Cincuenta Sombras Liberadas
- Автор: Джеймс Эрика Леонард
- Серия: Cincuenta Sombras #3
- Год: 2012
- Язык: испанский
- Жанр: Романы для взрослых
Электронная книга - «Cincuenta Sombras Liberadas». Краткое содержание книги:
Cuando la joven Anastasia conoce al poderoso y enigmático Grey, comienzan un excitante, sensual y atormentado romance. Erótica, entretenida y profundamente conmovedora, la serie Cincuenta sombras es una historia que te cautivará, te poseerá y se quedará contigo por siempre.
Para público adulto.
– Este es el señor Sawyer, miembro del equipo de seguridad -le presento.
Sawyer saluda con la cabeza a José y al señor Rodríguez y después se retira para tomar asiento en un rincón.
– Siéntate, Ana. -José me señala una de los sillones tapizados en vinilo.
– ¿Qué ha pasado? ¿Sabéis cómo está? ¿Qué le están haciendo?
José levanta las manos para detener mi avalancha de preguntas y se sienta a mi lado.
– No sabemos nada. Ray, papá y yo íbamos a pescar a Astoria. Nos arrolló un jodido imbécil borracho…
El señor Rodríguez intenta interrumpir para volver a disculparse.
– ¡Cálmate, papá! -le dice José-. Yo no tengo nada, solo un par de costillas magulladas y un golpe en la cabeza. Papá… bueno, se ha roto la muñeca y el tobillo. Pero el coche impactó contra el lado del acompañante, donde estaba Ray.
Oh, no. No… El pánico me inunda el sistema límbico. No, no, no… Me estremezco al pensar lo que estará pasando en el quirófano.
– Lo están operando. A nosotros nos llevaron al hospital comunitario de Astoria, pero a Ray lo trajeron en helicóptero hasta aquí. No sabemos lo que le están haciendo. Estamos esperando que nos digan algo.
Empiezo a temblar.
– Ana, ¿tienes frío?
Asiento. Llevo una camisa blanca sin mangas y una chaqueta negra de verano, y ninguna de las dos prendas abriga demasiado. Con mucho cuidado, José se quita la chaqueta de cuero y me envuelve los hombros con ella.
– ¿Quiere que le traiga un té, señora? -Sawyer aparece a mi lado. Asiento agradecida y él sale de la habitación.
– ¿Por qué ibais a pescar a Astoria? -les pregunto.
José se encoge de hombros.
– Se supone que allí hay buena pesca. Íbamos a pasar un fin de semana de tíos. Quería disfrutar un poco de tiempo con mi viejo padre antes de volver a la academia para cursar el último año. -Los ojos de José están muy abiertos y llenos de miedo y arrepentimiento.
– Tú también podrías haber salido herido. Y el señor Rodríguez… podría haber sido peor. -Trago saliva ante esa idea. Mi temperatura corporal baja todavía más y vuelvo a estremecerme. José me coge la mano.
– Dios, Ana, estás helada.
El señor Rodríguez se inclina hacia delante y con su mano sana me coge la otra.
– Ana, lo siento mucho.
– Señor Rodríguez, por favor… Ha sido un accidente -Mi voz se convierte en un susurro.
– Llámame José -me dice. Le miro con una sonrisa débil, porque es todo lo que puedo conseguir. Vuelvo a estremecerme.
– La policía se ha llevado a ese gilipollas a la cárcel. Las siete de la mañana y el tipo ya estaba totalmente borracho -dice José entre dientes con repugnancia.
Sawyer vuelve a entrar con una taza de papel con agua caliente y una bolsita de té. ¡Sabe cómo tomo el té! Me sorprendo y me alegra la distracción. El señor Rodríguez y José me sueltan las manos y yo cojo la taza agradecida de manos de Sawyer.
– ¿Alguno de ustedes quiere algo? -les pregunta Sawyer al señor Rodríguez y a José. Ambos niegan con la cabeza y Sawyer vuelve a sentarse en el rincón. Sumerjo la bolsita de té en el agua y después la saco, todavía temblorosa, para tirarla en una pequeña papelera.
– ¿Por qué tardan tanto? -digo para nadie en particular y doy un sorbo.
Papá… Por favor, que esté bien; por favor, que esté bien…
– Sabremos algo pronto, Ana -me dice José para tranquilizarme.
Asiento y doy otro sorbo. Vuelvo a sentarme a su lado. Esperamos… y esperamos. El señor Rodríguez tiene los ojos cerrados porque está rezando, creo, y José me coge de la mano y le da un apretón de vez en cuando. Voy bebiendo mi té poco a poco. No es Twinings, sino una marca barata y mala, y está asqueroso.
Recuerdo la última vez que me senté a esperar noticias. La última vez que pensé que todo estaba perdido, cuando Charlie Tango desapareció. Cierro los ojos y rezo una oración internamente para que mi marido tenga un viaje seguro. Miro el reloj: las 2.15 de la tarde. Debería llegar pronto. El té está frío, ¡puaj!
Me levanto y paseo un poco. Después me siento otra vez. ¿Por qué no han venido los médicos a verme? Le cojo la mano a José y él vuelve a apretármela tranquilizador. Por favor, que esté bien; por favor, que esté bien…
El tiempo pasa muy despacio.
De repente se abre la puerta y todos miramos expectantes. A mí se me hace un nudo en el estómago otra vez. ¿Ya está?
Christian entra en la sala. Su cara se oscurece momentáneamente cuando ve que José me está cogiendo la mano.
– ¡Christian! -exclamo y me levanto de un salto a la vez que le doy gracias a Dios por que haya llegado sano y salvo. Le rodeo con los brazos, entierro la nariz en su pelo e inhalo su olor, su calidez, su amor. Una pequeña parte de mí se siente más tranquila, más fuerte, más capaz de resistir porque él está aquí. Oh, su presencia me ayuda a recuperar la paz mental.
– ¿Alguna noticia?
Niego con la cabeza. No puedo hablar.
– José -le saluda con la cabeza.
– Christian, este es mi padre, José.
– Señor Rodríguez… Nos conocimos en la boda. Por lo que veo usted también estaba ahí cuando ocurrió el accidente.
José vuelve a resumir la historia.
– ¿Y se encuentran lo bastante bien para estar aquí? -pregunta Christian.
– No queremos estar en ninguna otra parte -dice el señor Rodríguez con la voz baja y llena de dolor. Christian asiente. Me coge la mano, me obliga a sentarme y se sienta a mi lado.
– ¿Has comido? -me pregunta.
Niego con la cabeza.
– ¿Tienes hambre?
Niego otra vez.
– Pero tienes frío -dice al verme con la chaqueta de José.
Asiento. Se revuelve en la silla pero no dice nada.
La puerta se abre de nuevo y un médico joven con un uniforme azul claro entra en la sala. Parece cansado.
Me pongo de pie. Toda la sangre ha abandonado mi cara.
– ¿Ray Steele? -susurro. Christian se pone de pie a mi lado y me rodea la cintura con el brazo.
– ¿Son parientes? -pregunta el médico. Sus ojos azules son casi del mismo color que su uniforme y en otras circunstancias incluso me parecería atractivo.
– Soy su hija, Ana.
– Señorita Steele…
– Señora Grey -le corrige Christian.
– Disculpe -balbucea el doctor, y durante un segundo tengo ganas de darle una patada a Christian-. Soy el doctor Crowe. Su padre está estable, pero en estado crítico.
¿Qué significa eso? Me fallan las rodillas y el brazo de Christian, que me está sujetando, es lo único que evita que me caiga redonda al suelo.
– Ha sufrido lesiones internas graves -me dice el doctor Crowe-, sobre todo en el diafragma, pero hemos podido repararlas y también hemos logrado salvarle el bazo. Por desgracia, sufrió una parada cardiaca durante la operación por la pérdida de sangre. Hemos conseguido que su corazón vuelva a funcionar, pero todavía hay que controlarlo. Sin embargo, lo que más nos preocupa es que ha sufrido graves contusiones en la cabeza, y la resonancia muestra que hay inflamación en el cerebro. Le hemos inducido un coma para que permanezca inmóvil y tranquilo mientras mantenemos en observación esa inflamación cerebral.
¿Daño cerebral? No…
– Es el procedimiento estándar en estos casos. Por ahora solo podemos esperar y ver la evolución.
– ¿Y cuál es el pronóstico? -pregunta Christian fríamente.
– Señor Grey, por ahora es difícil establecer un pronóstico. Es posible que se recupere completamente, pero eso ahora mismo solo está en manos de Dios.
– ¿Cuánto tiempo van a mantener el coma?