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Las naves del tiempo [The Time Ships - es]

Электронная книга - «Las naves del tiempo [The Time Ships - es]». Краткое содержание книги:

El Viajero del tiempo de H.G. Wells despierta en su casa de Richmond la mañana posterior al retorno de su primera partida al futuro. Apesadumbrado por haber dejado a Weena en manos de los Morlock, decide realizar un segundo viaje al año 802.701 para rescatar a su amiga Eloi. Pero al entrar en un futuro distinto y radicalmente cambiado, el Viajero se ve irremediablemente atado a las paradójicas complejidades del desplazamiento a través del tiempo. Acompañado por un Morlock, se encontrará consigo mismo, para ser detenido después por un grupo de viajeros temporales procedentes de un 1938 en el cual Inglaterra lleva 24 años en guerra con Alemania... Una novela sorprendente, repleta de aventuras y especulaciones que ha pretendido, con éxito, homenajear y reexaminar La máquina del tiempo de H.G. Wells.
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Y para mí, al mirar los miembros suaves e ilesos de los niños, mecidos entre las carnes llenas de cicatrices de padres que todavía eran jóvenes, era como ver que la sombra de aquella guerra terrible se levantaba al fin, una sombra desterrada por la luz abundante del Paleoceno.

Sin embargo, Nebogipfel inspeccionaba a cada recién llegado.

Finalmente, llegó un día en que no devolvió un niño a su madre. Ese nacimiento se convirtió en una oportunidad para la tristeza privada, en la que el resto no nos entrometimos; y después Nebogipfel desapareció en el bosque, para dedicarse a sus actividades secretas, durante largos días.

Nebogipfel pasaba mucho tiempo dirigiendo lo que él llamaba «grupos de estudio». Estaban abiertos a cualquiera de los colonos, aunque de hecho sólo aparecían tres o cuatro, dependiendo del interés o de otros compromisos. Nebogipfel hablaba de aspectos prácticos de vida en las condiciones del Paleoceno, como la fabricación de velas y telas a partir de ingredientes locales; incluso inventó un jabón, una pasta basta y arenosa fabricada con sosa y grasa animal. Pero también se extendía en temas de importancia más amplia: medicina, física, matemática, química, biología, y los principios del viaje en el tiempo…

Asistí a varias de esas sesiones. A pesar de la naturaleza ultraterrena de su voz y maneras, la exposición del Morlock siempre era admirablemente clara, y tenía la habilidad de saber hacer preguntas para probar la comprensión de la audiencia. Escuchándole, ¡comprendí que podía haber enseñado bastantes cosas a los profesores de las universidades británicas!

Y en lo que se refiere al contenido, se cuidaba de limitarse al lenguaje de su audiencia —al vocabulario, si no a la jerga, de 1944—, pero resumía para ellos los desarrollos principales posteriores a esa fecha. Preparaba demostraciones siempre que podía, con trozos de metal y madera, o trazaba diagramas en la arena con palos; hizo que sus «estudiantes» cubriesen todo trozo de papel que se pudo recuperar con sus conocimientos codificados.

Una noche obscura sin luna, lo discutí con él. Se había quitado la máscara, y sus ojos rojo grisáceo parecían luminosos; trabajaba con un mortero y una mano de almirez primitivos, con los que deshacía hojas de palma en un .líquido.

—Papel —dijo—. O al menos un experimento en esa dirección… ¡Debemos conseguir papel! La memoria verbal humana no es lo bastante fiel. Cuando me marche, lo perderán todo a los pocos años…

Pensé —resultó que erróneamente— que se refería al miedo, o a la expectativa, en cualquier caso, de la muerte. Me senté a su lado y cogí el mortero y la maja.

—¿Pero tiene esto sentido? Por el momento, al menos sobrevivimos. ¡Y les hablas de Mecánica Cuántica y de la teoría unificada de la tísica! ¿Qué necesidad tienen de eso?

—Ninguna —dijo—. Pero sí sus hijos… si quieren sobrevivir. Mira: según teorías aceptadas, se necesita una población de varios cientos, en cualquiera de las especies de grandes mamíferos, para tener la suficiente diversidad genética que garantice la supervivencia a largo plazo.

Diversidad genética… Hilary lo mencionó.

—Está claro que el material humano aquí es demasiado pequeño para la viabilidad de la colonia, incluso si todo el material genético disponible entra en juego.

—¿Por lo tanto?

—Por tanto, la única posibilidad de supervivencia para estas gentes más allá de dos o tres generaciones es que obtengan rápidamente avanzados conocimientos tecnológicos. De esa forma, pueden convertirse en dueños de su destino genético: no tienen por qué tolerar las consecuencias de la endogamia, o los daños genéticos a largo plazo provocados por la radiactividad del carolinio. Ves por tanto que necesitan de la Mecánica Cuántica y de todo lo demás.

Empujé la mano de almirez.

—Sí. Pero hay una pregunta implícita… ¿debe la humanidad sobrevivir aquí, en el Paleoceno? Quiero decir, no deberíamos estar aquí… no durante los próximos cincuenta millones de años.

Me estudió.

—¿Pero cuál es la alternativa? ¿Quieres que mueran?

Recordé mi decisión de erradicar la Máquina del Tiempo antes de que fuese construida… detener la interminable fragmentación de la historia. Ahora, gracias a mis meteduras de pata, había provocado indirectamente el establecimiento de una colonia humana en el remoto pasado, ¡un asentamiento que podría provocar con seguridad la fractura más significativa de la historia! De pronto sentí que caía, era un poco como el vértigo que se siente en el viaje en el tiempo. Y sentí que la divergencia de la historia estaba más allá de mi control.

Y entonces recordé la expresión del rostro de Stubbins al contemplar a su primer hijo.

Soy un hombre, ¡no un dios! Debía dejar que me guiasen los instintos humanos, porque con seguridad era incapaz de manejar la evolución de la historia en una dirección determinada. Cada uno de nosotros, pensé, poco podía hacer para cambiar el curso de las cosas —de hecho, cualquier cosa que intentásemos probablemente sería tan incontrolable que provocaría más daño que bien— y aun así, de la misma forma, no debíamos permitir que el inmenso panorama que nos rodeaba, la inmensidad de la multiplicidad de la historia, nos superase. La perspectiva de la multiplicidad nos hacía a cada uno, y a nuestros años, diminutos, pero no nos quitaba el sentido; y cada uno de nosotros debíamos recorrer nuestras vidas con fortaleza y estoicismo, como si lo demás —el final de la humanidad, la multiplicidad sin fin— no existiese.

Fuera cual fuese su impacto cincuenta millones de años en el futuro, pensé que había una nota de salud y corrección en la colonia del Paleoceno. Por tanto, mi respuesta a la pregunta de Nebogipfel era inevitable.

—No. No, por supuesto que debemos hacer todo lo posible por ayudar a que los colonos y sus descendientes sobrevivan.

—Por tanto…

—¿Sí?

—Por tanto debo encontrar la forma de fabricar papel.

Seguí dándole al mortero y a la mano de almirez.

18. LA FIESTA Y DESPUÉS

Un día, Hilary Bond anunció que faltaba una semana para el aniversario del bombardeo y que se prepararía una fiesta para celebrar la fundación de la villa.

Los colonos se entusiasmaron con ese plan, y pronto los preparativos estuvieron muy avanzadas. Se decoró el salón con lianas e inmensas guirnaldas recogidas en el bosque, y se hicieron preparativos para matar y cocinar uno de los preciados Diatryma de la colonia.

Yo, por mi parte, busqué embudos y trozos de tubos y, en la intimidad del cobertizo, comencé algunos experimentos propios. Los colonos sentían curiosidad, y me vi obligado a dormir en el cobertizo para mantener el secreto de mi aparato improvisado. Había decidido que ya era hora de hacer un buen uso de mis conocimientos científicos, ¡aunque fuese por una vez!

El día de la fiesta llegó. Nos reunimos en el salón bajo la luz brillante de la mañana, y todos parecían emocionados por la ocasión. Una vez más se limpiaron y vistieron los restos de los uniformes, y los pequeños se vistieron con los nuevos tejidos que Nebogipfel había inventado con un tipo de algodón local, teñidos de rojo brillante y púrpura con tintes vegetales. Recorría el grupo de gente buscando a mis amigos más íntimos y de pronto hubo un ruido de ramas rotas, y un bramido profundo y chirriante.

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