La Cabaña Del Tío Tom
- Автор: Stowe Harriet Beecher
- Язык: испанский
- Жанр: Классическая проза
Электронная книга - «La Cabaña Del Tío Tom». Краткое содержание книги:
El libro narra los acontecimientos de la vida del Tío Tom, un esclavo negro del sur de Estados Unidos que pasa de unos amos a otros, construyendo anécdotas entrelazadas y que reflejan la realidad de los esclavos americanos de la época, creando un contraste entre los personajes bondadosos y el contexto de injusticia en el que viven.
Su importancia radica en que es una novela con un gran contenido sentimental que que pretende crear un retrato y establecer una denuncia. Stowe logra la identificación del lector con los personajes, y con ello la comprensión más profunda de la injusticia. Es una novela que se conserva como manifestación histórica, que si bien es exagerada, tiene un objetivo claro y bien logrado.
Es recomendable porque nos da a conocer una parte importante e interesante de la historia estadounidense. Divertida, ligera y llena de sentimientos conmovedores (Escrito por Andrea Pieck)
La señorita Ophelia había intentado varias veces despertar su preocupación materna por Eva, pero en vano.
– A mí no me parece que le pase nada a la niña -decía-; corretea por ahí y juega.
– Pero tiene tos.
– ¡Tos! ¡No hace falta que me digas a mí lo que es la tos! Yo siempre he sido propensa a la tos, toda mi vida. Cuando yo tenía la edad de Eva, creían que era tísica. Mi madre velaba conmigo noche tras noche. ¡Oh, la tos de Eva no tiene importancia!
– Pero se fatiga y se queda sin aliento.
– ¡Caramba, eso me pasa a mí desde hace años! ¡Sólo son los nervios!
– Y suda tanto por las noches.
– Y yo también, desde hace diez años. Muchas veces se me empapa la ropa, noche tras noche. ¡No queda ni un hilo seco en mi camisón y las sábanas están tan mojadas que Mammy tiene que tenderlas para que se sequen! ¡Eva no suda de esa manera!
La señorita Ophelia cerró la boca durante una temporada. Pero ahora que Eva estaba postrada y visiblemente enferma y habían llamado al médico, Marie cambió de actitud de repente.
– Lo sé -decía-, siempre he sabido que era mi destino ser la más infeliz de las madres. Aquí estoy, con mi malísima salud, y mi única hija adorada se va a la tumba ante mis ojos y Marie sacaba a Mammy de la cama por la noche y despotricaba y alborotaba con más ahínco que nunca durante el día en virtud de esta nueva desgracia.
– ¡Querida Marie, no hables así! -dijo St. Clare-. ¡No debes rendirte tan fácilmente!
– ¡Tú no tienes los sentimientos de una madre, St. Clare! ¡Nunca has podido comprenderme, y ahora tampoco!
– ¡Pero no hables así, como si fuera un caso perdido!
– Yo no puedo aceptarlo con tanta indiferencia como tú, St. Clare. Si tú no padeces cuando tu única hija se encuentra en este estado alarmante, pues yo sí. Es un golpe demasiado fuerte para mí, encima de todo lo que sufría antes.
– Es verdad -dijo St. Clare- que Eva es muy delicada, siempre lo he sabido; y que ha crecido tan deprisa que se ha resentido su salud; y que la situación es crítica. Pero ahora mismo está postrada por el calor y por la emoción de la visita de su primo y los excesos que ha cometido. El médico dice que podemos tener esperanzas.
– Desde luego, sé optimista, si eres capaz; las personas que no sois sensibles tenéis mucha suerte en esta vida. Yo quisiera no sentirme como me siento, ya lo creo. ¡Me hace sentir fatal! ¡Ojalá pudiera sentirme tan tranquila como todos los demás!
Y «todos los demás» tenían buenos motivos para compartir su deseo, ya que Marie utilizaba esta nueva desgracia como razón y excusa para todo tipo de martirio que infligía a todos los que la rodeaban. Cada palabra que pronunciaba alguien y cada acto que se hacía o no se hacía en cualquier sitio no era sino una nueva prueba de que estaba rodeada de seres insensibles y despiadados que eran indiferentes a sus desdichas particulares. La pobre Eva oyó algunos de estos discursos, y lloró prolongada y amargamente de pena por su mamá, disgustada por causarle tanta aflicción.
Después de una semana o dos, mejoraron mucho los síntomas -una de esas treguas ilusorias con las que su enfermedad inexorable ilusiona a un corazón anhelante, aun al borde de la tumba. Se oían de nuevo las pisadas de Eva en el jardín y en los balcones; volvía a reír y jugar; y su padre, en un arranque de esperanza, declaró que pronto estaría tan fuerte como cualquiera. Sólo la señorita Ophelia y el médico no se dejaron ilusionar por esta calma engañosa. También había otro corazón que tenía la misma certeza: el pequeño corazón de Eva. ¿Qué es lo que indica a veces tan tranquila y claramente al alma que le queda poco tiempo sobre la tierra? ¿Es el instinto secreto de la naturaleza al debilitarse o el latido impulsivo del alma al aproximarse a la inmortalidad? Sea lo que sea, una certeza serena, dulce y premonitoria de que el Cielo estaba cerca yacía en el corazón de Eva; serena como la luminosidad de la puesta del sol, dulce como el sosiego brillante del otoño, allí reposaba en su pequeño corazón, inquieto sólo por la pena que sentía por los que la querían tanto.
Porque la niña, aunque la atendían con tanta ternura y la vida se desplegaba ante ella con todo el resplandor que podían conferirle el amor y la riqueza, no sentía ninguna pesadumbre por su muerte.
En aquel libro donde ella y su sencillo amigo habían leído tantas veces juntos, había visto y asimilado la imagen de uno que ama a los niños pequeños; y mientras miraba y pensaba, El había dejado de ser una imagen o un dibujo del pasado lejano para convertirse en una realidad viva y omnipresente. Su amor envolvía su corazón infantil con una ternura superior a la mortal; y ella decía que era hacia Él y su hogar donde se dirigía.
Pero su corazón anhelaba con triste ternura todo lo que había de dejar atrás. Su padre más que nada, porque Eva, aunque nunca lo había pensado de esa forma, tenía la percepción instintiva de que ella ocupaba un lugar más importante en el corazón de él que ningún otro. Quería a su madre porque era una niña muy cariñosa y todo el egoísmo de aquélla sólo la apenaba y consternaba, porque tenía la confianza típica de los niños de que una madre no podía hacer nada mal. Había algo en ella que Eva nunca pudo comprender, pero siempre lo pasaba por alto y pensaba que, después de todo, era su mamá y la quería muchísimo.
También sentía pena por los afectuosos y. fieles criados para los que ella era como la luz del sol. Los niños no suelen generalizar, pero Eva era una niña más madura que la mayoría, y los males que había presenciado del sistema bajo el que vivían habían llegado, uno por uno, al fondo de su corazón preocupado. Tenía unas vagas ansias de hacer algo por ellos, de bendecirlos y salvarlos no sólo a ellos sino a todos los de su misma condición, ansias que contrastaban tristemente con la debilidad de su pequeño cuerpo.
Tío Tom -dijo un día, mientras le leía a su amigo-, comprendo por qué Jesús quiso morir por nosotros.
– ¿Por qué, señorita Eva?
– Porque yo también lo he sentido.
– ¿Y qué es, señorita Eva? No comprendo.
– No te lo sé decir; pero cuando vi a aquellas pobres criaturas en el barco, ya sabes, cuando tú y yo…; algunas habían perdido a sus madres y otras a sus maridos y algunas madres lloraban a sus hijos… y cuando me enteré de lo de la pobre Prue, ¿no fue terrible?, y muchísimas veces más, he sentido que me gustaría morir si mi muerte pudiera poner fin a todo ese sufrimiento. Moriría por ellos, Tom, si pudiera -dijo la niña con seriedad, posando su pequeña mano sobre la de él.
Tom miró a la niña con reverencia; cuando ella, oyendo la voz de su padre, se alejó suavemente, pasó la mano muchas veces por los ojos al contemplarla.
– Es inútil intentar retener a la señorita Eva aquí -le dijo a Mammy cuando se encontró con ella un momento más tarde-. Tiene la señal del Señor en la frente.
– ¡Ay, sí, sí! dijo Mammy alzando las manos-, siempre lo he dicho. Nunca ha tenido aspecto de ser una niña destinada a vivir; siempre ha habido algo en el fondo de sus ojos. Se lo he dicho al ama muchas veces y ahora se hace realidad, todos lo vemos, ¡querida corderita del Señor!
Eva subió brincando los escalones del porche hacia su padre. Era el final de la tarde y los rayos del sol formaban una especie de halo detrás de ella cuando se adelantó con su vestido blanco, su cabello dorado y sus mejillas encendidas, los ojos brillando con la luz de la fiebre que ardía en sus venas.
St. Clare la había llamado para enseñarle una figurilla que le acababa de comprar; pero su aspecto, al acercarse, lo impresionó súbitamente de manera dolorosa. Existe una clase de belleza tan intensa y a la vez tan frágil que no soportamos contemplarla. Su padre la estrechó de repente en sus brazos y casi se le olvidó lo que iba a decirle.