El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)». Краткое содержание книги:
El campo estaba lleno de sabandijas: ratas, gusanos, cucarachas, sapos, arañas, serpientes, avispas, moscas y abejas. Todos los bichos capaces de morder con furia o de picar insoportablemente estaban representados allí. Por eso los cortadores quemaban primero la caña, prefiriendo la suciedad del vegetal chamuscado a los estragos de la caña verde y viva. A pesar de lo cual, sufrían mordeduras, picaduras y cortes. Si no hubiese sido por las botas, los pies de Luke habrían quedado más malparados que sus manos, pero ningún cortador se ponía guantes jamás. Éstos retrasaban el ritmo, y el tiempo era oro en este trabajo. Además, los guantes resultaban afeminados.
Al ponerse el sol, Arríe dio la voz de alto v fue a ver qué tal le había id(/a Luke.
– ¡Vamos, hombre, /no está mal! -gritó, dándole una palmada en la espalda-. Cinco toneladas no están mal, para ser el primer día.
Los barracones no estaban lejos, pero la noche tropical caía tan rápidamente que estaba completamente oscuro cuando llegaron. Antes de entrar, se reunieron desnudos en la ducha común, y después, con una toalla ceñida a la cintura, entraron en los pabellones, donde los cortadores que hacían de cocineros aquella semana habían colocado ya sobre la mesa montañas de lo que era su especialidad. Hoy había bistecs con patatas, pan y bollos con confitura; los hombres se lanzaban sobre todo ello y despacharon, hambrientos, hasta la última partícula.
Las dos hileras de catres de hierro se hallaban frente a frente, a ambos lados de una larga habitación de planchas de hierro onduladas; suspirando v maldiciendo la caña con una originalidad que habría envidiado el carretero más pintado, los hombres se echaron desnudos sobre las sábanas de hilo crudo, bajaron los mosquiteros y se durmieron a los pocos momentos, sombras vagas en tiendas de gasa.
Ame detuvo a Luke.
– Déjame ver tus manos. -Observó los sangrantes, las ampollas las picaduras-. Véndatelas y ponte este ungüento. Y, si quieres seguir mi consejo, frótalas todas las noches con aceite de coco. Tienes las manos grandes; por consiguiente, si tu espalda resiste, serás un buen cortador de caña. Dentro de una semana, te habrás acostumbrado y estarán menos doloridas.
Cada músculo del robusto cuerpo de Luke sufría dolores por su cuenta; él sólo advertía un vasto y lacerante dolor. Después de vendarse y untarse las manos con el ungüento, se tumbó en la cama que le habían destinado, bajó el mosquitero y cerró los ojos a un mundo de pequeños agujeros sofocantes. Si hubiese pensado lo que le esperaba, no habría gastado sus energías con Meggie, ésta se había convertido en una idea mustia, importuna, desagradable, latente en lo más recóndito de su mente. Sabía que no guardaría nada para ella mientras cortase caña.
Necesitó la semana prevista para endurecerse y alcanzar el mínimo de ocho toneladas al día que exigía Ame a los miembros de su equipo. Entonces, se empeñó en llegar a ser mejor que Ame. Quería conseguir la paga más elevada, tal vez un derecho como socio. Pero, sobre todo, deseaba que todos le mirasen como miraban ahora a Ame; éste era como un dios, pues era el mejor cortador de caña de Queensland, lo cual quería decir que era, probablemente, el mejor del mundo. Cuando iban a un pueblo el sábado por la noche, los hombres de la localidad no cesaban de invitar a Ame a cerveza y a ron, y las mujeres revoloteaban a su alrededor como colibríes. Ame y Luke se parecían en muchas cosas. Ambos eran vanidosos y les gustaba provocar la admiración femenina, pero no pasaban de aquí. No tenían nada que dar a las mujeres; lo entregaban todo a la caña.
Paia Luke, aquel trabajo tenía la belleza y la crueldad que parecía haber estado esperando toda su vida. Doblarse y erguirse y volverse a doblar, siguiendo aquel ritmo ritual, era como participar en algún misterio fuera del alcance de los hombres corrientes. Pues, como le dijo el vigilante Ame, hacer bien esta tarea era ser miembro distinguido del mejor grupo de trabajadores del mundo, pues uno podía sentirse orgulloso en cualquier parte, sabiendo que casi ninguno de los hombres con quienes se encontraba duraría más de un día en un campo de caña de,azúcar. El rey de Inglaterra no era mejor que él, y el rey de Inglaterra le admiraría si le conociese. Podía mirar con desdén y compasión a los médicos, abogados, escribientes, patronos. Cortar caña de azúcar como lo hacían los blancos ansiosos de dinero: no había hazaña mayor que ésta.
Luke se sentaba en el borde del catre, viendo hincharse los nervudos y nudosos músculos del brazo, mirando las callosas palmas de las manos, llenas de cicatrices, y el color tostado de sus largas y bien formadas piernas. Y sonreía. Quien podía hacer esto y sobrevivir, y además hacerlo a gusto, era todo un hombre. Se peguntaba si el rey de Inglaterra podría decir otro tanto.
Pasaron cuatro semanas antes de que Meggie volviese a ver a Luke. Cada domingo, se empolvaba la sudorosa nariz, se ponía un lindo vestido de seda
– aunque había renunciado al purgatorio de la combinación y de las medias- y esperaba a su marido. Pero éste no venía. Anne y Luddie Mueller no decían nada; sólo observaban cómo se desvanecía su animación al caer dramáticamente la noche del domingo, como un telón sobre un escenario brillantemente iluminado, pero vacío. Y no era exactamente que sintiese necesidad de él; sino tan sólo que él era suyo, o ella era de él, o como mejor pudiese describirse esto. Imaginar que él no se acordaba de ella, mientras ella pasaba días y semanas esperándole, teniéndole en su pensamiento/la llenaba de rabia, de frustración, de amargura,/de humillación, de pena. Por mucho que hubiese aborrecido aquellas dos noches en el hotel de Dunny, al menos entonces había estado con él, y ahora lamentaba no haberse cortado la lengua de un mordisco antes que expresar a gritos su dolor. Desde luego, era esto. El sufrimiento manifestado había hecho que Luke se cansara de ella, viendo arruinado su placer. El enojo que sentía contra él, por su indiferencia al dolor sufrido por ella se trocó en remordimiento, y éste hizo que se echara la culpa de todo.
El cuarto domingo, no se tomó el trabajo de arreglarse, y anduvo descalza y en shorts y blusa por la cocina, preparando un desayuno caliente para Luddie y Anne, que se permitían este lujo una vez a la semana. Al oír pisadas en la escalera de atrás, se volvió, mientras el tocino chirriaba en la sartén; de momento, se quedó mirando a aquel tipo alto y de espesos cabellos plantado en el umbral. ¿Luke? ¿Era Luke? Parecía de piedra, inhumano. Pero la efigie cruzó la cocina, le dio un sonoro beso y se sentó a la mesa. Ella echo huevos y más tocino en la sartén.
Anne Mueller entró y sonrió cortésmente, aunque echaba chispas por dentro. ¿Cómo podía aquel miserable tener tanto tiempo olvidada a su mujer?
– Celebro que se haya acordado de que tiene esposa -dijo-. Vengan a la galería y desayunarán con Luddie y conmigo. Luke, ayude a Meggie a servir los huevos y el tocino. Yo llevaré las tostadas.
Ludwig Mueller había nacido en Australia, pero conservaba claramente su herenoia alemana: la tez colorada, acentuada por la cerveza y el sol; la cabeza cuadrada y gris; los pálidos ojos azules bálticos. Él y su esposa querían mucho a Meggie y se consideraban afortunados de contar con sus servicios. Luddie le estaba especialmente agradecido, porque veía que Anne estaba mucho más contenta desde que aquella cabeza de oro resplandecía en la casa.
– ¿Cómo va el corte de la caña, Luke? -preguntó, sirviéndose huevos y tocino.
– ¿Me creerá si le digo que me gusta el trabajo? -rió Luke, sirviéndose a su vez.
Luddie le miró fijamente, con sus ojos astutos y asintió con la cabeza.