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Cincuenta Sombras Liberadas

Электронная книга - «Cincuenta Sombras Liberadas». Краткое содержание книги:

La tercera entrega de la exitosa trilogía Cincuenta sombras
Cuando la joven Anastasia conoce al poderoso y enigmático Grey, comienzan un excitante, sensual y atormentado romance. Erótica, entretenida y profundamente conmovedora, la serie Cincuenta sombras es una historia que te cautivará, te poseerá y se quedará contigo por siempre.
Para público adulto.
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Se queda petrificado. Sé que le cuesta oír estas cosas.

– No me ha hecho daño. Y ella también te quiere.

– Me importa una mierda.

Le miro con la boca abierta, asombrada. Y me sorprende que todavía tenga la capacidad de asombrarme. «Este es el Christian Grey que yo conozco.» Las palabras de Leila resuenan en mi cabeza. Su reacción ante ella ha sido tan fría… Es algo que no tiene nada que ver con el hombre que he llegado a conocer y que amo. Frunzo el ceño al recordar el remordimiento que sintió cuando ella tuvo la crisis, cuando creyó que él podía ser el responsable de su dolor. Trago saliva al recordar también que incluso la bañó. El estómago se me retuerce dolorosamente y me sube la bilis hasta la garganta. ¿Cómo puede decir ahora que le importa una mierda? Entonces sí le importaba. ¿Qué ha cambiado? Hay veces, como ahora mismo, en que no le entiendo. Él funciona a un nivel que está muy lejos del mío.

– ¿Y por qué de repente te has convertido en una defensora de su causa? -me pregunta, perplejo e irritado.

– Mira, Christian, no creo que Leila y yo nos pongamos a intercambiar recetas y patrones de costura. Pero tampoco creo que haga falta mostrar tan poco corazón con ella.

Sus ojos se congelan.

– Ya te lo dije una vez: yo no tengo corazón -susurra.

Pongo los ojos en blanco. Oh, ahora se está comportando como un adolescente.

– Eso no es cierto, Christian. No seas ridículo. Sí que te importa. No le estarías pagando las clases de arte y todo lo demás si te diera igual.

De repente hacer que se dé cuenta de eso se convierte en el objetivo de mi vida. Es obvio que le importa. ¿Por qué lo niega? Es lo mismo que con sus sentimientos por su madre biológica. Oh, mierda… claro. Sus sentimientos por Leila y por las otras sumisas están mezclados con los sentimientos por su madre. «Me gusta azotar a morenitas como tú porque todas os parecéis a la puta adicta al crack.» Que alguien llame al doctor Flynn, por favor. ¿Cómo puede no verlo él?

De repente el corazón se me llena de compasión por él. Mi niño perdido… ¿Por qué es tan difícil para él volver a ponerse en contacto con la humanidad, con la compasión que mostró por Leila cuando tuvo la crisis?

Se me queda mirando fijamente con los ojos brillando por la ira.

– Se acabó la discusión. Vámonos a casa.

Echo un vistazo al reloj. Solo son las cuatro y veintitrés. Tengo trabajo que hacer.

– Es pronto -le digo.

– A casa -insiste.

– Christian -le digo con voz cansada-, estoy harta de tener siempre la misma discusión contigo.

Frunce el ceño como si no comprendiera.

– Ya sabes -le recuerdo-: yo hago algo que no te gusta y tú piensas en una forma de castigarme por ello, que normalmente incluye un polvo pervertido que puede ser alucinante o cruel. -Me encojo de hombros, resignada. Esto es agotador y muy confuso.

– ¿Alucinante? -me pregunta.

¿Qué?

– Normalmente sí.

– ¿Qué ha sido alucinante? -me pregunta, y ahora sus ojos brillan con una curiosidad divertida y sensual. Veo que está intentando distraerme.

Oh, Dios mío… No quiero hablar de eso en la sala de reuniones de SIP. Mi subconsciente se examina con indiferencia las uñas perfectamente arregladas: Entonces no deberías haber sacado el tema…

– Ya lo sabes. -Me ruborizo, irritada con él y conmigo misma.

– Puedo adivinarlo -susurra.

Madre mía. Estoy intentando reprenderle y él me está confundiendo.

– Christian, yo…

– Me gusta complacerte. -Sigue la línea de mi labio inferior delicadamente con el pulgar.

– Y lo haces -reconozco en un susurro.

– Lo sé -me dice suavemente. Después se agacha y me susurra al oído-: Es lo único que sé con seguridad.

Oh, qué bien huele. Se aparta y me mira con una sonrisa arrogante que dice: «Por eso eres mía».

Frunzo los labios y me esfuerzo por que parezca que no me ha afectado su contacto. Se le da muy bien lo de distraerme de algo doloroso o que no quiere tratar. Y tú se lo permites, dice mi subconsciente mirando por encima del libro de Jane Eyre. Su comentario no me ayuda.

– ¿Qué fue alucinante, Anastasia? -vuelve a preguntar con un brillo malicioso en los ojos.

– ¿Quieres una lista? -pregunto a mi vez.

– ¿Hay una lista? -Está encantado.

Oh, qué agotador es este hombre.

– Bueno, las esposas -murmuro, y mi mente viaja hasta la luna de miel.

Él arruga la frente y me coge la mano, rozándome allí donde normalmente se toma el pulso en la muñeca con su pulgar.

– No quiero dejarte marcas.

Oh…

Curva los labios en una lenta sonrisa carnal.

– Vamos a casa. -Ahora su tono es seductor.

– Tengo trabajo que hacer.

– A casa -vuelve a insistir.

Nos miramos, el gris líquido se enfrenta al azul perplejo, poniéndonos a prueba, desafiando nuestros límites y nuestras voluntades. Le observo intentando comprenderle, intentando entender cómo ese hombre puede pasar de ser un obseso del control rabioso a un amante seductor en un abrir y cerrar de ojos. Sus ojos se agrandan y se oscurecen, dejando claras cuáles son sus intenciones. Me acaricia suavemente la mejilla.

– Podemos quedarnos aquí -dice en voz baja y ronca.

Oh, no. No. No. No. En la oficina no.

– Christian, no quiero tener sexo aquí. Tu amante acaba de estar en esta habitación.

– Ella nunca fue mi amante -gruñe, y su boca se convierte en una fina línea.

– Es una forma de hablar, Christian.

Frunce el ceño, confundido. El amante seductor ha desaparecido.

– No le des demasiadas vueltas a eso, Ana. Ella ya es historia -dice sin darle importancia.

Suspiro. Tal vez tenga razón. Solo quiero que admita ante sí mismo que ella le importa. De repente se me hiela el corazón. Oh, no… Por eso es tan importante para mí. ¿Y si yo hiciera algo imperdonable? Por ejemplo si no me conformo. ¿Yo también pasaría a ser historia? Si puede comportarse así ahora, después de lo preocupado que estuvo por Leila cuando ella enfermó, ¿podría en algún momento volverse contra mí? Doy un respingo al recordar fragmentos de un sueño: espejos dorados y el sonido de sus pisadas sobre el suelo de mármol mientras se aleja, dejándome sola rodeada de un esplendor opulento.

– No… -La palabra sale de mi boca en un susurro horrorizado antes de que pueda detenerla.

– Sí -dice él, y me sujeta la barbilla para después inclinarse y darme un beso tierno en los labios.

– Oh, Christian, a veces me das miedo. -Le cojo la cabeza con las manos, enredo los dedos en su pelo y acerco sus labios a los míos. Se queda tenso un momento mientras me abraza.

– ¿Por qué?

– Le has dado la espalda con una facilidad asombrosa…

Frunce el ceño.

– ¿Y crees que podría hacer lo mismo contigo, Ana? ¿Y por qué demonios piensas eso? ¿Qué te ha hecho llegar a esta conclusión?

– Nada. Bésame. Llévame a casa -le suplico.

Sus labios tocan los míos y estoy perdida.

– Oh, por favor -suplico cuando Christian me sopla con suavidad en el sexo.

– Todo a su tiempo -murmura.

Tiro de las esposas y gruño alto en protesta por este ataque carnal. Estoy atada con unas suaves esposas de cuero, cada codo sujeto a una rodilla, y la cabeza de Christian se mueve entre mis piernas y su lengua experta me excita sin tregua. Abro los ojos y miro el techo del dormitorio, que está bañado por la suave luz de última hora de la tarde, sin verlo realmente. Su lengua gira una y otra vez, haciendo espirales y rodeando el centro de mi universo. Quiero estirar las piernas. Lucho en vano por intentar controlar el placer. Pero no puedo. Cierro los dedos en su pelo y tiro con fuerza para que detenga esta tortura sublime.

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