Cincuenta Sombras Liberadas
- Автор: Джеймс Эрика Леонард
- Серия: Cincuenta Sombras #3
- Год: 2012
- Язык: испанский
- Жанр: Романы для взрослых
Электронная книга - «Cincuenta Sombras Liberadas». Краткое содержание книги:
Cuando la joven Anastasia conoce al poderoso y enigmático Grey, comienzan un excitante, sensual y atormentado romance. Erótica, entretenida y profundamente conmovedora, la serie Cincuenta sombras es una historia que te cautivará, te poseerá y se quedará contigo por siempre.
Para público adulto.
– ¿Dónde estábamos? -le pregunto a Leila mientras me siento frente a ella. Sus ojos se abren un poco, extrañados.
Sí, aparentemente sé manejar a Christian. Pero no creo que ella quiera oír eso.
Leila juguetea nerviosamente con las puntas de su pelo.
– Primero, quiero disculparme -me dice en voz baja.
Oh…
Levanta la vista para mirarme y ve mi sorpresa.
– Sí -prosigue apresuradamente-. Y agradecerle que no haya presentado cargos. Ya sabe… por lo del coche y el apartamento.
– Sabía que no estabas… Mmm… Bien en ese momento -respondo un poco a trompicones. No me esperaba una disculpa.
– No, no estaba bien.
– ¿Estás mejor ahora? -le pregunto amablemente.
– Mucho mejor. Gracias.
– ¿Sabe tu médico que estás aquí?
Niega con la cabeza.
Oh.
Parece adecuadamente culpable.
– Sé que tendré que enfrentarme a las consecuencias de esto más tarde. Pero necesitaba algunas cosas y también quería ver a Susi, a usted y… al señor Grey.
– ¿Quieres ver a Christian? -Noto que mi estómago se precipita al vacío en caída libre. Por eso está aquí.
– Sí. Y quería preguntarle si le parece bien.
Oh, Dios mío… Me la quedo mirando con la boca abierta. Tengo ganas de decirle que no me parece bien, que no la quiero cerca de mi marido. Pero ¿por qué ha venido? ¿Para evaluar a la competencia? ¿Para alterarme? ¿O es que necesita algún tipo de cierre?
– Leila -digo con dificultad, irritada-. Eso no es asunto mío, sino de Christian. Tendrás que preguntárselo a él. Él no necesita mi permiso. Es un hombre adulto… la mayor parte del tiempo.
Me mira durante un segundo como si estuviera sorprendida por mi reacción y después se ríe bajito, todavía jugando nerviosamente con las puntas de su pelo.
– Él se ha negado repetidamente a verme todas las veces que se lo he pedido -me dice casi en un susurro.
Oh, mierda. Tengo más problemas de los que creía.
– ¿Y por qué es tan importante para ti verle? -le pregunto con suavidad.
– Para darle las gracias. Me estaría pudriendo en esa inmunda institución psiquiátrica que no era más que una prisión si no fuera por él. -Se queda mirando uno de sus dedos, que está pasando por el borde de la mesa-. Tuve un episodio psicótico grave, y sin el señor Grey y sin John… el doctor Flynn, quiero decir… -Se encoge de hombros y me mira de nuevo con una expresión llena de gratitud.
Estoy otra vez sin habla. ¿Qué espera que diga? Tendría que estar diciéndole estas cosas a Christian, no a mí.
– Y por el curso de arte. Nunca podré agradecerle suficiente eso.
¡Lo sabía! Christian está pagando sus clases. Mi rostro sigue sin revelar nada mientras analizo vacilante mis sentimientos por esa mujer que acaba de confirmar mis sospechas sobre la generosidad de Christian. Para mi sorpresa, no le guardo ningún rencor a ella. Es una revelación y me alegro de que esté mejor. Con suerte, así podrá seguir adelante con su vida y nosotros con la nuestra.
– ¿No estás perdiendo clases por venir aquí? -le pregunto con genuino interés.
– Solo voy a perder dos. Mañana vuelvo a casa.
Ah, bien.
– ¿Y cuáles son tus planes?
– Quiero recoger mis cosas de casa de Susi, volver a Hamden y seguir pintando y aprendiendo. El señor Grey ya ha adquirido un par de mis cuadros.
¡Maldita sea! El estómago se me vuelve a caer a los pies. ¿No estarán colgados en mi salón? Se me ponen los pelos de punta solo de pensarlo.
– ¿Qué tipo de pintura practicas?
– Sobre todo abstracta.
– Ya veo.
Reviso mentalmente los cuadros del salón, que ahora ya conozco bien. Dos de ellos pueden haber sido pintados por una de las ex sumisas de mi marido… Sí, es posible.
– ¿Puedo hablarle con franqueza? -me pregunta totalmente ajena a mis emociones encontradas.
– Por supuesto -le respondo mirando a Prescott, que parece haberse relajado un poco.
Leila se inclina un poco hacia delante como si fuera a revelarme un secreto que lleva guardando mucho tiempo.
– Amaba a Geoff, mi novio que murió hace unos meses. -Su voz va bajando hasta convertirse en un susurro triste.
Oh, madre mía. Esto se está poniendo personal.
– Lo siento mucho -le digo automáticamente, pero ella continúa como si no me hubiera oído.
– También amaba a mi marido… y solo he amado a otro -murmura.
– A mi marido. -Las palabras salen de mi boca antes de que pueda detenerlas.
– Sí -dice en un murmullo apenas audible.
Eso no es nuevo para mí. Cuando levanta la vista para mirarme, sus ojos marrones están llenos de emociones contradictorias, pero la que destaca sobre todas es la aprensión. ¿Por mi reacción tal vez? Pero mi abrumadora respuesta ante esta pobre mujer es la compasión. Repaso toda la literatura clásica que se me ocurre en busca de formas de tratar con el amor no correspondido. Trago saliva con dificultad y me agarro a la superioridad moral.
– Lo sé. Es fácil quererle -susurro.
Abre todavía más los ojos por la sorpresa y sonríe.
– Sí, lo es… Lo era -se corrige rápidamente y se sonroja.
Después suelta una risita tan dulce que no puedo evitarlo y río también. Sí, Christian Grey tiene ese efecto en nosotras. Mi subconsciente me pone los ojos en blanco porque la saco de quicio y vuelve a la lectura del desgastado ejemplar de Jane Eyre. Miro el reloj. En el fondo sé que Christian no tardará en llegar.
– Creo que vas a tener la oportunidad de ver a Christian.
– Eso creía. Sé lo protector que puede llegar a ser. -Me sonríe.
Así que tenía todo esto planeado. Qué astuta. O manipuladora, me susurra mi subconsciente.
– ¿Por eso has venido a verme?
– Sí.
– Ya veo.
Y Christian está haciendo justo lo que ella esperaba. A regañadientes admito que le conoce bien.
– Parecía muy feliz. Con usted -me dice.
¿Qué?
– ¿Cómo lo sabes?
– Lo vi cuando estuve en el ático -explica con cautela.
Oh, ¿cómo he podido olvidar eso?
– ¿Ibas allí con frecuencia?
– No. Pero él era muy diferente con usted.
¿Quiero oír esto? Un escalofrío me recorre la espalda. Se me eriza el vello al recordar el miedo que sentí cuando ella apareció en nuestro apartamento en forma de sombra que no llegué a ver del todo.
– Sabes que va contra la ley. Allanar una casa.
Ella asiente y mira fijamente la mesa, recorriendo el borde con una uña.
– Solo lo hice unas pocas veces y tuve suerte de que no me cogieran. También tengo que darle las gracias al señor Grey por eso. Podría haberme mandado a la cárcel.
– No creo que quisiera hacer eso -le respondo.
De repente se oye una repentina actividad fuera de la sala de reuniones y sé instintivamente que Christian está en el edificio. Un momento después entra como una tromba por la puerta y la cierra tras de sí. Antes de que se cierre del todo mi mirada se cruza con la de Taylor, que está fuera, esperando pacientemente; su boca es una fina línea y no me devuelve la sonrisa tensa que le dedico. Oh, maldita sea, él también está enfadado conmigo.
La mirada gris y furibunda de Christian me atraviesa primero a mí y después a Leila y nos deja a las dos petrificadas en las sillas. Tiene una expresión de determinación silenciosa, pero yo sé que no se siente así, y creo que Leila también lo sabe. El frío amenazador de sus ojos es el que revela la verdad: emana rabia, aunque sabe esconderla bien. Lleva un traje gris con una corbata oscura aflojada y el botón superior de la camisa desabrochado. Parece muy profesional y al mismo tiempo informal… y sexy. Tiene el pelo alborotado, seguro que porque se ha estado pasando las manos por él, exasperado.
Leila vuelve a bajar la vista nerviosamente al borde de la mesa mientras lo recorre con el dedo índice. Christian me mira a mí, después a ella y por fin a Prescott.