La Casa del Alfabeto
- Автор: Adler-Olsen Jussi
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «La Casa del Alfabeto». Краткое содержание книги:
Finalmente logran subir a un tren que parte del frente oriental con soldados enfermos. En uno de los vagones encuentran a varios oficiales de alto rango muertos sobre unas camas. Sin vacilar, James y Bryan tiran a dos de ellos del tren y ocupan su lugar, con la esperanza de poder escapar en cuanto tengan una oportunidad. Así, llegan hasta la Casa del Alfabeto, un hospital psiquiátrico situado en el corazón de Alemania, Mientras, la guerra sigue haciendo estragos, su única oportunidad de sobrevivir es simular que son enfermos mentales, pero ¿serán capaces de hacerlo durante meses sin convertirse en auténticos perturbados? ¿Son los únicos del pabellón que están fingiendo?
Las conversaciones mantenidas con el capitán Wilkens, que había dirigido los bombarderos de los aliados sobre el lazareto, se volvieron demasiado nítidas; dolorosamente nítidas.
Cuando Bryan finalmente se halló en la avenida mirando el Volkswagen destartalado que el día anterior había aparcado cerca del Kuranstait St. Úrsula, su interior se agitó violentamente.
Todos reaccionamos de formas muy diversas ante la poción que supone poner a prueba la paciencia en una situación tensa. Bryan recordó con todo lujo de detalles cómo James, ante ese tipo de situaciones, solía quedarse adormilado, buscando inmediatamente algún lugar donde tumbarse. Así había sido siempre cuando se relajaban antes de iniciar una de sus incursiones en avión, y así había sido en los días de exámenes, en Eton y Cambridge. Más de una vez, un examinador adusto y ceñudo había tenido que sacudir a un James dormido antes de poder examinarlo.
Esa capacidad era una bendición digna de envidia.
Sin embargo, nunca había sido así para Bryan. Las esperas lo ponían nervioso. La espera dolorosa comportaba tener que levantarse y sentarse repetidamente. Tenía que mover los pies, saltar a la calle, releer el temario una última vez, soñar con la libertad. Hacer algo.
Aquella sensación volvió a apoderarse de él, por primera vez durante años. La fiebre de la espera lo estaba venciendo. Faltaba una hora hasta que pudiera subir a Schlossberg y visitar la tumba de su mejor amigo. Mientras tanto, tendría que dejarse llevar por la inquietud y los actos desestructurados. Estaba en tensión y estaba impaciente.
Volvió a echarle un vistazo al adefesio de Volkswagen que había comprado. Destacaba entre los demás coches que estaban aparcados en la calle. Aunque resultaba difícil imaginárselo, el coche estaba más sucio que antes. El polvo no había dejado de cubrir ni un solo centímetro cuadrado de su superficie. Ahora era gris y no negro.
Su intención había sido conducir el Volkswagen hasta el pequeño bar cerca del puente de la estación y aparcarlo, para que su anterior propietario pudiera recuperarlo, tal como habían acordado.
Bryan echó un vistazo hacia el Kuranstait St. Úrsula, al otro lado de la calle, y juntó las manos sobre el techo del coche. No se dio cuenta de la suciedad que se había pegado a las mangas de su abrigo. Los edificios del sanatorio sobresalían entre las demás construcciones de la avenida.
Al igual que las demás casas que albergan pacientes psiquiátricos, también el Kuranstait St. Úrsula guardaba algún que otro secreto. Bryan había depositado todas sus esperanzas en que James fuera uno de ellos. Pero no iba a ser así, eso ya había tenido que aceptarlo. En cambio, el hombre de la cara picada de viruela, el asesino Kröner, formaba parte de aquella casa, una parte oculta. Podía tratarse de cualquier cosa.
El Volkswagen tembló levemente cuando Bryan descargó un puñetazo sobre su techo. Había tomado una decisión rápida.
La fiebre de la espera había surtido efecto.
Pasaron varios minutos hasta que la directora, Frau Rehmann, apareció en la sección administrativa del sanatorio. Antes, un enfermero reacio había intentado deshacerse de él. Sin embargo, el ramo de flores con el que Bryan se había enfrentado a él lo había desarmado, abriéndole el camino al antedespacho de Frau Rehmann. Bryan miró el ramo, que ya había empezado a marchitarse por el calor, y se felicitó por su resolución. En realidad, estaba destinado a la tumba de James.
El antedespacho estaba totalmente despejado. No se veía ni un solo papel. Bryan asintió con un gesto aprobatorio de la cabeza. El único objeto decorativo que había en la sala era un marco, desde cuya foto una joven miraba por encima de la cabeza de un niño moreno que, a su vez, guiñaba el ojo. Bryan concluyó, por tanto, que la secretaria de Frau Rehmann era un hombre y se preparó para lo peor.
Y acertó, pero sólo en parte.
Frau Rehmann era tan inexpugnable en persona como por teléfono. Desde un principio, su intención fue echar a Bryan a la calle. Pero cuando se disponía amablemente a conducirlo hasta la salida, el gesto repentino de Bryan con el que depositó el ramo de flores en su mano extendida la pacificó el rato suficiente para darle tiempo a sentarse en el borde de la mesa del secretario y premiarla con una sonrisa amplia pero autoritaria.
Era cuestión de negociar, y Bryan era un experto en negociaciones, incluso en aquella extraña situación en la que se encontraba, sin saber cuál era su objetivo ni, por descontado, su motivación.
– ¡Frau Rehmann! ¡Discúlpeme! Debo de haber malinterpretado al señor MacReedy. Me he encontrado con una nota en mi hotel que decía que usted no podía recibirme por la mañana. Y yo he dado por supuesto que podía acercarme por la tarde. ¿Quiere que me vaya?
– Sí, gracias, señor Scott. Se lo agradecería mucho.
– ¡Pues qué pena, ahora que ya estoy aquí! A la comisión no le gustará oírlo.
– ¿La comisión? ¿Qué comisión?
– ¡Sí, claro! Naturalmente, tenemos constancia de que dirigen esta clínica de acuerdo con los mejores principios de gestión. Y, sin embargo, estoy convencido de que me dará la razón, Frau Rehmann, probablemente no exista ni un solo enclave administrativo al que no le iría bien una ayudita de los fondos disponibles.
– ¿Los fondos disponibles? No sé de qué me está hablando, señor Scott. ¿A qué comisión se refiere?
– ¿He dicho comisión? Bueno, tal vez es decir demasiado, puesto que todavía no se ha instituido, pero digamos entonces junta. Supongo que esta definición se ajusta más a la realidad.
Frau Rehmann asintió.
– ¡Vaya! ¡Una junta!
La directora daba muestras de una curiosidad fabulosa tras el brillante barniz de su autoridad.
– ¡Y usted es miembro de dicha junta, señor Scott!
– Bueno, sí y no. Soy una especie de presidente, si me lo permite. Todos tenemos más o menos el mismo peso. No, sería mejor decir que soy una especie de portavoz.
– Pues digamos portavoz, si le parece que se ajusta mejor a su cargo, señor Scott.
Bryan se encontraba en un estado febril. La seducción de aquella mujer huesuda constituía, de por sí, una terapia. Bryan echó un vistazo a su reloj; eran las dos y media. Ya no tendría tiempo de dejar el Volkswagen del hippy delante de la taberna.
– Sí, estamos hablando de los fondos de la CEE que están en fase de ampliación y que ya todos podemos dar por hecho. Es más que probable que todas las clínicas privadas como la suya, Frau Rehmann, sean tenidas en consideración a la hora de conceder ayudas.
– ¡Así que la CEE! -dijo ella con cierta reserva-. Sí, me parece haber leído algo al respecto en algún sitio.
Frau Rehmann era una pésima actriz.
– Dice que lo están tratando en una junta. ¿Cuándo se creará una comisión, señor Scott? Quiero decir, ¿cuándo cree que se tomará la decisión definitiva en cuanto a la distribución de estos fondos y al volumen de las ayudas?
– Uf, es difícil de decir. Porque depende, en parte, del estatus de cada uno de los Estados miembros en el nuevo año y, en parte, de la cooperación que establezcamos entre nosotros. Siempre hay alguien que pone trabas a este tipo de iniciativas. Destructivas y que retrasan el proceso, detallitos insignificantes. Mire, ¡como en el caso de nuestro MacReedy! Convendrá conmigo que su comportamiento ha sido extremadamente torpe, ¿no es así?
Bryan se inclinó hacia ella, de manera que su cara quedó a la altura de sus hombros angulosos, y prosiguió:
– Frau Rehmann, ¿no irá a decirme ahora que no sabía nada de todo esto? De pronto me ha sobrevenido la duda.