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Электронная книга - «Domada por Amor». Краткое содержание книги:

Los solteros más codiciados y aventureros de Londres se han unido para formar el Bastion Club, una sociedad de élite para caballeros dedicada a determinar el futuro de sus miembros en lo referente al matrimonio.
Los hombres del Bastion Club han demostrado su valor luchando secretamente por su país. Ahora su líder se enfrenta a la más peligrosa de todas las misiones: encontrar una novia.
Actuando como el misterioso líder del Bastion Club conocido como «Dalziel», Royce Henry Varisey, X duque de Wolverstone, ha servido a su país durante décadas, enfrentándose a innombrables peligros. Pero como poseedor de uno de los títulos de nobleza más augustos de Inglaterra, ahora debe cumplir con la labor más crucial de todas: el matrimonio.
No obstante, las jóvenes y las grandes damas que podrían ser apropiadas son predeciblemente aburridas. Mucho más tentadora resulta la terca y distante ama de llaves de su castillo, Minerva Chesterton. Bajo su sereno exterior se esconde una mujer de ardiente sensualidad, que colmaría sus días de comodidades y sus noches de puro placer. Decidido a reclamarla, se embarca en una seducción para demostrar su maestría sobre cada centímetro de su cuerpo… y cada fibra de su corazón.
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Su mano se cerró firmemente. Su cuerpo se estremeció, mientras que sus mandíbulas volvían a apretarse dolorosamente, luchando contra el impulso de bombear con sus caderas, haciendo que su erección se moviera en su mano apretada. Ansiaba desesperadamente girarse, romperle el camisón, dejando expuesta toda su anatomía de sirena, antes de ponerse encima de ella y penetrarla.

Royce ardía en deseos de poseerla con la misma intensidad calculada con la que ella le estaba poseyendo a él. A lo largo de las noches pasadas, ella había aprendido qué caricias y qué cosas le causaban más placer, y ahora estaba aplicando ese conocimiento… demasiado bien.

Echando la cabeza hacia atrás, luchó, con cada músculo en tensión.

– ¡Minerva! -dijo en una súplica que no pudo reprimir.

Su asidero se aligeró, así como sus caricias. Su mano dejó sus testículos, y así pudo respirar de nuevo.

– No se puede hablar, recuerda, a menos que quieras suplicar.

– Es lo que estoy haciendo -dijo él, casi sin voz.

Se hizo un silencio, y luego ella rió. Una risa potente, bochornosa, de sirena.

– Oh, Royce, qué mentiroso. Lo único que quieres es tomar el control, pero esta vez, no.

Minerva cambió de posición, cambiando también su sujeción.

– No esta noche. Esta noche, me has cedido el control -Levantando la cabeza, le murmuró en el oído. -Esta noche, tú eres mío -Sus dedos se cerraron definitivamente sobre su erección. -Mío para tomarte, mío para saciarme.

Su aliento ahora le refrescaba la oreja, mientras ella le repasaba con el pulgar la cabeza de su miembro.

– Todo mío.

Las sensaciones se dispararon en su interior. Royce juntó sus rodillas en un espasmo, aspirando profundamente. Había aceptado aquello, y ahora, lo único que podía hacer era intentar resistir.

Aflojando su sujeción, pero sin dejar de sostener su erección, se deslizó por debajo de su brazo y se subió a la cama. Tomando el miembro férreamente de nuevo, se puso ante su virilidad. Los dobladillos de su camisón oscilaban sobre sus pies. Acercándose más hacia él, llegó hasta su cabeza, besándole profundamente. Entre ellos, su mano seguía agarrando su erección. El la dejó seguir al mando, sin hacer nada salvo seguirla. Ella sonrió dentro de su boca, para luego juntar de nuevo sus labios.

En un movimiento sinuoso, flagrante y claramente erótico, sus pechos, caderas y muslos lo acariciaron, llenando sus sentidos con imágenes de sus contorsiones, libertinas, llenas de las mismas ansias, con la misma urgencia y la misma desesperación que él sentía.

Minerva separó sus labios, y fue bajando, marcando su camino con sus labios, y él, con la cabeza hacia atrás y las mandíbulas apretadas, esperó, rezando, deseando… y temiendo.

El ama de llaves empezó a bajar sus labios lentamente por su erección, muy despacio, introduciéndosela lentamente en el interior de su boca, cada vez más profundamente, hasta que él sintió las húmedas calidades de su garganta hasta sus testículos.

Lenta y deliberadamente, ella le redujo a un mero cuerpo desesperado y tembloroso.

Y no podía detenerla.

El seguía sin tener el control. Estaba a su merced, completa y absolutamente.

Con las manos sobre los postes, incapaz de ver, tenía que rendirse ante ella, ceder su cuerpo y sus sentidos para que ella hiciera lo que quisiera con él.

A un latido del punto de no retorno, ella aminoró su ritmo, y se separó.

Su pecho exhaló de nuevo. El aire de la noche se sentía frío contra su piel húmeda y cálida. Ella lo liberó, se dio la vuelta, y se alzó. Los dedos finalmente soltaron su enhiesta erección, subiendo de nuevo hacia arriba para echar su cabeza hacia atrás, besándole, pero brevemente, mordiendo levemente su labio inferior, tirando de él con suavidad, y trayendo de nuevo su atención sobre ella.

– Tienes que elegir. ¿Prefieres ver, o prefieres tocar?

El quería con todas sus fuerzas poner sus manos sobre ella, quería sentir su piel, sus curvas, pero si no podía ver…

– Quítame la venda de los ojos.

Minerva volvió a sonreír. Si tan solo miraba, la cosa duraría, pero con sus manos libres, el control que tenía sobre él no duraría demasiado.

Y ella quería mantenerlo durante más tiempo.

El ambiente se estaba condensando, la esencia de la pasión y el deseo formaban un miasma a su alrededor. El sabor salado de su despertar dejaba un frescor en su lengua. Quería tentarlo hasta su culmen, pero aquel dolor hueco que tenía entre sus muslos era ya irresistible. Ella lo necesitaba ya, desesperadamente, y él quería que ella se sentara sobre su erección. El uno necesitaba al otro para completar su culminación. Minerva subió hasta su boca hasta que él bajó su cabeza. Cogió el nudo de la venda de sus ojos, y, asiendo una de sus puntas, tiró de él, desanudándolo, y dio un paso atrás. El parpadeó, intentando recuperar la visión.

Sus ojos le escocían, y le punzaban.

Ella lo tomó, intentando no pensar en su fuerza, de que era su control el que le otorgaba a ella ciertos momentos de control.

– Junta las muñecas y ponías frente a ti.

Lentamente, él soltó los postes que hasta ahora había estado agarrando con aquella fuerza, flexionó sus brazos, y luego juntó sus muñecas, tal y como se lo había pedido.

Ella le ató ambas manos con el pañuelo. Luego, abriendo sus palmas, posó sus huellas sobre su pecho, empujándole levemente.

– Siéntate, y luego túmbate sobre tu espalda.

El se sentó, y luego se echó de espaldas sobre la colcha escarlata ribeteada con oro.

Sujetándose sobre uno de los postes, y levantándose el camisón, se subió sobre él, con las rodillas a ambos lados de su cuerpo, mirándolo desde arriba.

– Ahora pon tus manos en la parte superior de la cama, por encima de la cabeza.

En pocos segundos, él yacía totalmente estirado sobre la cama, con las manos por encima de su cabeza, con los pies saliéndosele del colchón.

Yacía allí, desnudo, delicioso, totalmente excitado, listo para que ella lo tomara.

Mirándolo fijamente, volvió a agarrar su erección con una mano, y con la otra se levantó el camisón para poder sentarse sobre su cadera. Bajando sus rodillas, se abrió el camisón. Los pliegues cayeron sobre su vientre. El seguía todas sus acciones mientras ella guiaba la palpitante cima de su virilidad entre aquellos pliegues de su ropa, y luego se inclinó un poco hacia atrás. Ella fue bajando poco, y hacia atrás, introduciendo lentamente toda aquella túrgida longitud en su cuerpo.

Ella bajó más aún, hasta que lo tomó completamente, sentada sobre sus caderas, empalada, llena de él. Él le empujó con la cadera, la completó. La longitud y fortaleza de él le hacía sentir increíblemente bien en su mismo corazón.

Ella lo volvió a mirar a los ojos, se levantó lentamente, y luego lentamente volvió a bajar.

Sus dedos se clavaron en su pecho, y ella cambió de ángulo, y de ritmo, hasta que encontró el que ella quería, uno que pudiera mantener, dejando que él se introdujera en ella profundamente, y después dejando que saliera casi completamente. El apretó su mandíbula, y sus puños. Sus músculos se endurecieron, tensándose, mientras que ella se dedicaba a dar cada ápice de placer que podía darle.

Pero no era suficiente.

Atrapada en su vista, totalmente alerta de todo lo que podía ver en las oscuras profundidades de sus ojos, mientras que su cuerpo se estiraba, luchaba contra su control, mientras también lo hacía contra sus propios instintos para no darle todo lo que realmente deseaba darle.

En ese momento, ella lo sabía. Tanto por ella, como por él, que nunca tendrían suficiente. Ella tenía que darle, que enseñarle todo lo que ella era, todo de lo que era capaz, y todo lo que él podía ser por ella.

Todo lo que podía otorgarle.

Todo lo que estaba floreciendo en su interior.

Cogiendo su camisón, tiró de él, sacándoselo por arriba y lanzándolo al aire. Su vista inmediatamente bajó hacia el punto por el que estaban unidos. Ella no podía ver lo que él sí veía, pero podía imaginar lo suficiente. El calor entre sus piernas casi le quemaba. Entre ellos, él creció, endureciéndose. Sintió el cambio entre sus muslos, en la profundidad de sus entrañas. El miró brevemente su rostro, luego volvió a bajar su vista. Sus caderas ondulaban bajo las suyas. Ella debería haberle dicho que parara, que se estuviera quieto, pero no lo hizo. El aliento se le secaba en la garganta, arqueándose hacia atrás. Levantando la cabeza, cruzó los brazos tras de ella, con el pelo cayéndole en cascada sobre sus hombros, los ojos cerrados, dejándose llevar por aquel placer sobrecogedor, cabalgándolo cada vez con más y más fuerza.

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Главный герой
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