El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)». Краткое содержание книги:
– ¿Qué? ¿Antes de que haya podido arreglar nuestro hogar, Luke? ¿Incluso antes de que tengamos un hogar?
– Ahora sería una tontería alquilar una casa, Meg. Voy a cortar caña; todo está arreglado. El mejor equipo de cortadores de caña de Queensland lo forma un grupo de suecos, polacos e irlandeses, al mando de un tipo llamado Arne Swenson, y, mientras tú dormías después del viaje, fui a visitarle. Está dispuesto a darme una oportunidad. Esto quiere decir que tendré que vivir en los barracones con ellos. Cortaremos caña seis días a la semana, desde la salida hasta la puesta del sol. No sólo esto, sino que recorreremos la costa, iremos donde haya trabajo. Lo que yo gane dependerá de la caña que corte, y, si lo hago bien, podré embolsarme más de veinte libras a la semana. ¡Veinte libras semanales! ¿Te lo imaginas?
– ¿Tratas de decirme que no viviremos juntos, Luke?
– ¡No podemos, Meg! Esos hombres no quieren mujeres en los barracones, y, ¿de qué te serviría vivir sola en una casa? Es mejor que trabajes también; así tendremos más dinero para nuestra finca.
– Pero, ¿dónde viviré? ¿Qué clase de trabajo puedo hacer? Aquí no hay ganado al que pueda cuidar.
– No, y es una lástima. Por eso te he buscado un trabajo doméstico, Meg. Tendrás alojamiento y comida de balde, y así no tendré yo que mantenerte. Trabajarás como doncella en Himmelhoch, en la casa de Ludwig Mueller. Es el mayor plantador de caña de azúcar del distrito, y su mujer es una inválida que no puede llevar la casa por sí sola. Te llevaré allí mañana por la mañana.
– Pero, ¿cuándo nos veremos, Luke?
– Los domingos. Luddie sabe que eres una mujer casada; no le importa que salgas los domingos.
– ¡Bien! Has arreglado las cosas a tu satisfacción, ¿eh?
– Supongo que sí. ¡Oh, Meg, seremos ricos! Trabajaremos de firme y ahorraremos hasta el último penique, y, dentro de poco, podremos comprar la mejor hacienda de Queensland occidental. Tenemos catorce mil libras en el Banco de Gilly, una renta de dos mil al año y las mil trescientas o más que podemos ganar entre los dos. No tardaremos mucho, amor mío, te lo prometo. ¿Por qué contentarnos con una casa alquilada, si, trabajando duro, pronto podrás trabajar en una cocina propia?
– Sea como quieres. -Ella miró su bolso-. ¿Cogiste mis cien libras, Luke?
– Las he ingresado en el Banco. No puedes llevar tanto dinero encima, Meg.
– ¡Pero te lo has llevado todo! ¡No tengo un penique! ¿Cómo haré para mis gastos?
– ¿Y por qué diablos, has de gastar dinero? Mañana estarás en Himmellhoch, y allí no tendrás que gastar nada. Yo pagaré la cuenta del hotel. Debes darte cuenta de que te has casado con un trabajador, Meg, de que ya no eres la hija mimada de un patrón, con dinero para derrochar. Mueller ingresará directamente tu salario en mi cuenta del Banco, y yo haré lo mismo con el mío. Sabes muy bien que yo no gasto nada para mí, Meg. Ninguno de los dos tocará este dinero; es para nuestro futuro, para nuestra finca.
– Sí, lo comprendo. Eres muy previsor, Luke. Pero, ¿qué pasará si tengo un hijo?
Por un |momento, él estuvo a punto de decirle la verdad, de decirle que no habría ningún hijo mientras la finca no fuese una realidad, pero algo que vio en la cara de ella le decidió a no hacerlo.
– Bueno, ya nos arreglaremos cuando llegue el caso, ¿eh? Yo preferiría no tenerlo hasta que hayamos comprado la finca; por consiguiente, esperemos que así sea.
Ni hogar, ni dinero, ni hijos. En realidad, ni marido. Meggie se echó a reír. Luke le hizo coro y levantó la taza de té para brindar.
– ¡Por nosotros! -dijo.
Por la mañana, fueron a Himmelhoch en el autobús local, un viejo «Ford» sin cristales en las ventanillas y con capacidad para doce personas. Meggie se sentía mejor, pues Luke la había dejado en paz y, aunque ella deseaba ardientemente tener hijos, le faltaba valor para buscarlos. El primer domingo que no sienta dolor, lo intentaré de nuevo, se dijo. Aunque tal vez el pequeño estaba ya en camino, y no tendría que preocuparse más, salvo que deseara otros. Bri-llándole un poco más los ojos, miró a su alrededor con interés, mientras el autobús renqueaba a lo largo del camino de tierra roja.
Era un paisaje sobrecogedor, muy diferente del de Gilly; tenía que admitir que había aquí una grandiosidad y una belleza de las que Gilly carecía. Resultaba evidente que nunca escaseaba el agua. El suelo tenía color de sangre recién derramada, escarlata brillante, y los frondosos campos de caña ofrecían un contraste perfecto con el suelo: largas hojas de un verde brillante oscilaban a cinco o siete metros por encima de unos tallos de color vino tinto, tan gruesos como el brazo de Luke. En ningún lugar del mundo, soñaba Luke, crecían cañas tan altas y tan ricas en azúcar; su cosecha era la más abundante que se conocía. El suelo rojo y brillante tenía más de treinta metros de profundidad y poseía los elementos nutritivos adecuados, de modo que la caña tenía que ser perfecta, y más teniendo en cuenta la lluvia que caía. Y en ningún otro lugar del mundo era cortada por hombres blancos, al ritmo de un hombre blanco ansioso de dinero.
– Estarías muy bien en una tribuna -dijo irónicamente Meggie.
Él la miró de reojo, receloso, pero no hizo ningún comentario porque el autobús acababa de pararse al lado de!a carretera para dejarles bajar.
Himmelhoch era una casa grande y blanca, en la cima de una colina, rodeada de cocoteros, plátanos y unas hermosas palmeras más bajas cuyas hojas formaban grandes abanicos como colas de pavo real. Un bosquecillo de bambúes de doce metros de altura resguardaba la casa de los embates de los vientos monzónicos del Noroeste; la vivienda, además de su elevada situación, estaba montada sobre pilares de cinco metros de altura.
Luke llevaba la maleta de Meggie, y ésta caminaba fatigosamente a su lado, todavía con los zapatos nuevos y las medias, y el sombrero inclinado sobre la cara. El magnate de la caña de azúcar no estaba en casa, pero su esposa, apoyándose en dos bastones, salió a la galería al subir ellos la escalera. Sonreía; Meggie se sintió inmediatamente mejor, al observar su rostro amable.
– ¡Adelante, adelante! -invitó, con fuerte acento australiano.
Como había esperado oír una voz alemana, Meggie se alegró muchísimo. Luke dejó la maleta de su mujer, estrechó la diestra de la dama al separarla ésta del bastón, y echó a correr escalera abajo, para alcanzar el autobús de regreso. Arne Swenson tenía que recogerle a las diez delante del bar.
– ¿Cuál es su nombre de pila, señora O'Neill?
– Meggie.
– ¡Oh! Me gusta. Yo me llamo Anne, y le pido que me llame así. Me he encontrado muv sola desde que se marchó la chica que tenía hace un mes; pero no es fácil encontrar buenas asistentas, y por eso me he arreglado como he podido. Sólo tendrá que cuidar de Luddie y de mí, pues no tenemos hijos. Espero que se encuentre bien con nosotros, Meggie.
– Estoy segura de que sí, señora Mueller…, Anne.
– Voy a enseñarle su habitación. ¿Podrá llevar la maleta? Por desgracia, yo no sirvo para transportar cosas.
La habitación se hallaba amueblada austeramente, como el resto de la casa, pero daba al único lado de ésta que permitía libremente que le llegara el aire, aparte de que compartía la galería del cuarto de estar, que pareció muy desnudo a Meggie, con sus muebles de caña y la falta absoluta de tapicería.
– Aquí hace demasiado calor para el terciopelo y la tela de algodón -explicó Anne-. Preferimos el mimbre, y llevar la menor cantidad de ropa que permite la decencia. Tendré que instruirla, o se morirá aquí. Va demasiado abrigada.
Ella llevaba una blusa escotada y sin mangas, y pantalones cortos, de los que emergían, vacilantes, sus pobres piernas torcidas. En un abrir y cerrar de ojos, Meggie se encontró vestida de manera parecida, con ropa prestada por Anne, hasta que pudiera convencer a Luke de que le comprase prendas nuevas. Era humillante tener que explicar que no tenü» dinero alguno, pero esta humillación atenuaba un poco su turbación por ir tan mal vestida.