La Casa De Riverton
- Автор: Morton Kate
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «La Casa De Riverton». Краткое содержание книги:
En el verano de 1924 todo es felicidad en la mansión de Riverton Manor… hasta la noche de la fiesta. Toda la alta sociedad se está divirtiendo entre el glamour y la elegancia del paraje. Pero en medio de la noche se escucha un disparo. El joven poeta Robbie Hunter se ha quitado la vida a orillas del lago de la mansión. Las hermanas Hartford, Hannah y Emmeline, serán las únicas testigos y se convertirán además en las protagonistas de toda la prensa del momento.
Unas cuantas décadas después, en 1999, Grace Bradley, la que fuera en su día doncella en Riverton Manor, recibe la visita de una joven directora de cine que está preparando una película sobre el suicidio del poeta. Tras años de silencio y olvido, los fantasmas del pasado empiezan a aflorar; y un terrible secreto intenta abrirse paso, un secreto que Grace no ha podido borrar jamás de su memoria. Los recuerdos siguen vivos en esta novela llena de amor, celos, odios y rivalidades, recuerdos que se gestaron en un verano de los decadentes años veinte.
– ¿Lo dices en serio, Grace? -preguntó Hannah sorprendida-. De todas las personas que conozco tú eres la más abierta. Sir Arthur Conan Doyle lo practica, ¿sabes? Se comunica regularmente con su hijo Kingsley. Incluso hace sesiones de espiritismo en su casa.
No le dije que ya no era admiradora de Sherlock Holmes, que en Londres había descubierto a Agatha Christie.
– No es eso, señora -me apresuré a decir-. No se trata de que no crea.
– ¿No?
– No, señora. Sí creo, ése es el problema. Pero no es algo natural. Se trata de los muertos. Es peligroso interferir.
Ella alzó las cejas. Reflexionó sobre mis palabras.
– Peligroso…
No había abordado el tema correctamente. Al mencionar el peligro la perspectiva se volvió más atractiva.
– Iré con usted, señora.
No se lo esperaba. No sabía si fastidiarse o conmoverse. Finalmente se permitió ambas emociones.
– No -refutó con cierta dureza-. No será necesario. Estaré bien. -Luego su voz se suavizó-. Es tu tarde libre, ¿verdad? Seguramente has planeado hacer algo que te guste. Algo mejor que acompañarme.
No respondí. Por supuesto, ella no tenía modo de saberlo. Mis planes eran secretos. Después de una intensa correspondencia, Alfred había sugerido que viajaría a Londres para verme. Durante los meses que había pasado lejos de Riverton me había sentido más sola de lo que esperaba. A pesar de la minuciosa preparación que recibí del señor Hamilton, el trabajo de una doncella implicaba ciertas presiones que no había previsto, especialmente teniendo en cuenta que Hannah no parecía tan feliz como correspondería a una recién casada. Y la afición de la señora Tibbit a crear problemas obligaba a que ningún miembro del servicio pudiera bajar la guardia lo suficiente como para disfrutar de la camaradería. Por primera vez en mi vida me sentí aislada. Y aunque estaba alerta para no malinterpretar las atentas palabras de Alfred (ya lo había hecho alguna vez), añoraba verlo.
Sin embargo, esa tarde seguí a Hannah. Tenía previsto encontrarme con Alfred al caer la tarde. Si me movía con rapidez, podría cerciorarme de que entraba y salía de aquel lugar en perfectas condiciones. Había oído suficientes relatos sobre sesiones de espiritismo y difícilmente me convencerían de que era un método sensato. La señora Tibbit contaba que su prima había estado poseída, y el señor Boyle conocía a un hombre a cuya esposa la habían desplumado y le habían cortado la garganta.
Y lo más importante, si bien no tenía una posición definida respecto de los espiritistas, sabía cuál era la clase de personas a las que atraían: seres infelices que trataban de conocer su futuro.
En los últimos tiempos, Hannah me tenía preocupada. Su expresión había cambiado.
Cuando se especulaba acerca del largo de las faldas que se usaría en la próxima temporada, asentía o sonreía, y tanto su boca como su mentón habían adquirido el hábito de cambiar de posición, como si degustara vagamente la amargura que, según temía, la invadiría cuando se acercara a la madurez.
En la calle había una niebla espesa, densa y gris. Seguí a Hannah por Aldwych como un detective sigue un rastro: atenta para no quedar demasiado rezagada, para no perderla de vista en medio de la niebla. En la esquina, un hombre con impermeable tocaba con la armónica «Keep the Home Fires Burning». Los soldados sin empleo estaban en todas partes, en cada callejón, debajo de cada puente, en la entrada de cada estación de tren. Hannah buscó una moneda en su bolso y la dejó caer en el platillo del hombre antes de seguir su camino.
Al doblar en Kean Street, Hannah se detuvo frente a una elegante casa de estilo eduardiano. Parecía bastante respetable, pero, como mi madre solía decir, las apariencias pueden ser engañosas. La observé mientras confirmaba la dirección del anuncio y tocaba el timbre. La puerta se abrió rápidamente, y, sin mirar atrás, desapareció de mi vista.
Seguí observando la fachada de la casa, preguntándome a qué piso se dirigía. Al tercero.
Un resplandor de la lámpara que teñía de amarillo los bordes desflecados de las cortinas me lo indicó. Me senté a esperar junto a un hombre tullido que vendía monos de hojalata a los que les daba cuerda mientras subían y bajaban por un pedazo de tela. Le pregunté cuántos había vendido. «Tres», me respondió.
Esperé más de una hora sentada en el escalón de cemento. Cuando Hannah reapareció, mis piernas estaban tan entumecidas que no podía ponerme de pie. Me acurruqué, rogando que no me viera. No lo hizo. No percibía lo que ocurría a su alrededor. De pie en el escalón superior, parecía aturdida. Su expresión era impávida, asombrada incluso, y parecía pegada al suelo. Pensé que la espiritista la había hipnotizado, haciendo oscilar frente a ella uno de esos relojes de bolsillo, como muestran las fotografías. Pensé en gritarle, cuando, de repente, inspiró profundamente, se estremeció y salió velozmente en dirección a casa.
Aquel nebuloso atardecer llegué tarde a mi cita con Alfred. No me retrasé demasiado, pero fue suficiente para que su rostro se mostrara primero preocupado antes de distinguirme, y después dolido.
– Grace…
Nos saludamos torpemente. Ambos tendimos nuestra mano al mismo tiempo para estrechar la del otro y nuestras muñecas chocaron. Entonces, él me tomó por el codo. Sonreí nerviosa, recuperé mi mano y la escondí debajo de la bufanda.
– Lamento haber llegado tarde, Alfred. Estaba cumpliendo con un encargo de la señora.
– ¿No sabe que es tu tarde libre?
Alfred me parecía más alto de lo que recordaba. Su cara estaba más arrugada, pero aun así era muy agradable mirarlo.
– Sí, pero…
– Deberías haberle dicho lo que podía hacer con su encargo.
La reacción de Alfred no me sorprendió. Se sentía cada vez más frustrado por tener que trabajar como personal de servicio. En las cartas que me escribía desde Riverton, la distancia dejaba a la vista algo que no había advertido antes: en las descripciones de su vida cotidiana había un dejo de insatisfacción. Y en los últimos tiempos sus preguntas acerca de Londres, sus comentarios sobre Riverton, estaban salpicados con citas de libros y periódicos sobre clases, trabajadores y sindicatos.
– No eres una esclava -me advirtió-. Deberías haberte negado.
– Lo sé. No pensé que… el encargo fue más largo de lo que había previsto.
– Está bien -repuso. Su expresión se suavizó y recuperó su gesto habitual-. No es culpa tuya. Tratemos de aprovechar esta ocasión al máximo, antes de volver al yugo. ¿Hay algún lugar para comer antes de ir al cine?
La felicidad me inundó mientras caminábamos el uno junto al otro. Me sentía adulta y atrevida, paseando por la ciudad con un hombre como Alfred. Descubrí que deseaba que él me tomara del brazo para que la gente nos viera y creyera que estábamos casados.
– Pasé a ver a tu madre -dijo Alfred, interrumpiendo mis pensamientos-, como me pediste.
– Oh, Alfred, gracias. ¿No estaba mal, verdad?
– No especialmente, Grace. -Dudó un instante y miró hacia otro lado-. Pero, para serte sincero, tampoco muy bien. Tiene una tos terrible. Y se queja de dolor de espalda -agregó llevándose las manos a los bolsillos-. Artritis, ¿verdad?
Asentí.
– La atacó repentinamente cuando yo era una niña. Empeoró con mucha rapidez. El invierno es la peor época para ella.
– Una de mis tías está igual. Ha envejecido antes de tiempo. -Alfred meneó la cabeza-. Mala suerte.
Caminamos un trecho en silencio.
– Alfred, mi madre… ¿parece tener lo imprescindible? Carbón y ese tipo de cosas…
– Oh, sí. Eso no es problema. Tiene una buena pila de carbón -aseguró, y se inclinó para tocar mi hombro-, y la señora T. se asegura de mandarle regularmente un buen paquete con dulces.