La Casa del Alfabeto
- Автор: Adler-Olsen Jussi
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «La Casa del Alfabeto». Краткое содержание книги:
Finalmente logran subir a un tren que parte del frente oriental con soldados enfermos. En uno de los vagones encuentran a varios oficiales de alto rango muertos sobre unas camas. Sin vacilar, James y Bryan tiran a dos de ellos del tren y ocupan su lugar, con la esperanza de poder escapar en cuanto tengan una oportunidad. Así, llegan hasta la Casa del Alfabeto, un hospital psiquiátrico situado en el corazón de Alemania, Mientras, la guerra sigue haciendo estragos, su única oportunidad de sobrevivir es simular que son enfermos mentales, pero ¿serán capaces de hacerlo durante meses sin convertirse en auténticos perturbados? ¿Son los únicos del pabellón que están fingiendo?
– Vamos a ir a un sitio donde nadie nos pueda molestar -anunció Bryan bajando el volumen de la obertura al llegar a su último pasaje.
– ¡Para que puedas matarme sin ser molestado, me imagino! -El hombre corpulento parecía indiferente.
– Para que pueda matarte sin que me molesten si me da la gana, ¡así es! -repuso Bryan, a la vez que iba grabando el recorrido en su memoria.
La ciudad desapareció a sus espaldas. El sol seguía enviando sus destellos blancos por las calles transversales. Uno de los ciudadanos más jóvenes se despedía de la espontaneidad del verano atravesando, a toda pastilla y calado hasta los huesos, las anchas cunetas que conducían una corriente de agua, aparentemente eterna, a lo largo del borde de las aceras. Una mujer joven intentaba atraparlo, sin tiempo siquiera para disculparse con la monja que a punto había estado de arrollar.
– ¿Por qué has vuelto? ¿Por qué nos persigues? ¿Es por el dinero?
La comisura de los labios del hombre del rostro ancho se contrajo en una mueca mientras sus ojos fríos seguían el tráfico.
– ¿Qué dinero?
– Petra Wagner dice que has preguntado por Gerhart Peuckert. ¿Era él quien tenía que conducirte a nosotros? ¿Era él quien iba a guiarte hasta nuestra mercancía?
– ¿Acaso Gerhart Peuckert sigue con vida?
Bryan examinó el rostro de Lankau en un intento de detectar alguna convulsión. Sin embargo, era un rostro sin vida. Lankau giró la cabeza lentamente hacia Bryan.
– ¡No, Von der Leyen! -repuso, volviendo la cabeza hacia el paisaje, y sonrió-. No sigue con vida.
Cuando las casas y las granjas empezaron a diseminarse por el paisaje cortado por las viñas, Bryan se vio obligado a tomar una decisión. Lankau tenía más información para él, había dicho, y conocía un lugar en el que, con toda seguridad, podrían hablar sin ser molestados. Todo parecía indicar que Lankau estaba preparándole otra trampa. El lugar, a un par de millas del casco urbano, parecía estar desierto. A pesar de los múltiples caminillos y carreteras secundarias y el tráfico constante de gente volviendo a casa, cualquiera de las casas apartadas de la carretera podía esconder secretos que Bryan prefería desconocer.
Cada vez que miraba el rostro indiferente de Lankau, le venía a la mente la idea de que Kröner o Petra habían sido hechos partícipes en un plan de emergencia, según el cual Lankau debía conducir a la víctima a la boca del lobo.
Cuando Bryan preguntó por la finalidad de la granja, Lankau rió.
– ¡Dios mío, no, no es mi casa! Mi familia y yo vivimos en la ciudad. Pero allí no los encontrarás, si eso es lo que pretendes… ¡Han desaparecido! -dijo riéndose-. Es mi pequeño refugio, ¿sabes?
Un cartel colocado al borde de la carretera prohibía la entrada a cualquier persona ajena al lugar.
La casa, contrariamente a las granjas vecinas, era de una sola planta, pero se extendía por el terreno en varias alas, compuestas por unas edificaciones parecidas a bungalows.
Si ése era su pequeño refugio, Lankau debía de ser un hombre muy rico. La casa, retirada de la carretera, estaba rodeada de hileras de vides en un número que daba a entender que el cultivo de aquellas tierras era un mero pasatiempo para su dueño.
El patio tenía más bien forma de superelipse. Bryan se agachó y clavó el cañón de la pistola en el costado de Lankau con fuerza. A partir del momento en que se apagara el motor, su vida dependería de la cautela con la que se condujera. Si era una trampa, el ataque podía llegarle desde cualquier lado.
– ¡Tranquilo, cobarde! -gruñó Lankau y abrió la puerta-. Aquí sólo viene gente durante la vendimia o para cazar.
Bryan golpeó a su rehén en la nuca con la culata del arma con tal fuerza que se desplomó en el pasillo, incluso antes de llegar al salón. Éste era horripilante. Al menos quinientas cornamentas adornaban las paredes, dando testimonio del inveterado instinto asesino de Lankau. Hileras de platos con grabados, pesados libros de lomos gruesos, cuchillos de monte y viejos rifles, rotundos muebles de roble tapizados de rayas y oscuros cuadros cuyos motivos eran, a grandes rasgos, idénticos y previsibles, en toda su exuberancia de naturaleza y animales muertos.
Olía a moho. Era evidente que todos los días no iba gente a aquella casa.
El cuerpo laxo a los pies de Bryan no se mantuvo quieto por mucho tiempo. Bryan volvió a golpearlo. Era importantísimo que no volviera en sí en seguida.
Bryan se quedó un buen rato callado y alerta. Aparte de algún aullido lejano de algún perro y del susurro de neumáticos en la carretera, todo estaba en silencio.
Estaban solos.
Al otro lado del patio se extendía un cobertizo alargado que ocupaba todo el largo de la plaza. También había cornamentas, pieles desolladas, cráneos y puntillas y cuchillos de todos los tamaños y formas.
Toda la pared del fondo constituía una verdadera quincalla, con estantes que rebosaban de botes de pintura, restos de papel pintado, botes de cola, cajas llenas de herrajes, clavos y tornillos. Y luego había cuerda. Haces de hilo bramante del que antaño se empleaba para atar las gavillas durante la cosecha.
Bryan ató a Lankau enérgicamente a una silla de respaldo alto. Utilizó un ovillo entero, hasta sentirse seguro de que aquello podría cortar cualquier intento inesperado del hombre de la cara ancha por liberarse.
Aunque la postura de Lankau era incómoda, cuando finalmente despertó, el hombre pareció indiferente a su infortunio. Bajó la vista hacia los brazos de la silla y constató, sin que se moviese ni un solo músculo de su rostro, que sus brazos y sus piernas estaban atados. Luego volvió la cabeza hacia Bryan y esperó. Durante aquel corto espacio de tiempo pareció viejo.
Para Bryan, la cuestión sobre la mejor manera de sobrevivir a cualquier situación difícil siempre había estado estrictamente ligada a la capacidad de comprender y analizar las reacciones de los demás lo mejor posible. En el lazareto de las SS, los simuladores habían atentado contra la vida de él y la de James porque podían desenmascarar su engaño. La reacción de aquellos hombres había sido lógica. Al igual que Bryan, sabían qué les pasaba a los simuladores que eran descubiertos.
Y a partir de esto, la lógica dejó de funcionar. Delante tenía a una persona para quien todas esas cosas ya no tenían ninguna importancia. ¿Por qué iba entonces a arriesgar su vida por una historia más que superada? ¿Qué era, pues, lo que podía alcanzarlo ahora? Bryan lo miró. La comisura de los labios de aquel grandullón casi le llegaba a la barbilla rolliza. Su mirada era fría y expectante. Bryan se volvió y se encontró con la mirada de cristal de un trofeo de caza. Dos de los simuladores se habían jugado la vida al intentar cazarlo aquella noche del invierno de 1944. No cabía duda de que habían tenido sus razones para hacerlo, sin embargo, Bryan jamás había llegado a comprender qué era lo que los había llevado a actuar como lo habían hecho. Y esa incertidumbre había estado a punto de costarle la vida.
No estaba dispuesto a cometer ese error una vez más.
– ¡Cuéntamelo todo! -se limitó a decir-. ¡Si quieres seguir viviendo, tendrás que contármelo todo!
– ¿Qué es todo?
El hombre corpulento respiraba con cierta dificultad.
– ¿Para que puedas hacerte con nuestro dinero?
El grandullón farfulló algo ininteligible.
– ¡Olvídalo! No lo tendrás, hagas lo que hagas. Como habrás podido comprobar, no se encuentra escondido en pequeñas arcas por la casa, ¿no es así?
– ¿Dinero? ¿Qué dinero?
Bryan se volvió y miró a Lankau directamente a los ojos.
– ¿Acaso creéis que busco dinero? ¿Acaso se ha tratado todo el tiempo de dinero?