Domada por Amor
- Автор: Лоуренс Стефания
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «Domada por Amor». Краткое содержание книги:
Los hombres del Bastion Club han demostrado su valor luchando secretamente por su país. Ahora su líder se enfrenta a la más peligrosa de todas las misiones: encontrar una novia.
Actuando como el misterioso líder del Bastion Club conocido como «Dalziel», Royce Henry Varisey, X duque de Wolverstone, ha servido a su país durante décadas, enfrentándose a innombrables peligros. Pero como poseedor de uno de los títulos de nobleza más augustos de Inglaterra, ahora debe cumplir con la labor más crucial de todas: el matrimonio.
No obstante, las jóvenes y las grandes damas que podrían ser apropiadas son predeciblemente aburridas. Mucho más tentadora resulta la terca y distante ama de llaves de su castillo, Minerva Chesterton. Bajo su sereno exterior se esconde una mujer de ardiente sensualidad, que colmaría sus días de comodidades y sus noches de puro placer. Decidido a reclamarla, se embarca en una seducción para demostrar su maestría sobre cada centímetro de su cuerpo… y cada fibra de su corazón.
La puerta se abrió. Lucy entró.
– Buenos días, señorita. ¿Preparada para el gran día? Todo el mundo está ya reunido abajo en las escaleras.
– Oh, sí-dijo ella aún sonriendo.
Pero para sus adentros, maldijo. Faltaba un día para los festejos. El único día del año en el que no tendría ni un solo momento de descanso.
O para Royce.
Maldijo de nuevo, y se levantó.
Y así empezó el día, en un torbellino de actividad concerniente a los preparativos. El desayuno fue un bocado en el aire. Royce, de manera muy sabia, se había levantado temprano y había salido. Todos los invitados habían llegado ya. El salón era un mar de charla y saludos. Por supuesto, sus tres mentoras estaban ansiosas de oír sus noticias. Dadas las circunstancias, lo mejor que podía hacer era esbozar de nuevo su radiante sonrisa. Ellas la percibieron, la interpretaron debidamente, y se acercaron.
Letitia le dio un golpecito en el hombro.
– ¡Es maravilloso! Más tarde tienes que contarnos los detalles.
Y más tarde debería ser por fuerza, ya que hacía mucho tiempo que la servidumbre no se ocupaba de un festejo tan multitudinario y el pánico amenazaba en más de un frente.
El té y las tostadas desaparecieron, así que Minerva corrió hacia el salón matinal. Ella y Cranny mantuvieron un ritmo frenético durante una hora, asegurándose de que entre las tareas del día se incluyeran todo lo que necesitaban. El ama de llaves tan solo tuvo un respiro cuando Letitia, Penny y Clarice entraron por la puerta.
– Oh.
Al encontrarse con la brillante mirada de Letitia, Minerva intentó centrar su mente.
– No, no -dijo Letitia, sonriendo y dando a entender con sus manos que no se esforzara. -Por muchas ganas que tengamos de escuchar cada mínimo detalle, ahora está claro que no es el momento. A propósito de eso, veníamos a ofrecerte nuestra ayuda.
Minerva parpadeó, mientras Letitia se sentaba, mirando a Penny y Clarice.
– No hay nada peor -dijo Penny, -que estar sin tener nada que hacer, esperando.
– Especialmente -añadió Clarice, -cuando hay tanto en lo que nuestros talentos pudieran ser de utilidad, digamos, por ejemplo, en la feria -dijo, sentándose en el sofá, -así que dinos, ¿qué hay en vuestra lista en lo que podamos ayudar?
Minerva se percató de sus expresiones de anhelo, y luego miró la lista de tareas.
– Hay varios torneos de tiro con arco, y…
Una vez divididas las tareas, ordenó que trajeran el landó, mientras las otras cogían sus mantillas y los birretes, cogiendo ella misma los suyos y yendo a correr a hablar con Retford. El y ella discutieron diferentes divertimentos para los invitados del castillo, la mayoría de los cuales se quedarían durante todo el día, para luego apresurarse a reunirse con los otros en el salón principal.
De camino a la zona de festejos, que no era otro que el que estaba más allá de la iglesia, concretaron los detalles de las labores que cada una de ellas realizaría. Al llegar al campo, que ya de por sí rebosaba de actividad, intercambiaron miradas, y se pusieron manos a la obra. Incluso delegando labores tal y como hizo, cumpliendo la lista de tareas que se había asignado, organizándolo y discutiéndolo todo, cosa que le llevó horas. La feria de Alwinton era la más grande de la región, donde granjeros de todo el condado venían desde kilómetros de distancia, de más allá de las colinas y los valles de la Frontera, así como viajeros, comerciantes y artesanos que venían desde Edimburgo para vender su género. Además de todo eso, la zona dedicada a la agricultura también era enorme. A pesar de que Penny estaba supervisando los preparativos para las pujas de animales, Minerva había dejado la zona productiva bajo su propia supervisión. Había muchos puestos involucrados, demasiadas rivalidades entre las que mediar.
Luego estaban los regateos. La feria era uno de los eventos en los que las gentes de la Frontera aprovechaba tradicionalmente para prometerse ante un sacerdote, para luego saltar sobre el palo de una escoba y dejar así reflejadas sus intenciones de seguir juntos, viviendo y compartiendo durante el siguiente año, así que Minerva fue en buscar entre aquella algarabía al reverendo Cribthorn.
– Este año tenemos nueve parejas -le comunicó él. -Siempre es una satisfacción ver el comienzo de una nueva familia. Para mí es uno de los placeres de mi trabajo.
Después de confirmar el lugar y el momento en el que iban a tomar lugar las ceremonias, volvió de nuevo a los otros quehaceres. A través de un hueco en medio del bullicio, vio la figura de Royce. Estaba rodeado de una caterva de niños, todos llamándole e intentando captar su atención.
Había estado todo el día ocupado, dirigiendo y, para su asombro, ayudando a varios grupos de hombres que estaban trabajando montando tiendas y carpas, escenarios y postes. A pesar de que entre ellos habían intercambiado multitud de miradas, él evitó acercarse a ella, y así… distraerla.
Aun así, ella seguía sintiendo su mirada, notando incluso cómo a veces pasaba cerca a través del gentío.
Al rato él estaba bastante ocupado absorto en el trabajo, así que ella se permitió darse un respiro y quedarse mirándolo un rato, recreándose en verlo realizar lo que ella se había percatado que eran sus primeras responsabilidades de juventud.
Él no se había olvidado del puente de paso, y por lo tanto, los encargados de Harbottle tampoco. Hancock, el carpintero del castillo, se había desplazado hasta allí para supervisar la reconstrucción, y darle un informe a Royce.
Cada uno de los vecinos, al verlo por primera vez allí, con su porte dirigente, su altura, su capa de perfecto corte, sus pantalones de ante y aquellas botas altas, se quedaban quietos, mirándolo. Durante el rato que ella lo estuvo observando, la señora de Critchley, que venía de más allá de Alwinton, se detuvo, quedándose boquiabierta.
Su padre nunca atendió de aquella manera los festejos, es más, su padre nunca hubiera tan siquiera asistido, y mucho menos ser uno más entre la comunidad. Había sido su gobernante, pero nunca uno de ellos. Royce hubiera gobernado sobre su gente de la misma manera que sus ancestros lo había hecho, pero no de manera tan distante, tan apartada. Ahora, él era uno más entre aquella horda ruidosa que lo rodeaba. Ella ya no necesitaba pensar más sobre las expectativas de él. El sentido del deber que tenía aquel hombre para aquellos a los que gobernaba, para su gente, le mostró todo lo que él había hecho. Era una parte esencial de lo que él era.
Reservado, arrogante, seguro de sí, era un Wolverstone, un señor feudal en toda regla, y utilizando el poder que le había sido concedido por nacimiento, rescribió su papel de señor, de una manera mucho más concienzuda, más fundamental y progresista, de lo que ella nunca hubiera imaginado.
Viéndolo rodeado de niños, o cómo giraba la cabeza para reír un comentario del señor Cribthorn, sintió cómo a su corazón casi le nacían alas.
Ese era el hombre al que ella amaba.
El era quien era, aún con sus fallos, pero lo amaba con todo su corazón.
Tenía que volver a sus quehaceres, así que tuvo que esforzarse por reprimir aquellas emociones que inundaban su interior, para así poder seguir sonriendo mientras cumplía debidamente con sus obligaciones. Así que, con su perenne sonrisa, levantó la cabeza, aspiró profundamente y volvió al gentío, sumergiéndose en todo lo que tenía por delante para hacer.
Más tarde.
Más tarde podría hablar con él, aceptar su oferta, y ofrecerle su corazón, sin reservas.
– Sin duda, es gracias a la ayuda que me habéis otorgado el que pueda volver a casa antes del anochecer, a tiempo para el té.
Aflojándose el delantal, Minerva sonrió a Letitia, Clarice y Penny, todas, al igual que ella, totalmente exhaustas, pero satisfechas con lo que habían realizado durante el día.
– Ha sido un placer para nosotras -contestó Penny. -De hecho, creo que le sugeriré a Charles que se haga con algunas ovejas de ese ganadero, O'Loughlin.