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Las naves del tiempo [The Time Ships - es]

Электронная книга - «Las naves del tiempo [The Time Ships - es]». Краткое содержание книги:

El Viajero del tiempo de H.G. Wells despierta en su casa de Richmond la mañana posterior al retorno de su primera partida al futuro. Apesadumbrado por haber dejado a Weena en manos de los Morlock, decide realizar un segundo viaje al año 802.701 para rescatar a su amiga Eloi. Pero al entrar en un futuro distinto y radicalmente cambiado, el Viajero se ve irremediablemente atado a las paradójicas complejidades del desplazamiento a través del tiempo. Acompañado por un Morlock, se encontrará consigo mismo, para ser detenido después por un grupo de viajeros temporales procedentes de un 1938 en el cual Inglaterra lleva 24 años en guerra con Alemania... Una novela sorprendente, repleta de aventuras y especulaciones que ha pretendido, con éxito, homenajear y reexaminar La máquina del tiempo de H.G. Wells.
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¿Qué especie es ésta, me pregunté, que daña de tal forma a sus propios hijos?

Cuando acabó el partido, nos fuimos del campo, riéndonos y agotados. Stubbins me agradeció que me uniese a ellos.

—De nada —le dije—. Eres un buen jugador, Stubbins. Quizá debías haber sido profesional.

—Bien, lo fui de hecho —dijo melancólico—. Fui alevín con el Newcastle United… pero eso fue al principio de la guerra. Pronto, se acabó el fútbol. Oh, ha habido algunas competiciones después, ligas regionales y la Copa de Guerra, pero en los últimos cinco o seis años, incluso eso se ha acabado.

—Bien, creo que es una pena —dije—. Tienes talento, Stubbins.

Se encogió de hombros, su decepción evidente se mezclaba con su modestia natural.

—No estaba escrito.

—Pero ahora has hecho algo mucho más importante —le consolé—. Has jugado el primer partido de fútbol sobre la Tierra y metiste tres goles. —Le palmeé la espalda—. ¡Ése es un buen récord!

Al pasar el tiempo se hizo evidente —quiero decir, a ese nivel del espíritu por debajo del intelecto donde reside el verdadero conocimiento— que realmente jamás volveríamos a casa. Lentamente —supongo que inevitablemente— los lazos y relaciones del siglo veinte se volvieron lejanos, y los colonos se unieron en parejas. Esas parejas no respetaban rango, clase o raza: los cipayos, los gurkha y los ingleses formaban nuevas relaciones. Sólo Hilary Bond, con ese aire residual de mando, permaneció al margen.

Le señalé a Hilary que podía emplear su rango para realizar bodas, de la misma forma que un capitán naval une a los pasajeros en matrimonio. Agradeció amablemente la sugerencia, pero detecté escepticismo en su voz, y no discutimos más la cuestión.

Una pequeña serie de viviendas se extendió hasta el valle fluvial desde el núcleo en la costa. Hilary lo contemplaba con ojo liberal; su única regla era que —por ahora— toda vivienda debía ser visible desde otra, y que ninguna podía estar a más de una milla del salón. Los colonos aceptaron las normas.

La sabiduría de Hilary en la cuestión de los matrimonios —y mi estupidez— se hizo pronto evidente, porque un día vi a Stubbins pasear por la playa del brazo de dos mujeres. Los saludé con alegría, ¡pero no fue hasta que pasaron cuando me di cuenta de que no sabía cuál de la dos era la «mujer» de Stubbins!

Me enfrenté a Hilary y ella claramente se divertía.

—Pero —protesté—, vi a Stubbins con Sarah en el baile del granero, pero cuando llamé a su puerta la semana pasada, había otra chica…

Se rió de mí y puso sus manos llenas de cicatrices sobre mis brazos.

—Mi querido amigo —dijo—, has navegado por los mares del Espacio y el Tiempo, has cambiado muchas veces la historia; eres un genio más allá de toda duda… y aun así, ¡qué poco conoces a la gente!

Sentí vergüenza.

—¿Qué quieres decir?

—Piénsalo. —Se pasó la mano por el cráneo pelado, donde había retazos de pelo gris—. Somos trece, sin contar a tu amigo Nebogipfel. Y, de los trece, ocho son mujeres y cinco hombres. —Me miró—. Y eso es todo lo que tenemos. No hay una isla más allá del horizonte de la que puedan venir más jóvenes a desposar nuestras doncellas…

»Si hacemos matrimonios estables, si adoptamos la monogamia como sugieres, entonces nuestra pequeña sociedad pronto se desmoronaría. Ya que, está claro, ocho y cinco no se emparejan. Por lo tanto, creo que una cierta libertad es apropiada. Por el bien de todos. ¿No crees? Y además, es bueno para la «diversidad genética» sobre la que tanto nos adoctrina Nebogipfel.

Estaba sorprendido; ¡no por (lo creía sinceramente) las dificultades morales, sino por lo que tenía de calculador!

Preocupado, quise irme, y me llegó una idea. Me volví.

Pero, Hilary, yo soy uno de los cinco hombres de los que hablas.

—Por supuesto. —Estaba claro que se reía de mí.

—Pero yo… quiero decir, yo no…

Sonrió.

—Entonces quizá sea hora de que lo hagas. Sólo consigues que sea peor, ya sabes.

Me fui confundido. ¡Evidentemente, entre 1891 y 1944 la sociedad había evolucionado en formas que nunca había soñado!

Las obras del gran salón seguían a buen ritmo, y unos pocos meses después del bombardeo la parte principal de la construcción quedó terminada. Hilary Bond anunció que una ceremonia de inauguración conmemoraría la finalización de la obra. Al principio Nebogipfel fue reacio —con el análisis excesivo de los Morlocks no veía sentido a ese ejercicio—, pero le persuadí de que sería políticamente conveniente, en lo referente a sus futuras relaciones con los colonos, que asistiese.

Me lavé y afeité, y me puse tan elegante como me fue posible vestido con un par harapiento de pantalones. Nebogipfel se peinó y arregló las melenas de pelo rubio. Dada la situación práctica, muchos colonos se paseaban básicamente desnudos, con poco más que trozos de piel o tela para cubrirse. Hoy, sin embargo, vestían los restos de los uniformes, lavados y reparados en lo posible, y aunque era un desfile que no hubiese sido aceptado en Aldershot, fuimos capaces de presentarnos en un alarde de elegancia y disciplina que yo encontré entrañable.

Subimos un tramo desigual de escaleras y entramos en el interior oscuro del nuevo salón.

El suelo —aunque desigual— estaba ordenado y limpio, y el sol de la mañana entraba por las ventanas sin vidrios. Me sentí impresionado: a pesar de lo rudimentario de la arquitectura y la construcción, el lugar tenía una sensación de solidez, de deseo de permanencia.

Hilary Bond se subió a un podio improvisado con el depósito de gasolina del coche, y dejó reposar las manos sobre los anchos hombros de Stubbins. Su cara destrozada, coronada por aquellos bizarros penachos de pelo, mostraba una dignidad simple.

Nuestra nueva colonia, declaró, quedaba ahora fundada, y lista para recibir un nombre: propuso llamarla Primer Londres. Luego nos pidió que nos uniésemos a ella en una oración. Bajé la cabeza como todos y uní las manos frente a mí. Me había criado en una casa estrictamente religiosa y las palabras de Hilary me provocaban nostalgia, llevándome de vuelta a un periodo más simple de mi vida, a tiempos de certidumbre y seguridad.

Finalmente, mientras Hilary seguía hablando, simplemente y con facilidad, dejé de analizarlo todo y me permití el unirme a la simple Celebración comunal.

17. NIÑOS Y DESCENDIENTES

Los primeros frutos de las nuevas uniones llegaron durante el primer año, bajo la supervisión de Nebogipfel.

Nebogipfel inspeccionó al primer nuevo colono cuidadosamente —oí que la madre no las tenía todas consigo sobre dejar que el Morlock tocase a su bebé y protestó; pero Hilary Bond estaba allí para calmar esos temores— y finalmente anunció que el bebé era una niña perfecta, y se la devolvió a sus padres.

Con rapidez —o eso me parecía— nacieron varios niños en el lugar. Era normal ver a Stubbins llevar a su hijo en hombros para que disfrutara; y sabía que no pasaría mucho tiempo antes de que hiciese que el niño le diese patadas a los bivalvos como si fuesen balones de fútbol.

Los niños eran una inmensa fuente de alegría para la colonia. Antes de los primeros nacimientos, varios de los colonos habían sufrido severos ataques de depresión, producidos por la nostalgia y la soledad. Ahora, sin embargo, había niños de los que ocuparse: niños que sólo conocerían Primer Londres como hogar, y cuya prosperidad futura proporcionaba una meta —la mayor meta de todas— a sus padres.

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