La Casa del Alfabeto
- Автор: Adler-Olsen Jussi
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «La Casa del Alfabeto». Краткое содержание книги:
Finalmente logran subir a un tren que parte del frente oriental con soldados enfermos. En uno de los vagones encuentran a varios oficiales de alto rango muertos sobre unas camas. Sin vacilar, James y Bryan tiran a dos de ellos del tren y ocupan su lugar, con la esperanza de poder escapar en cuanto tengan una oportunidad. Así, llegan hasta la Casa del Alfabeto, un hospital psiquiátrico situado en el corazón de Alemania, Mientras, la guerra sigue haciendo estragos, su única oportunidad de sobrevivir es simular que son enfermos mentales, pero ¿serán capaces de hacerlo durante meses sin convertirse en auténticos perturbados? ¿Son los únicos del pabellón que están fingiendo?
Y entonces el semicírculo retrocedió.
El joven del pelo rubio profirió unas cuantas palabras y el grupo se disolvió en pocos segundos. Todos, salvo el que había gritado, salieron corriendo pendiente abajo, siguiendo los pasos de Lankau. El chico del pelo blanco se volvió hacia Bryan.
– ¿Podrá andar? -le preguntó, vacilante.
Fue un alivio oírlo hablar en inglés.
– Sí, sí puedo, gracias.
– Los demás están intentando atraparlo.
El joven echó la vista hacia abajo, desde donde los gritos nítidos de los demás dejaban bien a las claras su propósito. Bryan dudaba mucho de que fueran a encontrar al hombre que buscaban.
– Tiene que perdonarnos. ¡Me parece que nos equivocamos! ¿Lo atacó ese hombre?
– ¡Sí!
– ¿Sabe por qué?
– ¡Sí!
– ¿Por qué?
– ¡Porque quería quitarme mi dinero!
– ¡Llamemos a la policía!
– ¡No! ¡No lo hagan! No creo que vuelva a hacer algo así.
– ¿Por qué no lo cree? ¿Acaso lo conoce?
– En cierto modo, sí.
Aunque el glúteo se compone de un grupo de músculos que, gracias a su gran tamaño, se distinguen por poder funcionar satisfactoriamente a pesar de sufrir lesiones, Bryan tuvo que agarrarse a todo lo que alcanzó para poder dar los primeros pasos.
El chico del pelo plateado lo abandonó sin despedirse, precipitándose ladera abajo, en busca de sus compañeros.
Cinco minutos más tarde, su vocerío animado se hubo extinguido.
Esta vez, el sendero que llevaba hasta la estación terminal del funicular se le hizo más largo. Por cada diez pasos que daba, Bryan se veía obligado a detenerse y echar un vistazo a su trasero. Las oscuras manchas en los pantalones hablan dejado de crecer.
Cuando aparecieron los finos cables del funicular detrás de las copas de los árboles, Bryan supo que la hemorragia se había detenido. Ni en calidad de médico ni de víctima tenía por qué preocuparse más por vendajes o por un ingreso indeseado en un hospital; tenía otras preocupaciones.
La primera era mantenerse con vida. Era imposible adivinar de dónde y cuándo podía llegar la próxima agresión. Lo único que sabía era que sería inevitable. Estaban decididos a atentar contra su vida y había sido Petra Wagner quien le había tendido aquella trampa.
La segunda preocupación era ¿por qué?
¿Por qué le había mentido Petra Wagner, y por qué era tan importante deshacerse de él? Al fin y al cabo, se habían arriesgado incluso a agredirlo en pleno día.
La tercera preocupación eran unas ramitas quebradas que se extendían de forma alarmante y sin gracia por debajo de los arbustos que las habían sustentado. El hueco en la maleza que señalaban era casi imperceptible. Por encima, los arbustos se cerraban, pero las hojas vibraban ligeramente al viento. Bryan agarró la culata y sacó la pistola de su escondite. Antes de abrir la boca echó un vistazo a su alrededor una vez más. No detectó ningún movimiento sospechoso.
– ¡Sal de ahí! -dijo en voz baja, dando una fuerte patada en el suelo que hizo saltar la gravilla del sendero.
Lankau se puso en pie inmediatamente. Su rostro estaba totalmente embadurnado de sangre.
Entonces soltó unos gruñidos ininteligibles. Bryan reconoció inmediatamente el tono de voz utilizado. A pesar de los años que habían pasado, su adversario seguía manteniendo aquella infamia desenfrenada a flor de piel.
– ¡Háblame en inglés! Supongo que sabrás, ¿no es así?
– ¿Por qué?
La animadversión traslució en el rostro del gigante mientras fijaba los ojos en la pistola. En el momento en que Bryan le quitó el seguro, su rostro se retorció y, de un salto, se apartó. Bryan volvió a mirarlo y luego dirigió la mirada a la pistola. La reacción de Lankau era para él todo un misterio.
– ¡Puedes estar seguro de que te dispararé si vuelves a hacer eso una vez más! A partir de ahora, vas a seguirme tranquilito y calladito. Si haces cualquier movimiento sospechoso, sea éste premeditado o no, será el último que hagas, te lo advierto.
El hombre del rostro ancho se quedó mirando los labios de Bryan con una expresión de incredulidad.
– ¿Has olvidado tu lengua materna, cerdo?
Su inglés era el de un hombre de negocios, un flujo desordenado de palabras, aunque todas ellas precisas. Sin embargo, el acento era el de un hombre sin estudios.
El hombre que Bryan tenía delante seguía los gestos de la mano que sostenía la pistola. Cuando salió de entre los arbustos, su aspecto era miserable, con la camisa colgándole por fuera de los pantalones, lamparones oscuros en las rodillas y el pelo ralo y alborotado a un lado. A pesar del aspecto de aquel hombre, Bryan no se fiaba. Con la autoridad que le confería su calidad de médico, Bryan golpeó a su enemigo en el plexo solar dos veces, con tal precisión que el gigante que tenía delante estuvo a punto de desmayarse. Cuando Lankau volvió a encontrarse de pie, Bryan lo arreó para que marchara un metro por delante de él.
Cuando llegaron a las cercanías del funicular, Bryan se metió la pistola en el bolsillo y se apretujó contra el cuerpo de Lankau para que éste notara la presión del cañón, a pesar de su espalda fornida.
– Vas a mantenerte tranquilo cuando subamos a la góndola, ¿lo has entendido?
Bryan volvió a empujarlo con el cañón de la pistola, como para subrayar la seriedad de la situación. Delante de él, Lankau gruñó. Luego se dio la vuelta lentamente y miró a Bryan directamente a los ojos. El ojo muerto estaba semiabierto.
– ¡Ándate con cuidado con esa Kenju, perro sarnoso! Tiene la mala costumbre de dispararse a deshora.
Resultaba imposible adivinar si el hombre que había delante de la góndola era revisor o no, pero lo cierto es que no hizo ningún ademán dirigido a delatarlos. Al ver el rostro ensangrentado de Lankau, reculó asustado hasta el fondo de la cabina y se quedó totalmente mudo.
– Bueno, lo siento, tengo que llevar a éste al hospital. ¡Soy médico!
El hombre sacudió la cabeza nerviosamente. No entendía lo que le decía Bryan. Bryan introdujo a Lankau en la góndola de un empujón.
– Se ha caído, ¿sabe?
Hasta que la góndola bamboleante no hubo superado el primer poste, el hombre no salió de la sombra para mirarlos.
– ¡Tu coche! -recalcó Bryan cuando finalmente terminó su viaje en el funicular.
Lankau se apresuró a cruzar la calle y sacó las llaves. El BMW tenía una multa de aparcamiento. Un poco más allá estaba aparcada la furgoneta de Bryan. Ésta también tenía un papelito blanco que parecía cubrir todo el parabrisas. A partir de ahora, sería asunto del hippy que se la había vendido.
Lankau conducía. Sentado como estaba, contemplando a su archienemigo en una situación de lo más cotidiana mientras salían lentamente de la ciudad, a Bryan le pareció que las profundidades del ser humano le eran reveladas. Dejando de lado su rostro magullado, Lankau parecía un padre de familia de lo más corriente. El interior del coche daba muestras de su vida ordinaria en forma de paquetes de tabaco, envoltorios de caramelos y otros efectos que hacía pensar en imperturbabilidad y convivencia tranquila. Bryan tenía a su lado a un ciudadano corriente, a un consumidor y a un hedonista. La bolsa de golf en el asiento trasero hablaba por sí misma. Un fragor de Wagner había tomado la cabina en el momento en que Lankau había girado la llave. Un asesino, un sádico, un simulador, un wagneriano; también era todo eso. Ningún hombre había podido ser creado a imagen y semejanza de Dios, tan ambiguo, tan poco sincero, tan áspero como podía llegar a ser bajo la superficie. ¿Y qué individuo podía verse del todo libre de llevar a un Lankau en lo más profundo de su ser?