La Casa del Alfabeto
- Автор: Adler-Olsen Jussi
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «La Casa del Alfabeto». Краткое содержание книги:
Finalmente logran subir a un tren que parte del frente oriental con soldados enfermos. En uno de los vagones encuentran a varios oficiales de alto rango muertos sobre unas camas. Sin vacilar, James y Bryan tiran a dos de ellos del tren y ocupan su lugar, con la esperanza de poder escapar en cuanto tengan una oportunidad. Así, llegan hasta la Casa del Alfabeto, un hospital psiquiátrico situado en el corazón de Alemania, Mientras, la guerra sigue haciendo estragos, su única oportunidad de sobrevivir es simular que son enfermos mentales, pero ¿serán capaces de hacerlo durante meses sin convertirse en auténticos perturbados? ¿Son los únicos del pabellón que están fingiendo?
Estiró con fuerza de sus piernas, golpeó la frente contra las rodillas y empezó a contar hacia atrás. ¡Cien, noventa y nueve, noventa y ocho, noventa y siete…! Volvió a oírse un disparo. Volvió la mirada y dejó que la imagen de la sala pasara volando patas arriba. Un rostro en la silla contigua a la suya se emborronó con sus movimientos intensos. Todos los rasgos se confundieron, los colores se mezclaron y volvió a oír los gritos de los espectadores; una amplia y profunda consonancia desarticulada. Se incorporó, echó un vistazo rápido a la pantalla y registró la imagen de la masa maciza de brazos y colores. Volvió a cerrar los ojos y empezó a contar las cabezas de aquella imagen evocada. El sonido de fondo se apagó. Llegado a este punto de sus ejercicios, el hombre solía marearse. Realizó las últimas treinta flexiones por reflejo. Inspiró un par de veces y volvió a incorporarse. Tras realizar un par de estiramientos de la musculatura del cuello, se estiró hacia el techo y se sentó en el sillón en cuanto los granos de la pantalla volvieron a confluir en una imagen.
Luego respiró profundamente varias veces y retuvo la respiración. Ésta era la recompensa que seguía a cada repetición. Una concentración y un sosiego absolutos. Todos los poros se abrían. En aquellos instantes, la sala se hacía real.
Entonces cerró los ojos y repasó la última repetición desde atrás, movimiento por movimiento. Al volver al inicio, percibió claramente cómo habían sonado los pasos del visitante a sus espaldas. Evocó todos los movimientos en la sala.
Los zapatos que había llevado el extraño estaban provistos de suelas duras. Los golpes contra el suelo habían sido cortos; los pasos, rápidos y cuantiosos, numerosos. Se había quedado quieto cuando la directora se había acercado al intercomunicador. Y luego habían vuelto a hablar.
El hombre de la butaca de orejas juntó las rodillas rápidamente y desenfocó la mirada. Después soltó el aire entre los dientes e inspiró repentina y profundamente, una vez más. Habían hablado. Ambos habían pronunciado sonidos que lo importunaban y lo corroían al evocarlos. Abrió los ojos y vio a un nuevo grupo de corredores que se preparaban para la próxima carrera. Cinco de ellos llevaban las zapatillas con las tres rayas. Dos sólo llevaban una. Luego contó a los oficiales en la barrera. Esta vez tan sólo eran cuatro. En el tercer recuento empezó a respirar con ansiedad y alzó la vista.
Algunas de las palabras se negaban a abandonarlo.
Volvió la mirada hacia la pantalla y empezó a mover las pantorrillas de nuevo. Esta vez se saltó la mitad del programa, tomó impulso, se puso en pie y se agarró los tobillos. Al oír pasos en el pasillo, los soltó y se incorporó. Hasta entonces, nadie lo había pillado realizando aquel ritual.
Cuando el hombre del rostro picado de viruela se sentó a su lado, volvió la cabeza. Dejó que su visita le acariciara el dorso de la mano y contó las veces que lo hizo, como de costumbre. Esta vez, su visita estuvo más suave que de costumbre.
– Ven, amiguito -se limitó a decirle-, vamos a ver a Hermann Müller.
Le apretó la mano y prosiguió:
– Ven, Gerhart, vamos a tomar el café de los sábados.
Fue la primera vez en años que aquel nombre se le hizo extraño a James.
CAPÍTULO 40
Hasta que Bryan no se encontró en el sendero del Stadtgarten no se dio cuenta de que las flores que había comprado para la tumba de James se hallaban en el despacho de la directora Rehmann. Desde la interrupción de la visita, le había parecido sospechosamente reservada.
Pocos minutos después, se habían despedido.
Todo el montaje había sido en vano. El deseo de saber más cosas de Kröner o Hans Schmidt -que era el nombre que había adoptado- no se había visto recompensado. Nunca se le había ofrecido la oportunidad de hacer las preguntas adecuadas. El intento de unir las ayudas de la CEE con preguntas de carácter más privado había sido un acto de inconsciencia y muy arriesgado. Frau Rehmann habría sospechado en seguida y habría desconfiado de él; además, pronto habría llegado a los oídos de Kröner. Bryan no necesitaba un enfrentamiento así, desde luego.
Llegada la hora, ya se las vería con el tipo del rostro picado de viruela.
En resumen, la visita había sido un enorme despropósito. El tiempo había pasado sin que se apreciara ningún resultado.
En la entrada del parque, Bryan se agachó y cogió una flor, un engendro violeta, larguirucho, más bien vulgar, parecido a una ortiga y medio marchito, que se había dejado arrancar de raíz, sin que el guardia del parque diera muestras de la más mínima desaprobación. Intentó arreglar los pétalos suavemente. Aquella planta insignificante ilustraba mejor la soledad y la conmoción que lo acongojaba que cualquier ramo de flores podría haberlo hecho.
El trayecto en el teleférico le resultó interminable. El balanceo de la góndola le provocó náuseas; un malestar que no se había disipado cuando, de acuerdo con las indicaciones de Petra, siguió el sendero de adoquines cubiertos de hierbajos en dirección a la columnata. Como un anacronismo, aquellas artificiales columnas griegas surgían de la ladera. Estaban rodeadas de unos muros bajos, coronados por una barandilla de hierro forjado.
A pesar de la buena intención, aquella construcción era increíblemente fea y su mantenimiento dejaba mucho que desear; un aire enmohecido y triste que situaba el ambiente y la finalidad del lugar en una concordia enaltecida.
En Alemania, los monumentos conmemorativos de la guerra no suelen distinguirse precisamente por ser anónimos, la gigantesca columna ribeteada al pie de la montaña lo dejaba bien a las claras. Desde la primera guerra mundial, aquella columna había venerado a los caídos y, además, por razones prácticas, habían dejado una parte de la columna sin grabar. Sólo pasarían un par de décadas hasta que la segunda guerra mundial ocupara el espacio de la columna que habían dejado proféticamente libre. Eso quería decir que, por suerte, no contaban con necesitar más espacio.
Ese tipo de monumentos se encontraban por doquier, y tenían en común que indicaban claramente el motivo por el que se habían levantado. Por eso, a Bryan le sorprendió, después de haber repasado la totalidad de las superficies varias veces, no haber encontrado siquiera una pequeña placa de latón ni la más mínima señal que indicara la razón por la que, en su día, se había levantado aquel monumento y que, a su vez, pudiera dar testimonio de quienes habían sido enterrados allí.
Bryan se puso en cuclillas y se quedó un buen rato descansando con los brazos apoyados en los muslos. Se abalanzó hacia adelante y aterrizó sobre las rodillas. Desde esa posición tomó un puñado de tierra. Estaba húmeda y oscura.
CAPÍTULO 41
Exactamente cuarenta y cinco minutos antes, una figura ancha y pesada había subido los mismos escalones.
Los últimos pasos a través de la maleza lo habían hecho respirar pesadamente. Hacía al menos cinco años que Horst Lankau no visitaba aquel lugar y, antes de la última visita, aún más tiempo. Aquellas columnas habían sido testigo de muchos encuentros amorosos furtivos. Si Lankau se hubiera criado en la ciudad, probablemente habría tenido una relación distinta con el lugar.
En aquel momento, lo odiaba.
A través de los últimos tres veranos, su hija mayor, Patricia, había mostrado un gran interés sentimental por un chaval cuya familia, desgraciadamente, tenía por costumbre pasar un par de semanas de sus pobres vacaciones en un camping situado al sur de Schlossberg. Desde aquellas lonas ondeantes le resultaba demasiado fácil a aquella pareja de exaltados tomar la escalera de Schwabentor y seguir los senderos que conducían al decorado griego en el que se encontraba Lankau en aquel momento.
El tercer verano al lado de la hija fue el último verano del chaval en Friburgo, y Patricia no había vuelto a mencionarlo jamás.