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Электронная книга - «Perdona Pero Quiero Casarme Contigo». Краткое содержание книги:

Segunda parte de Perdona si te llamo amor. La historia de amor continúa…
Alex y Niki están más enamorados que nunca, acaban de volver del faro en la isla de Blu donde han vivido días inolvidables. Niki se reencuentra con sus amigas, pero el grupo de las Ondas deberá afrontar grandes cambios que pondrán a prueba su amistad. Alex retoma su vida de siempre, sus viejos amigos. Ellos, Flavio, Enrico y Pietro han pasado de ser maridos serenos y seguros a tener que afrontar muchas difi cultades que han puesto en peligro sus matrimonios. Y ahora todas esta personas, hombres y mujeres de diferentes edades, cada uno a su manera se encuentran para refl exionar sobre el amor. Pues, ¿existe el amor? ¿Es cierta la crisis del séptimo año? ¿Tienen razón los que dicen que un amor no puede durar más de tres años? Y después, la pregunta más difícil: ¿un amor puede durar para siempre?
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Olly la imita en voz baja y Erica se echa a reír. Niki pone cara de apuro al verlas.

– Venga, chicas…

Olly y Erica se miran sorprendidas.

– Venga Niki, pero si no hemos hecho nada.

– Sí, lo sé, pero aquí… -Sigue a la dueña del taller de costura, que se dirige hacia la otra estancia.

Erica mira a Olly.

– ¿Qué le pasa? ¿Se ha vuelto loca?

– No lo sé, ¿has visto que ya en el coche no quería hablar de la boda?

– Y lo entiendo, pero no sirve de nada ponerse así…

Diletta se acerca a ellas.

– Venga, chicas…, está nerviosa, sí. Yo también me he dado cuenta. Debemos apoyarla.

– Sí, pero, en fin…, ¡un poco de relax!

Erica llama a Olly.

– Mira qué chal tan bonito -lo coge. En ese momento Niki pasa de nuevo por su lado.

– Pero, bueno, ¿queréis dejar de tocarlo todo?

Olly pierde los estribos.

– Oye, Niki, ya basta. Hace días que has desaparecido, que no das señales de vida, no respondes al móvil, no nos haces partícipes de nada…, ¿y ahora pretendes que estemos aquí como si fuéramos unas estatuas? Hace apenas unos meses tú habrías sido la primera en bromear en una tienda como ésta.

– ¿Y eso qué tiene que ver? Sólo he dicho que quizá deberíamos comportarnos un poco mejor: no nos conocen y ya veis de qué sitio se trata…

– Ah, sí. Es verdad. Desde ahora mismo empezaré a portarme bien.,

Olly sale a paso ligero del taller de costura. Erica pasa junto a Niki, la mira un momento a los ojos y después sigue a Olly. Diletta, que ha contemplado la escena, intenta detenerlas.

– Venga, chicas… -Luego se vuelve hacia Niki-: Anda que tú también…

– ¿Se puede saber qué he hecho? -pregunta, sabiendo de antemano la respuesta.

Diletta la mira con dureza.

– Niki, la verdad es que no sé lo que te está pasando, pero cuando estés dispuesta a decírnoslo, ya sabes dónde encontrarnos -le espeta antes de abandonar a su vez la estancia.

Niki se queda sola en el centro de la sala. Echa un vistazo alrededor. Observa los vestidos, los maniquís y los cuadros. Acto seguido se vuelve hacia la puerta de entrada. Se han marchado. Me han dejado aquí sola. Pero ¿por qué se han enfadado de esa forma? Olly y Erica sólo estaban bromeando. Antes yo habría hecho lo mismo…

– Por favor, señorita, venga por aquí. He ordenado que le preparen algunos vestidos para que se los pueda probar, tal y como me ha pedido… Pero ¿y sus amigas? ¿Dónde están?

Niki se queda pensativa por un momento y acto seguido coge la cazadora y el bolso, que había dejado en una silla.

– Perdone, pero ¿qué ocurre?

– Nada. Acabo de acordarme de que tengo un compromiso. No puedo quedarme. Gracias y disculpe las molestias. -Se marcha dejando a la encargada estupefacta.

Nada más salir Niki, la mujer sacude la cabeza. Estas jóvenes de hoy. Quieren casarse a los veinte años y luego ni siquiera saben asumir la responsabilidad de elegir un vestido y de respetar el trabajo de los demás. ¿Qué se habrá creído? ¿Que me dedico a seleccionar vestidos que me parecen adecuados para ella porque la cosa me divierte? Es mi trabajo. Todavía nerviosa, vuelve a la otra sala para ordenarlo todo.

Niki da algunos pasos por la acera antes de detenerse. Tiene los ojos empañados. Está enfadada. Con las Olas, que se han marchado, que no han entendido el momento de dificultad y de fragilidad por el que está pasando. Con las hermanas de Alex, a las que no puede quitarse de encima. Pero, sobre todo, consigo misma. Aunque no acaba de entender del todo la razón. Mira alrededor y, de repente, se siente perdida.

Ochenta y ocho

Algunos días más tarde.

– Mamá, ¿de verdad no puedes venir con nosotros?

– Cariño, debo ir a una reunión con los profesores de tu hermano… Y, por si fuera poco, haría falta un milagro para salvarnos de esa situación. No sé qué decirte… Ve, pero no debes decidirlo todo en seguida… Elige los lugares que prefieras, quizá podrías sacar algunas fotos o coger unos folletos, y después hablamos.

Justo en ese momento suena el interfono. Cuando Niki responde oye la voz chillona de Claudia.

– ¿Está Niki? ¿Puede bajar? ¡Somos las hermanas de Alex!

– Soy yo, bajo en seguida. -Cuelga el auricular y mira desconsolada a su madre-. Pero ¿por qué no le he dicho que no?

Simona sale en su ayuda esbozando una sonrisa.

– Cariño… Quizá te sirva para evitar los errores que cometieron ellas, las triquiñuelas con las que pueden engañarte en esos sitios, que, por otra parte, ¡son preciosos!

– Sí, mamá, tienes razón.

Simona parece más serena.

– Sólo hay un problema…, ¡eso fue también lo que me dijo Alex y yo me lo tragué!

Apenas sale del portal, Niki oye sonar un claxon. Se vuelve. ¡Es un Mercedes como el de Alex, sólo que éste es rosa! No me lo puedo creer. Que alguien me diga que se trata de una pesadilla y que, sobre todo, me despertaré.

– Eh…, estamos aquí-Claudia vuelve a tocar la bocina y se asoma por la ventanilla-. ¡Aquí!

Niki se aproxima a ellas y sube al coche.

– Aquí estoy, gracias…

Luego se inclina sonriente hacia ellas.

– Así, ¿todavía estáis seguras de que queréis echarme una mano? -Niki cruza los dedos debajo del asiento-. Es que a veces algunas cosas se dicen por cortesía y después uno se arrepiente…

Permanece con los dedos cruzados y con la esperanza de que una de ellas diga una frase tipo: «En efecto, estos días estamos muy ocupadas» o «Gracias, no sabes cómo me cansa volver a pensar en todas las vueltas que dimos, ¡y repetirlas de nuevo! Es aún más agotador». En cambio, Margherita se vuelve hacia ella con una sonrisa radiante en los labios.

– No, en absoluto. Sólo queremos asegurarnos de que Alex tenga todo lo que desea, y como él está siempre tan ocupado nos parece natural echarte una mano. -Luego hace ademán de volverse, pero se detiene y mira a Niki con aire de asombro-. ¿No será que esas cosas las piensas tú y no sabes cómo decírnoslo? A lo mejor te gustaría ser más independiente… Que no suponga un problema, ¿eh?

– ¡Yo! -Niki esboza una sonrisa-. Ni por asomo…

– ¡En ese caso, andando! -Claudia mete la marcha y el coche arranca a toda velocidad dejando a sus espaldas esa extraña retahíla de mentiras.

Ochenta y nueve

– Este sitio es precioso, mira, se ve el lago y hay una iglesia en el interior. ¡Aquí se podría hacer la cena, aquí el baile y la tarta, y aquí los fuegos artificiales!

El Mercedes rosa asciende por los senderos campestres. Margherita enseña a Niki los diferentes lugares donde podría celebrarse la ceremonia.

– La vista del lago de Bracciano es magnífica, y ahí tienes los vestuarios para los novios. La cena podría servirse en parte dentro y en parte al aire libre…

A Niki apenas le da tiempo a sacar algunas fotografías, porque el coche sale a toda velocidad por el camino de San Liberato.

– En vuestra opinión, ¿cuánto debe de costar un sitio así?

– Doce mil euros sólo el alquiler.

– Ah…

– Bueno, a fin de cuentas, uno se casa sólo una vez, ¿no? -Las dos se echan a reír mientras Niki arquea las cejas. ¡Dios mío, menuda ocurrencia he tenido!

Claudia conduce a toda velocidad y el coche casi entra en dirección contraria en la explanada que hay delante de la entrada.

– Aquí se casaron Eros Ramazzotti y Michelle Hunziker…

– ¡Pero han roto!

– Pues sí, pero la culpa no es del castillo, ¿no?

El portero abre la verja y las deja entrar. Margherita se vuelve risueña hacia Niki.

– Conocemos a una de las Odelscalchi… Es muy simpática.

El coche asciende veloz por la cuesta. A la izquierda se extiende, tranquilo y apacible, el lago de Bracciano. Niki mira por la ventanilla.

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