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Электронная книга - «Juego Del Destino». Краткое содержание книги:

Jeffrey Archer, con su habitual maestría narrativa, presenta en su última novela una apasionante historia marcada por un insólito cruce de destinos: dos hermanos gemelos separados al nacer y que desconocían la existencia del otro, se reencuentran treinta años más tarda como rivales políticos. Ambos pertenecen a familias de distinta extracción social y credo ideológico, pero el azar propiciará que sea Fletcher quien defienda a su hermano Nat, acusaso del asesinato de su rival en las elecciones a gobernador. Cuando Fletcher sufra un accidente y sea necesario conseguir sangre de un grupo muy extraño se desvelará el parentesco. Una trama perfectamente urdida en torno a las sorpresas que puede deparar el destino, al podeer político, al juego sucio, a la pérdida y al reencuetro, que ha hecho las delicias de miles de lectores en Inglaterra y Estados Unidos.
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– Emprenderé el regreso inmediatamente en cuanto me asegure de que Lucy está bien.

Durante todo el viaje hasta Lakeville su mente no dejó ni un momento de pensar en Harry y Lucy, y por un instante en Al Brubaker, aunque se dio cuenta de que ya no le preocupaba averiguar qué quería de él el presidente del partido.

Cuando vio el cartel que anunciaba el desvío a Hotchkiss, los pensamientos de Fletcher volvieron a centrarse en Harry y la primera vez que se vieron durante el partido de fútbol contra Taft. «Dios mío, deja que viva», rogó en voz alta mientras entraba en el camino de su vieja escuela y aparcaba delante de la enfermería. Una enfermera acompañó al senador hasta la cama de su hija. Mientras caminaba por la sala donde todas las camas estaban vacías, vio a lo lejos una pierna enyesada sostenida en el aire por un cabestrillo. Le recordó la vez en que se había presentado para presidente de los estudiantes y su rival había dejado que sus partidarios estamparan sus firmas en el yeso el día de las elecciones. Fletcher intentó recordar su nombre.

– Eres una comedianta -dijo Fletcher incluso antes de ver la gran sonrisa en el rostro de su hija y las botellas de gaseosa, bolsas de palomitas y galletas de chocolate que estaban desparramadas por la cama.

– Lo sé, papá, e incluso me las apañé para librarme del examen de matemáticas, pero debo volver a clase el lunes si quiero tener una oportunidad de ser la representante de los estudiantes.

– Así que esa es la razón por la que ese viejo y astuto buitre que es tu abuelo vino a verte.

Fletcher besó la mejilla de su hija y miraba las galletas cuando apareció un muchacho que se detuvo con expresión inquieta al otro lado de la cama.

– Este es George -lo presentó Lucy-. Está enamorado de mí.

– Es un placer conocerte, George -manifestó Fletcher, con una sonrisa.

– Lo mismo digo, senador. -El joven le extendió la mano derecha por encima de la cama.

– George es mi director de campaña para representante de los estudiantes -comentó Lucy-, de la misma manera que mi padrino lleva la tuya. George cree que la pierna rota me ayudará a conseguir los votos de simpatía. Tendré que preguntarle al abuelo qué opina la próxima vez que venga a visitarme. El abuelo es nuestra arma secreta -susurró-. Tiene aterrorizada a la oposición.

– No sé por qué me he molestado en venir a verte -señaló Fletcher-, cuando está claro que no me necesitas absolutamente para nada.

– Claro que te necesito, papá. ¿Podrías darme un adelanto de la paga del mes que viene?

Fletcher sonrió mientras sacaba el billetero.

– ¿Cuánto te dio tu abuelo?

– Cinco dólares -respondió Lucy, tímidamente. Fletcher le dio otros cinco-. Gracias, papá. Por cierto, ¿cómo es que mamá no ha venido?

Nat aceptó llevar a Luke de regreso a la escuela a la mañana siguiente. El chico se había mostrado muy poco comunicativo la noche anterior, casi como si hubiese querido decir algo, pero no con ellos dos en la habitación.

– Quizá se decida a hablar de camino a la escuela, cuando estéis a solas -opinó Su Ling.

Padre e hijo emprendieron el camino de regreso a Taft en cuanto acabaron de desayunar, pero Luke continuó sin decir gran cosa. A pesar de los intentos de Nat de sacar el tema de los estudios, la obra teatral e incluso las actividades deportivas, solo recibió monosílabos como toda respuesta. Así que Nat cambió de táctica y también permaneció en silencio, con la idea de que Luke, en su momento, iniciaría la conversación.

Su padre conducía por el carril de adelantamiento, a una velocidad apenas por encima del límite, cuando Luke le preguntó:

– ¿Cuándo te enamoraste por primera vez, papá?

Nat casi chocó con el vehículo que tenía delante, pero frenó a tiempo y luego volvió a situarse en el carril central.

– Creo que la primera chica que me interesó de verdad se llamaba Rebecca. Interpretaba a Oliva y yo hacía de Sebastián en la obra de la escuela. -Se calló unos instantes-. ¿Tienes problemas con Julieta?

– Por supuesto que no -respondió Luke-. Es tonta; bonita, pero tonta. -Un largo silencio siguió a estas palabras-. ¿Hasta dónde llegasteis Rebecca y tú? -preguntó finalmente.

– Recuerdo que nos besamos y hubo un poco de eso que en mi época llamábamos mimos.

– ¿Querías tocarle los pechos?

– Claro que sí, pero ella no me dejaba. No llegué a esa parte hasta nuestro primer año en la facultad.

– ¿Tú la querías, papá?

– Creía que sí, pero me enamoré perdidamente cuando conocí a tu madre.

– ¿Así que la primera chica con la que te acostaste fue mamá?

– No, hubo un par de chicas antes que ella, una en Vietnam y otra cuando estaba en la universidad.

– ¿Dejaste embarazada a alguna de las dos?

Nat se pasó al carril de la derecha y redujo la velocidad a cuarenta.

– ¿Has dejado embarazada a alguna chica?

– No lo sé -respondió Luke- y tampoco lo sabe Kathy, pero cuando nos estábamos besando detrás del gimnasio, le hice un estropicio en la falda.

Fletcher pasó una hora más con su hija antes de emprender el viaje de regreso a Hartford. Disfrutó de la compañía de George. Lucy lo había descrito como el chico más brillante de la clase. «Por eso lo escogí como director de mi campaña», le explicó.

El senador llegó a Hartford al cabo de una hora y cuando entró en la habitación de Harry la situación no había cambiado. Se sentó junto a Annie y le cogió la mano.

– ¿Alguna mejoría? -le preguntó.

– No, ninguna -respondió Annie-. No se ha movido desde que tú te marchaste. ¿Cómo está Lucy?

– Es una comedianta y se lo dije. Tendrá que llevar el yeso durante unas seis semanas, algo que no parece haberle hecho mella; es más, está convencida de que la ayudará a ganar las elecciones a representante de los estudiantes.

– ¿Le has hablado del abuelo?

– No, tuve que mentirle un poco cuando me preguntó dónde estabas.

– ¿Dónde estaba?

– Presidiendo una reunión de la junta escolar.

– Muy cierto, solo que te has equivocado de día.

– A propósito, ¿sabías que tiene novio? -preguntó Fletcher.

– ¿Te refieres a George?

– ¿Conoces a George?

– Sí, aunque yo no lo describiría como un novio -opinó Annie-, sino como un fiel esclavo.

– Creía que Lincoln había abolido la esclavitud en mil ochocientos sesenta y tres -comentó Fletcher.

Annie se volvió para mirar a su marido.

– ¿Te preocupa?

– Por supuesto que no. Es lógico que Lucy tenga novio.

– No me refiero a eso, y tú lo sabes.

– Annie, solo tiene dieciséis años.

– Yo era más joven cuando te conocí.

– Annie, no olvides que cuando estábamos en la universidad nos manifestamos por los derechos civiles; me enorgullece saber que le hemos inculcado esos principios a nuestra hija.

40

Nat se sentía un tanto culpable por haber regresado a Hartford después de dejar a su hijo en Taft, porque no había tenido tiempo de visitar a sus padres. Pero era consciente de que no podía saltarse la reunión con Murray Goldblatz dos días seguidos. Cuando se despidió de Luke, el chico al menos ya no parecía hundido en el sufrimiento. Le había prometido que él y su madre volverían el viernes por la tarde para la representación de la obra. Aún pensaba en Luke cuando sonó el teléfono móvil, una innovación que había cambiado su vida.

– Prometiste llamarme antes de que abriera el mercado -dijo Joe, que hizo una pausa antes de añadir-: ¿Tienes alguna noticia que comunicarme?

– Lamento no haberte llamado, Joe; surgió una crisis doméstica y me olvidé completamente.

– ¿Tienes algo nuevo que decirme?

– ¿Algo nuevo?

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