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Электронная книга - «La Casa De Riverton». Краткое содержание книги:

Un suicidio inesperado marcará para siempre a los habitantes de Riverton Manor
En el verano de 1924 todo es felicidad en la mansión de Riverton Manor… hasta la noche de la fiesta. Toda la alta sociedad se está divirtiendo entre el glamour y la elegancia del paraje. Pero en medio de la noche se escucha un disparo. El joven poeta Robbie Hunter se ha quitado la vida a orillas del lago de la mansión. Las hermanas Hartford, Hannah y Emmeline, serán las únicas testigos y se convertirán además en las protagonistas de toda la prensa del momento.
Unas cuantas décadas después, en 1999, Grace Bradley, la que fuera en su día doncella en Riverton Manor, recibe la visita de una joven directora de cine que está preparando una película sobre el suicidio del poeta. Tras años de silencio y olvido, los fantasmas del pasado empiezan a aflorar; y un terrible secreto intenta abrirse paso, un secreto que Grace no ha podido borrar jamás de su memoria. Los recuerdos siguen vivos en esta novela llena de amor, celos, odios y rivalidades, recuerdos que se gestaron en un verano de los decadentes años veinte.
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Hannah rió.

– Todo lo eligió Deborah. Es horrible, ¿verdad?

Emmeline alzó las cejas y asintió lentamente.

Hannah se sentó junto a ella.

– ¡Qué alegría que estés aquí! Podemos hacer lo que te apetezca durante esta semana. Podemos tomar té con tortas de nuez en Gunther, ver algún espectáculo.

Emmeline se encogió de hombros, pero, según pude advertir, sus dedos habían vuelto a la tarea de alisar la falda.

– Podemos ir al museo, o echar un vistazo a Selfridge's -propuso. Luego titubeó. Emmeline asentía sin entusiasmo. Hannah rió insegura-. Acabas de llegar y ya estoy planificando toda la semana, no te he permitido decir una palabra, ni siquiera te he preguntado cómo estás.

Emmeline miró a su hermana.

– Me gusta tu vestido -dijo al fin. Luego cerró la boca, como si hubiera quebrantado un voto de silencio.

Esta vez fue Hannah quien se encogió de hombros.

– Oh, tengo un guardarropa lleno de ellos. Teddy me los envía cuando viaja. Cree que con un vestido nuevo me compensa por no haberme llevado con él. ¿Por qué una mujer desearía viajar al extranjero si no es para comprar vestidos? De modo que tengo un armario lleno y ningún lugar donde… -Hannah comprendió, se contuvo y sonrió-. Son demasiados vestidos para mí, no tendré ocasión de usarlos -afirmó y miró despreocupadamente a Emmeline-. ¿Te gustaría verlos? Tal vez haya alguno que te guste. Me harías un favor, ya no tengo sitio.

Emmeline la miró inmediatamente, incapaz de ocultar su interés.

– Supongo que podría, si con eso te soluciono algo.

Hannah logró que Emmeline añadiera diez vestidos parisinos a su equipaje y me encargó que mejorara los arreglos de los que había traído con ella. Me invadió la nostalgia por Riverton cuando deshice las descuidadas costuras de Myra, con la esperanza de que no se tomara mis puntadas como una ofensa personal.

A partir de entonces, las cosas entre las hermanas mejoraron: la depresión y la indiferencia de Emmeline se diluyeron, y hacia el final de la semana su relación era muy similar a la que siempre habían tenido. Volvieron a dejarse llevar por una espontánea amistad; las dos se sintieron aliviadas por haber recuperado el statu quo. También yo: últimamente Hannah estaba demasiado lánguida. Deseé que su estado de ánimo perdurara después de la visita.

El último día, Emmeline y Hannah estaban sentadas en ambos extremos del sofá de la sala de estar esperando a que llegara el coche desde Riverton. Deborah -a punto de salir para una reunión en su club de bridge- estaba sentada frente al escritorio, de espaldas a ellas, improvisando una nota de condolencia para un amigo de luto.

Emmeline, lujuriosamente recostada, suspiró con nostalgia.

– Podría tomar el té en Gunther todos los días y jamás me cansaría de sus tortas de nuez.

– Lo harías en cuanto perdieras tu fina y elegante cintura -declaró Deborah, rasgando el papel con la punta de su pluma.

Emmeline parpadeó para llamar la atención de Hannah, que contuvo la risa.

– ¿Estás segura de que no quieres que me quede? -preguntó Emmeline-. Por mí no hay inconveniente.

– Dudo que papá esté de acuerdo.

– Bah -descartó Emmeline-. No le importará en lo más mínimo -aseguró e inclinó la cabeza-. Me las apañaría perfectamente con que me cedieras el armario de los abrigos, lo sabes. Ni siquiera te darías cuenta de que estoy aquí.

Hannah pareció considerar seriamente la posibilidad.

– Estarás muy aburrida sin mí, lo sabes -añadió Emmeline.

– Lo sé -afirmó Hannah-. ¿Encontraré alguna vez cosas que signifiquen para mí un estímulo permanente?

Emmeline rió y le arrojó un cojín a su hermana. Hannah lo atajó y durante unos instantes se dedicó a colocar sus borlas.

– Emme… no hemos hablado de papá… ¿cómo está? -preguntó sin apartar la vista del cojín.

Hannah no dejaba de lamentar la tensa relación con su padre. En más de una ocasión yo había encontrado en su escritorio las primeras líneas de una carta, que nunca sería enviada.

– Papá sigue igual -repuso Emmeline encogiéndose de hombros-. El mismo de siempre.

– Ah… -suspiró Hannah apenada-, está bien. No había tenido noticias de él.

– No -Emmeline bostezó-, ya lo conoces. Sabes cuál es su actitud una vez que toma una decisión.

– Sí -asintió Hannah-. Sin embargo, supuse…

Su voz se fue apagando y por un instante todos permanecimos en silencio. Deborah estaba de espaldas, pero pude advertir que sus orejas estaban alertas como las de un pastor alemán atento. Seguramente Hannah también lo había notado porque se irguió y cambió de tema con fingida alegría.

– No sé por qué me he acordado. Por cierto, he pensado buscar algún trabajo cuando te vayas.

– ¿Trabajo? ¿En una tienda de ropa? -preguntó Emmeline.

Deborah soltó una carcajada. Selló el sobre y lo agitó. Dejó de reír cuando vio la expresión de Hannah.

– ¿Lo dices en serio?

– Hannah siempre habla en serio -comentó Emmeline.

– El otro día, cuando tú estabas en la peluquería de Oxford Street -le refirió a Emmeline-, vi una pequeña editorial, Blaxland's, con un anuncio en la ventana. Buscaban editores. -Hannah enderezó los hombros-. Me encanta leer, me interesa la política, en gramática y ortografía mis conocimientos superan los de la mayoría.

– No seas ridícula, querida -observó Deborah, al tiempo que me entregó la carta con la indicación de que la despacharan por correo esa misma mañana, y volvió a dirigirse a Hannah-. Nunca te contratarán.

– Ya lo han hecho -contestó Hannah-. Me ofrecí en ese mismo momento. El editor dijo que necesitaba con urgencia un nuevo colaborador.

Deborah inspiró profundamente y obligó a sus labios a esbozar una tenue sonrisa.

– Bien, es un tema que está más allá de toda discusión.

– ¿Qué discusión? -preguntó Emmeline fingiendo sinceridad.

– Acerca de lo que es correcto -explicó Deborah.

– No veo qué tiene que ver eso. -Emmeline comenzó a reír-. ¿Tú qué opinas?

Deborah inspiró y se dirigió fríamente a Hannah.

– ¿Blaxland's? ¿No son ellos los que publican esos asquerosos opúsculos rojos que los soldados distribuyen en las esquinas? -Luego entrecerró los ojos-. A mi hermano le dará un ataque.

– No lo creo -repuso Hannah-, a menudo Teddy se compadece de los que no tienen trabajo.

Los ojos de Deborah se abrieron ostentosamente, con el asombro de un depredador fugazmente compadecido por su presa.

– No lo entiendes. Tiddles no es tan tonto como para arriesgarse a perder el apoyo de sus futuros electores.

Y si no era así en ese momento, sin duda lo fue esa noche, después de que Deborah hablara con él.

– Además… -añadió poniéndose en pie con aire triunfal, y ajustándose el sombrero frente al espejo de la chimenea-, más allá de la compasión, es inconcebible que a él pueda agradarle que seas aliada de la misma gente que imprimió los subversivos artículos que le hicieron perder su escaño.

El rostro de Hannah se demudó. No lo había tenido en cuenta. Echó un vistazo a Emmeline, que solidariamente se encogió de hombros. Deborah observaba sus reacciones en el espejo. Contuvo las ganas de sonreír y se encaró con Hannah emitiendo un desaprobatorio chasquido con la lengua.

– ¿Podrías ser tan desleal?

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