Long John Silver
- Автор: Larsson Bjorn
- Язык: испанский
- Жанр: Морские приключения
Электронная книга - «Long John Silver». Краткое содержание книги:
Este hombre seductor, capaz de mil traiciones y siempre dispuesto a pactar para sobrevivir, nos cuenta ahora su intensa vida desde su retiro en la isla de Madagascar: así es como la magia de la letra impresa consigue hacernos llegar una autobiografía imposible y sin embargo tan real como las mejores páginas de la buena literatura.
Björn Larsson, escritor y navegante, es el autor de este doble salto mortal que nos regala la voz de Pata de Palo para que él mismo nos diga la verdad, y nada más que la verdad, sobre sus andanzas de hombre y marinero.
Me acuerdo como si fuera ayer. ¡Vaya espectáculo! Seguro que no te crees lo que estás leyendo, Jim, pero había algunos que lloraban a lágrima viva, pero no de dolor, sino porque perdían el coraje. Habían pasado toda su existencia sin ver más allá del horizonte. La mayoría había olvidado lo que había más allá de la popa y tampoco les importaba. Aparte de aquello, todo estaba desierto como una tumba. Ahora, con Flint muerto, de golpe tenían que pensar por sí mismos, tomar decisiones y darle un rumbo al caos de la vida. Fue como si tuvieran vértigo y se vieran obligados a subir hasta la cofa.
Incluso yo estaba afectado. Sin Flint todo había terminado. Era el último de los grandes, el único que había salvado la vida hasta que él mismo puso fin a sus desgracias. Sin él estábamos perdidos. Le tenían miedo e incluso lo detestaban a bordo, pero era inmejorable en su terreno. Se había tomado libertades a costa de la tripulación, había gozado de mujeres a bordo en contra de las normas; había enterrado gran parte de lo que nos pertenecía a todos para que nadie se pudiera retirar, había matado a una docena de los nuestros por cobardes, pero Flint era Flint, un excelente capitán en combate, cuidadoso de su pellejo, del mío y de los nuestros, y un consumado navegante por la gracia de Dios.
Nadie, y en aquel entonces teníamos a mucha gente buena a bordo, le superaba a la hora de maniobrar el barco cuando las cosas se torcían.
Así pues, pasamos seguramente un par de días con Flint rondándonos la cabeza y un par de noches en vela empapadas en ron, antes de que yo, y que conste que fui el primero, empezara a pensar en el mapa de Flint. Lo registré de pies a cabeza, sin éxito. Revolvimos su camarote, bueno, el Walrus entero, sin encontrar ni el menor rastro de la mano de Flint. Después hubo alguien, Hands, creo, que preguntó por Billy Bones, que había estado emborrachándose con Flint hasta el fin. Y entonces descubrimos que el llamado Bones había puesto pies en polvorosa y que el esquife había desaparecido.
Los hombres gritaron de rabia. Se hizo nuevo juramento acerca de que nuestro grupo no se disolvería hasta que Bones estuviera muerto, hasta localizar el mapa y rescatar el tesoro. Una parte de la tripulación me eligió a mí como una especie de capitán, ya sabes quiénes. A Flint lo echamos por la borda sin más miramientos, ahora que de nuevo había ánimo para seguir viviendo.
Bajo mi supervisión como contramaestre, se repartieron los botines a partes iguales. Construimos cuatro barcos pequeños con el maderamen del Walrus y quemamos luego lo que quedaba de él. Al final hicimos una fiesta como pocas y acabamos con toda la bebida y toda la comida que no iba a caber en los barcos pequeños. El festejo duró una semana entera, y casi nunca he visto una banda de caballeros de fortuna más triste y espantosa que aquellos hombres pálidos y ojerosos que se volvieron a sus barcos y pusieron rumbo cada cual a un punto cardinal sin volver la vista atrás.
Aquí tienes la historia, Jim. Los últimos piratas, los peores de todos ellos, acabaron así en la tumba para felicidad de todos los usureros de las compañías comerciales.
No sé qué pasó con los otros tres barcos; viajaban treinta hombres en cada uno. Probablemente algunos fueron apresados y ahorcados, otros murieron borrachos perdidos o acabaron sus días como pobres mendigos, es decir, lo habitual. Pero no fue así con los que estaban a mis órdenes, te lo aseguro. Dimos con las huellas de Bones y supimos que había vuelto a Inglaterra. Ahí tienes la respuesta, Jim, el porqué me encontraste en Bristol.
No volví para llevar una vida honrada, como se suele decir. ¿Cómo lo iba a hacer, con un historial como el mío? Volví expresamente por la sed de dinero, ¡recuérdalo! Volví a Bristol con un peligro constante para mi vida y mi pellejo, el poco que me quedaba. ¡Recuérdalo!
También te quiero decir, antes de que se me olvide, que para ese que la humanidad llama enemigo del Rey, del Parlamento, o «terrorista», como le denominan los papistas, para un tipo así no es posible cambiar de rumbo. Antes de morir se le ofrecen sólo dos vías si es que quiere vivir como una persona con sentido común. Una es mantener el rumbo. La otra, dejarse llevar a la horca.
No hay otro camino si no quiere vivir escondiéndose el resto de sus días y temer constantemente por su pellejo sin poder confiar en nadie. «Amnistía», dirás quizás. Hay caballeros de fortuna que se han acogido a la amnistía. Claro, digo yo, pero ¿cómo es su vida a partir de entonces? Su Majestad quizás otorgue amnistía y clemencia, pero ¿lo hace la gente corriente? ¿Y los usureros?
Capítulo 34
Sí, Jim: escribo mi vida, la verdad de lo ocurrido, Jim, y nada más. ¿Te sorprende? Seguro, ya contesto yo, porque sabes tan bien como cualquiera que antes ignoraba casi todo lo que tuviera que ver con la verdad. Sólo me preocupaba mi propia credibilidad. Gracias a ella llegué a ser alguien en el mundo.
Dicho con otras palabras, he echado a perder el último año poco más o menos, porque a mi edad ya no se es tan meticuloso con el tiempo, y he estado con el culo pegado a la silla, escribiendo e intentando poner en orden una vida que parece haber sido la mía. Debes creer que es un trabajo duro, no apto para vagos y gandules. Pero tú ya lo sabes, ¡tú, que de todas formas escribiste el relato sobre la isla del Tesoro!
Seguramente te preguntarás por qué me he dirigido a ti de esta forma. El caso es que escribir es una actividad bastante solitaria; he descubierto que es más solitaria que la vida misma, y sé muy bien de qué estoy hablando. Así pues, tendrás que leer y aguantarte.
Por lo demás, no eres el primero que disfruta de este honor. Imagínate, Jim, que le he relatado la mitad de mi vida al escritor Defoe. Ahora pensarás que estoy loco, muerto y enterrado como él, pero tenía que confiar en alguien. Podría haber pensado en ti. Tú estás vivito y coleando, eso espero, y sabes leer. Así pues, he decidido escribirte hasta que la savia se me seque y las venas se me agoten. Debería interesarte de todas maneras, porque lo que queda por contar es el tiempo que pasé con Flint, además del que tú contaste en La isla del Tesoro, naturalmente. Porque a pesar de todo me hiciste un favor, ya que así no necesito recordar y relatar ese desgraciado fracaso, y todo gracias al afecto que le tenía a un muchacho como tú. Correría el año de gracia de 1723 cuando de nuevo toqué tierra en Port Royal, en Jamaica, tras mis recientes experiencias en Londres, con la ayuda de Defoe, gracias a las cuales aprendí qué lugar ocupa en el mundo un tipo como yo. De compañía llevaba a Israel Hands, que no era el tipo más dócil del mundo. Empezó a beber como un cerdo en cuanto dejamos atrás Gravesend, y continuó como se sabe hasta su muerte. Era un feo diablo aquel Hands, y había momentos en que deseaba que Barbanegra hubiera apuntado un poco más alto. Nadie te va a reprochar, Jim, el final que tú le diste.
Seguro que le preguntas a Silver, tu viejo compañero de barco, por qué fue arrastrando consigo una carroña como Hands. Te lo voy a contar.
En aquella época, los días de los caballeros de fortuna ya estaban contados. Muchos estaban muertos y la ley había puesto precio a la cabeza de los demás. Los españoles transportaban sus riquezas en convoyes de cientos de barcos. Y los caballeros de fortuna, a pesar de todo, no eran suicidas, aunque tampoco fueran muy meticulosos en cuestiones como la vida o la muerte.
Además, los gobernadores de las islas tenían participación en el comercio regular. Antes extendían patentes de corso, cobraban un porcentaje a cambio de nuestros ataques, eran propietarios de los burdeles y de las tabernas, y hablaban en favor de los intereses de los caballeros de fortuna, ya fuera ante el Rey o ante el Parlamento. Pero cuando los beneficios disminuyeron se hizo más rentable invertir en el comercio regular, y nosotros tuvimos por enemigos a gente peor que todos los buques de guerra y los cañones. Que no se te olvide, Jim: que no hay peor enemigo que quien habla de beneficio insuficiente y de porcentajes incorrectos. Luchar contra eso es como mear, contra el viento. No hay nadie que pueda mantenerse limpio, siempre se acaba apestando.