Cincuenta Sombras Liberadas
- Автор: Джеймс Эрика Леонард
- Серия: Cincuenta Sombras #3
- Год: 2012
- Язык: испанский
- Жанр: Романы для взрослых
Электронная книга - «Cincuenta Sombras Liberadas». Краткое содержание книги:
Cuando la joven Anastasia conoce al poderoso y enigmático Grey, comienzan un excitante, sensual y atormentado romance. Erótica, entretenida y profundamente conmovedora, la serie Cincuenta sombras es una historia que te cautivará, te poseerá y se quedará contigo por siempre.
Para público adulto.
– Llevo la BlackBerry, por si acaso.
La preocupación que veo en su cara pálida me emociona.
Papá…
Cojo la chaqueta, el bolso y el maletín.
– Te llamaré si necesito algo.
– Claro. Buena suerte, Ana. Espero que esté bien.
Le dedico una breve sonrisa tensa, esforzándome por mantener la compostura y salgo de la oficina. Hago todo lo que puedo por no ir corriendo hasta la recepción. Sawyer se levanta de un salto al verme llegar.
– ¿Señora Grey? -pregunta, confundido por mi repentina aparición.
– Nos vamos a Portland. Ahora.
– Sí, señora -dice frunciendo el ceño, pero abre la puerta.
Nos estamos moviendo, eso es bueno.
– Señora Grey -me dice Sawyer mientras nos apresuramos hacia del aparcamiento-, ¿puedo preguntarle por qué estamos haciendo este viaje imprevisto?
– Es por mi padre. Ha tenido un accidente.
– Entiendo. ¿Y lo sabe el señor Grey?
– Le llamaré desde el coche.
Sawyer asiente y me abre la puerta de atrás del Audi todoterreno para que suba. Con los dedos temblorosos cojo la BlackBerry y marco el número de Christian.
– ¿Sí, señora Grey? -La voz de Andrea es eficiente y profesional.
– ¿Está Christian? -le pregunto.
– Mmm… Está en alguna parte del edificio, señora. Ha dejado la BlackBerry aquí cargando a mi cuidado.
Gruño para mis adentros por la frustración.
– ¿Puedes decirle que le he llamado y que necesito hablar con él? Es urgente.
– Puedo tratar de localizarle. Tiene la costumbre de desaparecer por aquí a veces.
– Solo procura que me llame, por favor -le suplico intentando contener las lágrimas.
– Claro, señora Grey. -Duda un momento-. ¿Va todo bien?
– No -susurro porque no me fío de mi voz-. Por favor, que me llame.
– Sí, señora.
Cuelgo. Ya no puedo reprimir más mi angustia. Aprieto las rodillas contra el pecho y me hago un ovillo en el asiento de atrás. Las lágrimas aparecen inoportunamente y corren por mis mejillas.
– ¿Adónde en Portland exactamente, señora Grey? -me pregunta Sawyer.
– Al OHSU -digo con voz ahogada-. Al hospital grande.
Sawyer sale a la calle y se dirige a la interestatal 5. Yo me quedo sentada en el asiento de atrás repitiendo en mi mente una única plegaria: por favor, que esté bien; por favor, que esté bien…
Suena mi teléfono. «Your Love Is King» me sobresalta e interrumpe mi mantra.
– Christian -respondo con voz ahogada.
– Dios, Ana. ¿Qué ocurre?
– Es Ray… Ha tenido un accidente.
– ¡Mierda!
– Sí, lo sé. Voy de camino a Portland.
– ¿Portland? Por favor dime que Sawyer está contigo.
– Sí, va conduciendo.
– ¿Dónde está Ray?
– En el OHSU.
Oigo una voz amortiguada por detrás.
– Sí, Ros. ¡Lo sé! -grita Christian enfadado-. Perdona, nena… Estaré allí dentro de unas tres horas. Tengo aquí algo entre manos que necesito terminar. Iré en el helicóptero.
Oh, mierda. Charlie Tango vuelve a estar en funcionamiento y la última vez que Christian lo cogió…
– Tengo una reunión con unos tíos de Taiwan. No puedo dejar de asistir. Es un trato que llevamos meses preparando.
¿Y por qué yo no sabía nada de eso?
– Iré en cuanto pueda.
– De acuerdo -le susurro. Y quiero decir que no pasa nada, que se quede en Seattle y se ocupe de sus negocios, pero la verdad es que quiero que esté conmigo.
– Lo siento, nena -me susurra.
– Estaré bien, Christian. Tómate todo el tiempo que necesites. No tengas prisa. No quiero tener que preocuparme por ti también. Ten cuidado en el vuelo.
– Lo tendré.
– Te quiero.
– Yo también te quiero, nena. Estaré ahí en cuanto pueda. Mantente cerca de Luke.
– Sí, no te preocupes.
– Luego te veo.
– Adiós.
Tras colgar vuelvo a abrazarme las rodillas. No sé nada de los negocios de Christian. ¿Qué demonios estará haciendo con unos taiwaneses? Miro por la ventanilla cuando pasamos junto al aeropuerto internacional King County/Boeing Field. Christian debe tener cuidado cuando vuele. Se me vuelve a hacer un nudo el estómago y siento náuseas. Ray y Christian. No creo que mi corazón pudiera soportar eso. Me acomodo en el asiento y empiezo de nuevo con mi mantra: por favor, que esté bien; por favor, que esté bien…
– Señora Grey -la voz de Sawyer me sobresalta-, ya hemos llegado al hospital. Estoy buscando la zona de urgencias.
– Yo sé dónde está. -Mi mente vuelve a mi última visita al hospital OHSU, cuando, en mi segundo día de trabajo en Clayton’s, me caí de una escalera y me torcí el tobillo. Recuerdo a Paul Clayton cerniéndose sobre mí y me estremezco ante ese imagen.
Sawyer se detiene en el espacio reservado al estacionamiento y salta del coche para abrirme la puerta.
– Voy a aparcar, señora, y luego vendré a buscarla. Deje aquí su maletín, yo se lo llevaré.
– Gracias, Luke.
Asiente y yo camino decidida hacia la recepción de urgencias, que está llena de gente. La recepcionista me dedica una sonrisa educada y en unos minutos localiza a Ray y me manda a la zona de quirófanos de la tercera planta.
¿Quirófanos? ¡Joder!
– Gracias -murmuro intentando centrar mi atención en sus indicaciones para encontrar los ascensores. Mi estómago se retuerce otra vez y casi echo a correr hacia ellos.
Por favor, que esté bien; por favor, que esté bien…
El ascensor es agónicamente lento porque para en todas las plantas. ¡Vamos, vamos! Deseo que vaya más rápido y miro con el ceño fruncido a la gente que entra y sale y que está evitando que llegue al lado de mi padre.
Por fin las puertas se abren en el tercer piso y salgo disparada para encontrarme otro mostrador de recepción, este lleno de enfermeras con uniformes azul marino.
– ¿Puedo ayudarla? -me pregunta una enfermera con mirada miope.
– Estoy buscando a mi padre, Raymond Steele. Acaban de ingresarle. Creo que está en el quirófano 4. -Incluso mientras digo las palabras desearía que no fueran ciertas.
– Deje que lo compruebe, señorita Steele.
Asiento sin molestarme en corregirla mientras ella comprueba con eficiencia en la pantalla del ordenador.
– Sí. Lleva un par de horas en el quirófano. Si quiere esperar, les diré que está usted aquí. La sala de espera está ahí. -Señala una gran puerta blanca identificada claramente con un letrero de gruesas letras azules que pone: SALA DE ESPERA.
– ¿Está bien? -le pregunto intentando controlar mi voz.
– Tendrá que esperar a que uno de los médicos que le atiende salga a decirle algo, señora.
– Gracias -digo en voz baja, pero en mi interior estoy gritando: «¡Quiero saberlo ahora!».
Abro la puerta y aparece una sala de espera funcional y austera en la que están sentados el señor Rodríguez y José.
– ¡Ana! -exclama el señor Rodríguez. Tiene el brazo escayolado y una mejilla con un cardenal en un lado. Está en una silla de ruedas y veo que también tiene una escayola en la pierna. Le abrazo con cuidado.
– Oh, señor Rodríguez… -sollozo.
– Ana, cariño… -dice dándome palmaditas en la espalda con la mano sana-. Lo siento mucho -farfulla y se le quiebra la voz ya de por sí ronca.
Oh, no…
– No, papá -le dice José en voz baja, regañándole mientras se acerca a mí. Cuando me giro, él me atrae hacia él y me abraza.
– José… -digo. Ya estoy perdida: empiezan a caerme lágrimas por la cara cuando toda la tensión y la preocupación de las últimas tres horas salen a la superficie.
– Vamos, Ana, no llores. -José me acaricia el pelo suavemente. Yo le rodeo el cuello con los brazos y sollozo. Nos quedamos así durante un buen rato. Estoy tan agradecida de que mi amigo esté aquí… Nos separamos cuando Sawyer llega para unirse a nosotros en la sala de espera. El señor Rodríguez me pasa un pañuelo de papel de una caja muy convenientemente colocada allí cerca y yo me seco las lágrimas.