La Casa del Alfabeto
- Автор: Adler-Olsen Jussi
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «La Casa del Alfabeto». Краткое содержание книги:
Finalmente logran subir a un tren que parte del frente oriental con soldados enfermos. En uno de los vagones encuentran a varios oficiales de alto rango muertos sobre unas camas. Sin vacilar, James y Bryan tiran a dos de ellos del tren y ocupan su lugar, con la esperanza de poder escapar en cuanto tengan una oportunidad. Así, llegan hasta la Casa del Alfabeto, un hospital psiquiátrico situado en el corazón de Alemania, Mientras, la guerra sigue haciendo estragos, su única oportunidad de sobrevivir es simular que son enfermos mentales, pero ¿serán capaces de hacerlo durante meses sin convertirse en auténticos perturbados? ¿Son los únicos del pabellón que están fingiendo?
Bryan se puso en pie y dejó caer los hombros. En medio de aquel paisaje diáfano que contrastaba con el ajetreo febril de la ciudad, perdió el deseo de entender.
Aquél era el lugar de reposo de James, de eso estaba seguro.
Durante un instante de silencio, Bryan bajó la cabeza y recordó a su amigo. Luego alisó cuidadosamente los pétalos de la flor marchita y echó un vistazo a su alrededor, buscando el lugar adecuado para dejarla. Si hubiera habido una lápida conmemorativa, la habría dejado ahí.
Al final de la columnata se quedó parado un instante, con la vista puesta en el pequeño edificio cerrado que se encontraba en el centro del monumento. Un par de pasos más allá, por la ladera, se perdía un pequeño sendero entre la maleza y por detrás del mausoleo. La tierra parda y las raíces desnudas y deterioradas que despuntaban del suelo confirmaban que seguía estando en uso.
Todavía no había buscado por ahí.
Cuando hubo dado unos pocos pasos le sorprendió un extraño e inesperado ruido, un clic insignificante, apenas perceptible. De todos modos, un ruido que no pertenecía a aquel lugar.
La sospecha casi nunca encuentra resistencia. Contrariamente a los sentimientos positivos, la sospecha puede hacer su aparición sin previo aviso ni reservas, incluso sin necesidad de que se la alimente. Sin embargo, en este caso estaba más que justificada.
Petra Wagner, Mariann Devers y Frau Rehmann. Todas ellas, cada una a su manera, habían estado en contacto con Kröner. Un hombre que ya había atentado contra su vida en anteriores ocasiones y que, desde luego, no tenía ningunas ganas de ser transportado al pasado.
Y, de pronto, aquel sonido, aquella bagatela de clic. Todo podía resumirse en un solo hecho, siempre y cuando siguiera alimentando aquella sospecha decisiva y desnuda.
Por eso, Bryan se detuvo en seco y se echó entre la maleza que bordeaba el sendero. Esperaba.
Como un diablo que no permite que lo exorcicen al infierno, la imagen surgió en el campo visual de Bryan, a escasos cinco metros de donde se hallaba. El hombre se detuvo un instante en la plataforma estrecha que unía la ladera con el tejado de la columnata y echó un vistazo intenso al sendero que bordeaba las piernas de Bryan. Y entonces Bryan lo reconoció.
A pesar de la humedad de la tierra, Bryan sintió cómo se secaban sus entrañas.
Jamás había pensado que volvería a ver aquel abominable rostro ancho. Nada en este mundo podría haberle sorprendido más. La fría comente del Rin debería haber sido su tumba durante ya más de treinta años. Bryan vio cómo su cuerpo desaparecía bajo las aguas, herido de bala y exhausto.
Su presencia era la realización de una pesadilla que nunca fue soñada.
A pesar de que el hombre estaba más grueso que nunca, los años habían pasado piadosamente por él. Las personas de piel tersa y sonrojada pueden llegar a parecer niños hasta alcanzar edades avanzadas. Éste habría sido el caso del hombre del rostro ancho, de no ser por la órbita ocular casi vacía y los nudillos blancos que se tensaban alrededor del arma mortal.
Las probabilidades de que aquel coloso fuera a pasar de largo, sin percatarse de la presencia de Bryan, eran insignificantes. Bryan recogió el pie cuidadosamente, escondiéndolo debajo del matorral, pegó el rostro al suelo húmedo y colocó la mano debajo del pecho, listo para saltar como un muelle.
En el momento en que el zapato de Lankau se posó en el suelo delante del brazo de Bryan, lo golpeó. A pesar de que el golpe había sido certero, el hombretón no se tambaleó, tal como había esperado Bryan que hiciera. Lankau se giró impulsiva y violentamente hacia Bryan. El movimiento tenía como objetivo buscar el enfrentamiento directo, pero también lo hizo dar un paso atrás, por el terraplén, y resbaló torpemente ladera abajo.
Y, sin embargo, el arma se disparó.
El golpe del proyectil sorprendió a Bryan, de la misma manera que lo hizo el ruido que éste produjo. No sintió ningún dolor, ni tampoco supo dónde le había alcanzado. El eco del disparo amortiguado apenas se había propagado, cuando Bryan se abalanzó sobre el hombre que se tambaleaba, con las piernas abiertas a ambos lados de la pendiente, una apoyada en el sendero, la otra deslizándose ladera abajo. Entonces se oyó el segundo disparo y el árbol que Bryan tenía a sus espaldas lo recibió sordamente, abriendo unas fauces amarillentas en su corteza. Bryan extendió inmediatamente la mano para agarrar el rostro de Lankau, a la vez que le propinaba una fuerte patada en el pecho.
El hombretón lo miró, estupefacto, la boca se le había quedado abierta. De ella no se escapó ni el más mínimo sonido, a pesar del dolor que debió de provocarle la patada. Entonces se desplomó y cayó hacia atrás, ladera abajo, sin soltar a Bryan. Sólo el suelo blando evitó que Bryan perdiera la conciencia. Cuando el cuerpo pesado lo hubo arrollado un par de veces, los dos cuerpos enmarañados se detuvieron, por fin, gracias a la maleza que marcaba el paso al sendero que corría al final de la columnata. Sin poder moverse, se quedaron tendidos el uno al lado del otro en medio del arbusto, mirándose jadeantes a los ojos. De algunos rasguños en la cara de Lankau brotaron unos hilillos de sangre que fueron deslizándose hasta alcanzar las pestañas del ojo sano. En la caída, Lankau había estrujado la pistola con tanta saña contra su rostro que la mira le había desgarrado la piel. No dejaba de parpadear. Aunque agitaba la cabeza, la sangre estuvo constantemente a punto de cegarlo. A menos de veinte centímetros sobre su cabeza estaba la pistola, medio hundida en el fango.
Bryan echó la cabeza hacia atrás y, sin ningún tipo de contemplaciones, le propinó una serie de testarazos a su adversario que hicieron que el cerebro de Bryan explotara en múltiples descargas y destellos.
Fue entonces cuando su perseguidor emitió un sonido. Bryan se precipitó sobre su enorme cuerpo e intentó alcanzar la pistola. En ese mismo movimiento y de forma absolutamente inesperada, su cabeza se fue hacia atrás cuando el hombretón lo agarró por los tolanos.
La salvación de Lankau llegó desde atrás. Unos jóvenes se habían apiñado alrededor de los dos hombres y no paraban de proferir una sarta interminable de improperios incomprensibles. Las chicas se amontonaban a sus espaldas con una expresión de regocijo en sus caras. Habían acudido en busca de emoción; los escondrijos de la columnata tampoco los defraudaron esta vez.
Dos de los jóvenes agarraron a Lankau y lo pusieron en pie mientras le limpiaban la americana con unos suaves golpes en la espalda. Lankau se llevó la mano a la cara ensangrentada y, con una mirada aturdida, echó un vistazo a su alrededor buscando su arma, sin por ello dejar de hablar atropelladamente a los jóvenes. Poco a poco, fue aflojando la mano con la que tenía agarrado a Bryan por el pelo y los músculos de su nuca se relajaron. Bryan permaneció en silencio mientras daba unos pasos pendiente arriba, en una postura algo desmañada. Nadie se dio cuenta de que el arma se había perdido debajo de su cuerpo.
Bryan no entendió nada de lo que Lankau les dijo a los jóvenes, pero de pronto desapareció del lugar.
El semicírculo que se había creado alrededor de Bryan no parecía querer disolverse inmediatamente.
Con mucha cautela, Bryan echó el brazo hacia atrás y rozó la pistola con la mano. Era más pesada de lo que había pensado. Justo por encima de la culata encontró el seguro. Nadie oyó que lo ponía. Luego, con mucha cautela, introdujo el cañón por el cincho del pantalón y se cerró la americana para cubrirla. Le llegó el dolor al sacar la mano del cincho. Todos lo miraron al oír sus gemidos. Una de las muchachas se llevó la mano a la boca y jadeó cuando Bryan alzó la mano ensangrentada y se la miró.
– ¡Me ha disparado! -se limitó a decir Bryan, sin esperar que el grupo de jóvenes entendiera sus palabras.
Una de las chicas empezó a gritar. Detrás de los demás apareció un joven de cabellos casi blancos y, con mucho cuidado, ayudó a Bryan a ponerse en pie. La mancha roja en el bolsillo trasero crecía imparable, pero con menor rapidez de la que Bryan había temido en un primer momento. El disparo había atravesado limpiamente el glúteo mayor medio, la parte más carnosa del gran músculo del trasero, al que popularmente se suele llamar asentaderas. Tanto la herida de bala, por donde había entrado el proyectil, como la herida por donde la bala había abandonado el cuerpo, se habían cerrado casi por completo. La pérdida de sangre no era significativa. La pierna izquierda de Bryan cedió bajo su peso.