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El eco de la memoria

Электронная книга - «El eco de la memoria». Краткое содержание книги:

Una novela sobre el recuerdo y el olvido, de la mano de uno de los escritores con más talento de Estados Unidos.
Una llamada anónima avisa de un accidente en una carretera a las afueras de Nebraska. Mark Shluter es trasladado al hospital donde entra en coma, junto a él había una nota anónima con un extraño mensaje: «No soy Nadie, pero esta noche en la carretera del norte, DIOS me guió hasta ti para que pudieras vivir y traer de vuelta a alguien más». Karin Shluter, hermano de Mark, vuelve a su ciudad natal para cuidar de su hermano. Educados por padres inestables, ninguno de los dos ha encontrado el equilibrio en sus vidas. Un día, Mark despierta del coma con un extraño caso de síndrome de Capgras, un tipo de amnesia en la que el afectado recuerda todos los detalles referentes a su vida salvo los sentimientos ligados a ellos. ¿Vio Mark algo que no debía saber aquella noche en la carretera?
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En los últimos días del mes, cuando incluso Bob Cavanaugh se había olvidado del libro y había dejado de llamarle, en The New Yorker, donde a veces Weber había publicado sus propias reflexiones, apareció un relato breve. La autora era una mujer de unos veinticinco años, al parecer muy conocida y bastante más allá de la última moda. Una estampa cómica de dos páginas, «De los archivos del doctor Lóbulo Frontal» adoptaba la forma de una serie de casos clínicos en primera persona contados por el neurocientífico que los examinaba. La mujer que utilizaba a su marido como una cubretetera. El hombre que despertó de un coma prolongado durante cuarenta años con el impulso de creer a los políticos por los que había votado. El hombre que adquirió una personalidad múltiple a fin de usar el carril de transporte colectivo. El cuentecillo hizo reír a Sylvie.

– Es muy entrañable. Y, al fin y al cabo, no trata de ti, cariño.

– ¿De quién trata?

Sus fosas nasales se expandieron al inspirar con fuerza.

– Trata de la gente. Unos paquetes infinitamente peculiares de síntomas andantes. Todos nosotros.

– ¿Se está riendo de personas con déficit cognitivo?

Incluso a él mismo le sonaron ridículas sus palabras. Podría haberle sugerido a ella que se tomaran unas vacaciones, si no fuese porque acababan de hacerlo.

– Ya sabes de qué se está riendo. De lo que la comedia se ríe siempre. Silbar cuando pasas por el cementerio. Nadie quiere creer que somos lo que vosotros decís que somos.

– ¿Nosotros?

– Ya sabes a quiénes me refiero. Los científicos del cerebro.

– ¿Y qué estamos diciendo exactamente que nadie quiere oír? ¿Nosotros, los científicos del cerebro?

– Uf, la tira. Los objetos pueden estar más cerca de lo que parece. El nuevo equipamiento médico puede dar unos resultados inesperados. Ninguna garantía escrita ni implícita. Todo lo que sabes es erróneo.

Aquella noche recibió otro correo electrónico desde Nebraska. Llegó junto con mensajes de amigos y colegas que, disimulando la agresión de buen humor, querían refregarle por las narices el relato de The New Yorker. Se los saltó y fue directamente a la nota de Karin Schluter, al tiempo que recordaba que aún no había respondido a las notas que le envió durante el verano. Los críticos estaban en lo cierto. Mark Schluter había dejado de existir cuando ya no pudo hacer nada más por Weber.

Las noticias de Karin le electrizaron. Su hermano creía que alguien le estaba siguiendo, con una variedad de disfraces. Mark estaba compilando una lista de detalles documentados que demostraban que la localidad de Farview había sido sustituida desde la noche del accidente y el día en que salió del coma, con el expreso propósito de desorientarle.

Weber acababa de encontrar un caso en la literatura clínica, procedente nada menos que de Grecia, de entre todos los lugares míticos, que describía la coexistencia de los síndromes de Capgras y Fregoli en un mismo paciente. Algo realmente notable le estaba sucediendo a Mark Schluter. Un nuevo y sistemático examen podría arrojar luz sobre unos procesos mentales absolutamente desconocidos, unos procesos que solo aquel déficit devastador podía revelar. Todas las cosas que nadie quiere oír.

Pero incluso mientras este pensamiento tomaba forma, se le ocurrió otro. Gerald Weber, neurólogo oportunista. Violador de la intimidad y explotador de barraca de feria. No podía decidir qué era peor, si aceptar el seguimiento de las nuevas complicaciones o no responder a la reiterada apelación. Aquellas personas le habían pedido ayuda, y él había entrado en sus vidas. Luego las había olvidado. Seguían trastornadas, todavía esperaban de él que hiciera algo. Su única receta, la terapia cognitiva conductual, parecía empeorar las cosas. Aun en el caso de que Weber no pudiera hacer nada más, por lo menos estaba obligado a escuchar y asistir.

En su nota, Karin Schluter no solicitaba nada abiertamente. «No quiero insistir de nuevo, sobre todo después de no haber tenido noticias suyas desde julio, pero he oído su entrevista por la Radio Pública y, dado lo que ha dicho sobre la plasticidad del cerebro, he pensado que por lo menos querría saber lo que le está ocurriendo a Mark.» Weber alzó la vista de la pantalla y miró por la ventana, al viejo arce que (¿cuándo?) había adoptado el color de un jilguero. El tiempo de la cosecha en Nebraska: el último lugar de la tierra adonde quería ir. ¿Cómo se llamaba el temor irracional a los espacios ondulantes y desiertos?

Solo escribir más podría salvarle. Un informe concentrado, publicado o no. Uno que redimiera lo que había estropeado con el anterior. No una historia clínica, sino una vida. Podía garantizar, por anticipado, la buena voluntad de todas las personas involucradas. Podía recrear a Mark Schluter, no combinaciones, no seudónimos, no detalles disimulados, no ocultación detrás de los datos clínicos. Tan solo el relato del refugio inventado, el esfuerzo, acompañado de temor, por construir una teoría lo bastante amplia para que la materia húmeda pueda vivir en ella. *

A la noche siguiente, después de cenar y mientras ella fregaba los platos, se lo dijo a Sylvie. Toda la negociación tenía un aire de déjà vu, pero él no había podido imaginar que el anuncio la irritaría.

– ¿Volver a Nebraska? ¿Lo dices en serio? La vez anterior saliste huyendo de allí cuando apenas habías llegado.

– Solo será un par de semanas, más o menos.

– ¡Dos semanas! No lo entiendo. Parece como… un cambio total.

– Creo que el Director de la Gira quiere que haga esto.

Ella estaba sacando las copas limpias del escurridor, las secaba lentamente y las colocaba fuera de su lugar.

– Si te ocurriera algo me lo dirías, ¿verdad?

Él cerró el grifo del agua caliente.

– ¿Ocurrirme? ¿Qué quieres decir?

¿Qué podía ocurrirle todavía en la vida?

– Cualquier cosa… Cualquier gran cambio. Si algo, en fin, te causara serias dificultades. O al famoso Gerald. ¿Me lo dirías?

Ya habían pasado semanas desde que algo le empezó a causar serias dificultades. Dejó la esponja, tomó el paño de las manos de Sylvie, lo dobló con pulcritud por la mitad y lo colgó horizontalmente de la barra del horno.

– Claro que sí. Siempre. Todo. Ya lo sabes. -Se acercó a ella y le puso tres dedos sobre el lóbulo temporal. Un escáner mental, un beso de explorador-. Solo cuando te digo las cosas yo mismo las entiendo.

CUARTA PARTE

PARA QUE PUEDAS VIVIR

Lo que estaba lleno no era mi nasa, sino mi memoria. Como la curruca zarcera, había olvidado que en la Bifurcación nunca sería más que de mañana.

Aldo Leopold,

Almanaque del Condado Arenoso

Regresan desde el Ártico. Ahora los tres miembros de la familia vuelan con muchos otros. A media mañana, cuando el aire calentado por el sol se alza en anchas columnas, las aves se elevan a varios centenares de metros por encima del suelo. Las bandadas flotantes se van engrosando, descienden a la siguiente corriente térmica hacia el sur, donde se elevan de nuevo. Llegan a alcanzar ochenta kilómetros por hora y recorren ochocientos al día con escaso batir de alas. De noche se deslizan a la superficie y se posan en extensiones de agua someras y abiertas que recuerdan de años anteriores. Navegan sobre campos cosechados, dinosaurios alados cuyos gritos parecen toques de clarín, un último gran recordatorio de la vida antes de que empezara a existir la conciencia.

La cría, ya con el plumaje totalmente desarrollado, sigue a sus padres de vuelta a un hogar del que debe aprender que ha partido. Tiene que ver el meandro una sola vez, memorizar sus hitos. Esta ruta es una tradición, un ritual que solo cambia ligeramente, transmitido a través de generaciones. Incluso retiene las pequeñas irregularidades (a la izquierda, bajando por ese valle, para seguir más allá de aquel afloramiento rocoso). Algo en su visión debe de cotejar los símbolos. Pero ninguna persona sabe cómo lo hacen y ninguna ave puede decirlo.

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* En el original, wetware. Término utilizado para describir la interacción entre el cerebro humano y el software. Por otro lado, en la jerga de los piratas informáticos la materia húmeda significa cerebro. (N. del T.)

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