Cincuenta Sombras Liberadas
- Автор: Джеймс Эрика Леонард
- Серия: Cincuenta Sombras #3
- Год: 2012
- Язык: испанский
- Жанр: Романы для взрослых
Электронная книга - «Cincuenta Sombras Liberadas». Краткое содержание книги:
Cuando la joven Anastasia conoce al poderoso y enigmático Grey, comienzan un excitante, sensual y atormentado romance. Erótica, entretenida y profundamente conmovedora, la serie Cincuenta sombras es una historia que te cautivará, te poseerá y se quedará contigo por siempre.
Para público adulto.
– Depende de la respuesta cerebral. Lo normal es que esté así entre setenta y dos y noventa y seis horas.
¡Oh, tanto…!
– ¿Puedo verle? -pregunto en un susurro.
– Sí, podrá verle dentro de una media hora. Le han llevado a la UCI de la sexta planta.
– Gracias, doctor.
El doctor Crowe asiente, se gira y se va.
– Bueno, al menos está vivo -le digo a Christian, y las lágrimas empiezan a rodar de nuevo por mis mejillas.
– Siéntate -me dice Christian.
– Papá, creo que deberíamos irnos. Necesitas descansar y no va a haber noticias hasta dentro de unas horas -le dice José al señor Rodríguez, que mira a su hijo con ojos vacíos-. Podemos volver esta noche, cuando hayas descansado. Si no te importa, Ana, claro -dice José volviéndose hacia mí con tono de súplica.
– Claro que no.
– ¿Os alojáis en Portland? -pregunta Christian.
José asiente.
– ¿Necesitáis que alguien os lleve a casa?
José frunce el ceño.
– Iba a pedir un taxi.
– Luke puede llevaros.
Sawyer se levanta y José parece confuso.
– Luke Sawyer -explico.
– Oh, claro. Sí, eso es muy amable por tu parte. Gracias, Christian.
Me pongo de pie y les doy un abrazo al señor Rodríguez y a José en rápida sucesión.
– Sé fuerte, Ana -me susurra José al oído-. Es un hombre sano y en buena forma. Las probabilidades están a su favor.
– Eso espero. -Le abrazo con fuerza, después le suelto y me quito su chaqueta para devolvérsela.
– Quédatela si tienes frío.
– No, ya estoy bien. Gracias. -Miro nerviosamente a Christian de reojo y veo que nos observa con cara impasible, pero me coge la mano.
– Si hay algún cambio, os lo diré inmediatamente -le digo a José mientras empuja la silla de su padre hacia la puerta que Sawyer mantiene abierta.
El señor Rodríguez levanta la mano para despedirse y los dos se paran en el umbral.
– Lo tendré presente en mis oraciones, Ana -dice el señor Rodríguez con voz temblorosa-. Me ha alegrado mucho recuperar la conexión con él después de todos estos años y ahora se ha convertido en un buen amigo.
– Lo sé.
Y tras decir eso se van. Christian y yo nos quedamos solos. Me acaricia la mejilla.
– Estás pálida. Ven aquí.
Se sienta en una silla y me atrae hacia su regazo, donde me rodea con los brazos. Yo le dejo hacer. Me acurruco contra su cuerpo sintiendo una opresión por la mala suerte de mi padre, pero agradecida de que mi marido esté aquí para consolarme. Me acaricia el pelo y me coge la mano.
– ¿Qué tal Charlie Tango? -le pregunto.
Sonríe.
– Oh, muy brioso -dice con cierto orgullo en su voz.
Eso me hace sonreír de verdad por primera vez en varias horas y le miro perpleja.
– ¿Brioso?
– Es de un diálogo de Historias de Filadelfia. Es la película favorita de Grace.
– No me suena.
– Creo que la tengo en casa en Blu-Ray. Un día podemos verla y meternos mano en el sofá. -Me da un beso en el pelo y yo sonrío de nuevo-. ¿Puedo convencerte de que comas algo? -me pregunta.
Mi sonrisa desaparece.
– Ahora no. Quiero ver a Ray primero.
Él deja caer los hombros, pero no me presiona.
– ¿Qué tal con los taiwaneses?
– Productivo -dice.
– ¿Productivo en qué sentido?
– Me han dejado comprar su astillero por un precio menor del que yo estaba dispuesto a pagar.
¿Acaba de comprar un astillero?
– ¿Y eso es bueno?
– Sí, es bueno.
– Pero creía que ya tenías un astillero aquí.
– Así es. Vamos a usar este para hacer el equipamiento exterior, pero construiremos los cascos en Extremo Oriente. Es más barato.
Oh.
– ¿Y los empleados del astillero de aquí?
– Los vamos a reubicar. Tenemos que limitar las duplicidades al mínimo. -Me da un beso en el pelo-. ¿Vamos a ver a Ray? -me pregunta con voz suave.
La UCI de la sexta planta es una sala sencilla, estéril y funcional, con voces en susurros y máquinas que pitan. Hay cuatro pacientes, cada uno encerrado en una zona de alta tecnología independiente. Ray está en un extremo.
Papá…
Se le ve tan pequeño en esa cama tan grande, rodeado de todas esas máquinas… Me quedo impresionada. Mi padre nunca ha estado tan consumido. Tiene un tubo en la boca y varias vías pasan por goteros hasta las agujas, una en cada brazo. Le han puesto una pinza en el dedo y me pregunto vagamente para qué servirá. Una de sus piernas descansa encima de las sábanas; lleva una escayola azul. Un monitor muestra el ritmo cardiaco: bip, bip, bip. El latido es fuerte y constante. Al menos eso lo sé. Me acerco lentamente a él. Tiene el pecho cubierto por un gran vendaje inmaculado que desaparece bajo la fina sábana que le cubre de la cintura para abajo.
Me doy cuenta de que el tubo que le sale de la boca va a un respirador. El sonido que emite se entremezcla con el pitido del monitor del corazón, creando una percusión rítmica. Extraer, bombear, extraer, bombear, extraer, bombear… siguiendo el compás de los pitidos. Las cuatro líneas de la pantalla del monitor del corazón se van moviendo de forma continua, lo que demuestra claramente que Ray sigue con nosotros.
Oh, papá…
Aunque tiene la boca torcida por el respirador, parece en paz ahí tumbado y casi dormido.
Una enfermera menuda está de pie en un lado de la sala, comprobando los monitores.
– ¿Puedo tocarle? -le pregunto acercando la mano.
– Sí. -Me sonríe amablemente. En su placa de identificación pone KELLIE RN y debe de tener unos veintipocos. Es rubia con los ojos muy, muy oscuros.
Christian se queda a los pies de la cama, observando mientras cojo la mano de Ray. Está sorprendentemente caliente y eso es demasiado para mí. Me dejo caer en la silla que hay junto a la cama, coloco la cabeza sobre el brazo de Ray y empiezo a llorar.
– Oh, papá. Recupérate, por favor -le susurro-. Por favor.
Christian me pone la mano en el hombro y me da un suave apretón.
– Las constantes vitales del señor Steele están bien -me dice en voz baja la enfermera Kellie.
– Gracias -le dice Christian. Levanto la vista justo en el momento en que ella se queda con la boca abierta. Acaba de ver bien por primera vez a mi marido. No me importa. Puede mirar a Christian con la boca abierta todo el tiempo que quiera si hace que mi padre vuelva a ponerse bien.
– ¿Puede oírme? -le pregunto.
– Está en un estado de sueño profundo, pero ¿quién sabe?
– ¿Puedo quedarme aquí sentada un rato?
– Claro. -Me sonríe con las mejillas sonrosadas por culpa de un rubor revelador. Incomprensiblemente me encuentro pensando que el rubio no es su color natural de pelo.
Christian me mira ignorándola.
– Tengo que hacer una llamada. Estaré fuera. Te dejo unos minutos a solas con tu padre.
Asiento. Me da un beso en el pelo y sale de la habitación. Yo sigo cogiendo la mano de Ray, sorprendida de la ironía de que ahora, cuando está inconsciente, es cuando más ganas tengo de decirle cuánto le quiero. Ese hombre ha sido la única constante en mi vida. Mi roca. Y no me había dado cuenta de ello hasta ahora. No es carne de mi carne, pero es mi padre y le quiero mucho. Las lágrimas vuelven a rodar por mis mejillas. Por favor, por favor, ponte bien.
En voz muy baja, como para no molestar a nadie, le cuento cómo fue nuestro fin de semana en Aspen y el fin de semana pasado volando y navegando a bordo del Grace. Le cuento cosas sobre la nueva casa, los planos, nuestra esperanza de poder hacerla ecológicamente sostenible. Prometo llevarle a Aspen para que pueda ir a pescar con Christian y le digo que el señor Rodríguez y José también serán bienvenidos allí. Por favor, sigue en este mundo para poder hacer eso, papá, por favor.
Ray permanece inmóvil; su única respuesta es el ruido del respirador bombeando y el monótono pero tranquilizador pi, pi, pi de la máquina que vigila su corazón.