gesto de paciencia.
Avanzando hasta donde él había dejado sus ropas colgadas en una silla, se agachó para rebuscar entre ellas, para luego enderezarse de nuevo.
El claro contraste entre las sombras que inundaban la habitación y la blancura de la luz de la luna iluminándolo como si fuera un foco le impedían ver qué era lo que ella traía en sus manos hasta que estuvo cerca.
Su pañuelo, metro y medio del más fino y blanco lino. Instintivamente, cargó su peso en sus talones, para salirse de la cama.
Ella se detuvo, mirándolo a los ojos, esperando; entonces él rectificó, echándose de nuevo hacia atrás, y agarrando los postes más firmemente.
Ella soltó un pequeño "humph" de desaprobación y caminó hasta ponerse en uno de los lados de la cama. Los edredones produjeron un pequeño ruido mientras ella se subía, y luego se hizo el silencio. Ella estaba en la cama, un poco apartada de él, haciendo algo. Su mirada no estaba puesta sobre él.
– Olvidé decir… que no te está permitido hablar. Ni una palabra. Esta historia la escribo yo, y tú no tienes ninguna línea de diálogo.
Él resopló para sus adentros. Rara vez hablaba en estas situaciones. Las acciones hablan más que las palabras en según qué casos.
Luego ella se acercó a él. Este sintió cómo ella iba subiendo por sus rodillas. Su aliento rozó su oreja al murmurarle:
– Creo que será más fácil si… -dijo, mientras sus brazos se alzaban sobre su cabeza-no puedes… -Ahora, pudo ver su pañuelo, doblado, formando una banda -ver.
Minerva le puso la banda sobre los ojos, para luego enrollar el largo pañuelo varias veces alrededor de su cabeza antes de anudarlo en la parte de atrás.
Aquel pañuelo lo dejó totalmente a ciegas. El material le tapaba completamente la visión, apretándole los ojos. Ni siquiera podía abrir los párpados.
Ciego como estaba, sus otros sentidos se expandieron, haciéndose más agudos.