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La Casa del Alfabeto

Электронная книга - «La Casa del Alfabeto». Краткое содержание книги:

Alemania, segunda guerra mundial. El avión de los pilotos ingleses James Teasdale y Bryan Young es derribado en territorio enemigo durante una misión fotográfica. Consiguen sobrevivir, pero no llevan los uniformes, por lo que, si son capturados, serán acusados de espionaje y, probablemente, ejecutados.
Finalmente logran subir a un tren que parte del frente oriental con soldados enfermos. En uno de los vagones encuentran a varios oficiales de alto rango muertos sobre unas camas. Sin vacilar, James y Bryan tiran a dos de ellos del tren y ocupan su lugar, con la esperanza de poder escapar en cuanto tengan una oportunidad. Así, llegan hasta la Casa del Alfabeto, un hospital psiquiátrico situado en el corazón de Alemania, Mientras, la guerra sigue haciendo estragos, su única oportunidad de sobrevivir es simular que son enfermos mentales, pero ¿serán capaces de hacerlo durante meses sin convertirse en auténticos perturbados? ¿Son los únicos del pabellón que están fingiendo?
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– Pues así es, debo reconocerlo.

Frau Rehmann rió, ligeramente avergonzada. Ahora Bryan sabía dónde la tenía.

Frau Rehmann fue solícita e instructiva durante la visita a la clínica. Bryan asentía amablemente a sus explicaciones, mostrando gran interés y haciendo tan sólo unas cuantas preguntas, lo que parecía complacer a su guía. A pesar de los amplios conocimientos de Bryan, la mayoría de los términos psiquiátricos que barajó Frau Rehmann durante su introducción le pasaron desapercibidos. Sus sentidos estaban pendientes de otros factores.

Era un establecimiento moderno, con mucha luz y acogedor, de colores suaves y con un personal sonriente. La mayor parte de los pacientes sé concentraban en las salas de estar de una de las alas. Desde todos los rincones se oían las retransmisiones de la televisión, que emitía las últimas finales que marcarían la clausura de los Juegos Olímpicos.

En la primera sección que visitaron, la mayoría de los pacientes sufrían de demencia senil y estaban sumidos en un sopor eterno, en parte provocado por los medicamentos que les suministraban. A algunos se les caía la baba hasta el pecho, sin que por ello hicieran ni el más mínimo gesto por evitarlo; otros se pasaban el tiempo rascándose las partes impúdicas.

El número de mujeres era notablemente bajo.

Aunque Frau Rehmann se mostró asombrada, Bryan insistió en visitar todas las habitaciones y salas.

– Frau Rehmann, jamás había visto unas condiciones tan espléndidas. Entenderá que sienta curiosidad. ¿Realmente es todo así?

La directora sonrió. Era más alta que cualquiera de los hombres con los que se toparon en su camino. La diferencia de estatura se debía, sobre todo, a unas pantorrillas extremadamente largas y a un peinado que amenazaba constantemente con desmontarse. Cada vez que Bryan le dispensaba un piropo, ella se llevaba la mano a aquel enorme recogido. Volvió a hacerlo entonces.

Al pasar por el mostrador del vestíbulo, de camino a la otra ala, ya eran las tres. A ambos lados de la entrada crecía una planta exótica indefinible que extendía sus lóbulos hacia el tragaluz del techo del edificio. La finalidad de las plantas, además de la obviamente decorativa, era tapar la visión de dos horribles burros que servían para colgar la ropa de los visitantes. También Bryan había tenido que abandonar su abrigo en una percha.

Detrás de aquellos arbustos gigantescos y de los armatostes metálicos, un hombretón con el rostro surcado de cicatrices se había retirado inadvertidamente. Respiraba entre dientes, queda y controladamente. El acompañante de Frau Rehmann lo hizo cerrar los puños.

Cuando llegaron a la última habitación de la visita comentada hubo algo que, por fin, llamó la atención de Frau Rehmann. El intercomunicador interno ya había intentado reclamar su presencia en un par de ocasiones, sin que por eso ella pareciera inmutarse.

Bryan echó un vistazo a su alrededor. La decoración seguía siendo la misma que en la sección que acababan de abandonar.

Sin embargo, el estado de los pacientes era distinto. Había un mundo de diferencia entre aquello y la muerte lenta de la psicosis de la tercera edad.

Bryan se estremeció. Aquella sección le recordó, más que nada en este mundo, el tiempo que había pasado en la sección psiquiátrica del lazareto de las SS. Las formas inarticuladas del lenguaje, sobre todo del lenguaje corporal. La apatía subyacente y la sensación de represión.

A pesar de que Bryan no había visto ni un solo paciente relativamente joven, la edad media no era superior a cuarenta y cinco años. Algunos de los pacientes parecían, a primera vista, razonablemente sanos y se dirigían a la directora correcta y amablemente cuando, al pasar por su lado, ella los saludaba con una leve inclinación de cabeza que hacía que el peinado también les dispensara un saludo casi imperceptible.

Luego había otros pacientes que soportaban el estigma de la esquizofrenia en todo su lenguaje corporal; muecas de una apatía terrorífica y extraña, miradas profundas de expresión inquietante.

Todos mantenían la mirada fija en el televisor desde sus respectivos asientos. La mayoría estaban sentados en fila india, sobre sillones de diseño de madera de roble clara, algunos en sofás de colores alegres y, unos pocos, en unas grandes butacas de orejas que dominaban la sala, de espaldas a la puerta de entrada.

En el momento en que Bryan paseó la vista por los pacientes que miraban la televisión, lo atrapó la expresión de preocupación del rostro de Frau Rehmann, que seguía hablando por el intercomunicador. Dijo un par de palabras más y se fue directamente hacia Bryan, al que cogió amablemente del brazo.

– Perdone, señor Scott, pero tenemos que seguir con nuestra visita rápidamente. Tendrá que disculparme, pero todavía nos queda toda una planta por ver y han surgido problemas que requieren de mi presencia.

Algunos de los pacientes apartaron la vista del televisor y los siguieron con la mirada hasta que hubieron abandonado la estancia. Sólo hubo uno que no reaccionó; había permanecido inmóvil en la butaca de orejas a la que la antigüedad de muchos años le había dado derecho. Al abrigo de aquel monstruo de mueble, sólo había movido los ojos ligeramente.

Lo que sucedía en la pantalla lo tenía atrapado.

CAPÍTULO 39

En el mismo momento en que abandonaron la sala, el hombre de la butaca retomó lo que estaba haciendo antes de que lo interrumpieran. Primero empezó a menear los pies como de costumbre. Luego separó los dedos de los pies hasta que empezaron a dolerle, respiró profundamente y se relajó. Acto seguido tensó las pantorrillas, hasta que éstas también empezaron a dolerle y luego la parte delantera de las piernas y los muslos. Después de haber activado y relajado todos los grupos de músculos de su cuerpo, volvió a empezar desde el principio.

La pantalla de televisión de grano grueso cambiaba de color constantemente. Las siluetas que se movían en el televisor habían sudado y transmitido toda la excitación que tenían dentro durante un buen rato. Ya era la tercera vez que veía a los mismos velocistas preparándose para la misma carrera. Movían los brazos y las piernas en un extraño ejercicio de relajamiento. Algunas de las zapatillas tenían tres rayas, otras sólo una. En el disparo y el posterior impulso hacia adelante, todos movieron los brazos describiendo molinillos en el aire, en un principio, hacia adelante y hacia atrás, luego hacia arriba, al cruzar la línea de meta. Todos eran hombres musculosos, sobre todo, los hombres de color; por todo el cuerpo, de los pies a la cabeza.

El hombre se puso en pie cautelosamente y alzó los brazos. Ninguno de los demás pacientes apartó la mirada de la pantalla. Nadie le hacía caso. Entonces volvió a tensar los músculos, grupo por grupo. Su cuerpo era como el de los hombres de color, armonioso, de los pies a la cabeza.

Algunos de los corredores se tumbaron en el césped. Ninguno era de color, y todos llevaban pantalones claros. La mayoría eran claros; los pantalones, claros. Mientras alzaba los brazos en el aire por décima vez, contó a los oficiales que formaban una fila en la barrera, separando la pista de los espectadores. Por cada cambio de cámara volvía a contarlos. Había veintidós.

Y entonces volvió a sentarse y retomó su programa.

Los velocistas se pasearon un buen rato con los brazos en jarras. También había visto esta carrera antes. No se miraban. La mayoría llevaban zapatillas con tres rayas. Sólo uno de ellos se había conformado con una. Contó el número de oficiales de la barrera. En esta carrera sólo había unos cuantos; ocho. Volvió a contarlos.

En medio del rótulo que indicaba una pausa entre las retransmisiones, volvió a ponerse en pie. Se inclinó hacia adelante y se agarró los tobillos, acercando el torso a los muslos. Cerró los ojos y tomó nota de los sonidos de la sala. El zumbido de los espectadores era ahogado por el silencio que anunciaba la próxima carrera, la misma que había visto el día anterior.

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