Long John Silver
- Автор: Larsson Bjorn
- Язык: испанский
- Жанр: Морские приключения
Электронная книга - «Long John Silver». Краткое содержание книги:
Este hombre seductor, capaz de mil traiciones y siempre dispuesto a pactar para sobrevivir, nos cuenta ahora su intensa vida desde su retiro en la isla de Madagascar: así es como la magia de la letra impresa consigue hacernos llegar una autobiografía imposible y sin embargo tan real como las mejores páginas de la buena literatura.
Björn Larsson, escritor y navegante, es el autor de este doble salto mortal que nos regala la voz de Pata de Palo para que él mismo nos diga la verdad, y nada más que la verdad, sobre sus andanzas de hombre y marinero.
Brindó conmigo y prometió que mis esclavos serían llevados a bordo al amanecer. El pago lo podría hacer al día siguiente. Naturalmente, fue muy grande la tentación de subirlos a bordo y zarpar sin dejar ni una sola moneda de plata, pero en ese caso no habrían sido vendidos según las reglas. Insistí en arreglar todos los documentos de inmediato, conté el dinero acordado y recibí en mano los certificados que demostraban con la claridad deseada que yo era el propietario de trece esclavos, doce hombres y una mujer.
No me fui directamente al barco. Primero me senté en la taberna y pedí un vaso de kil devil. Matar al Diablo: para eso servía, porque cada año de mi vida había sido un puro infierno. Naturalmente, el propietario de la taberna puso los ojos como platos cuando yo, un caballero, pedí la bebida de los esclavos, pero de todas formas me sirvieron algo que sabía a diablos.
Pensé en lo que había pasado; el fracaso del motín a bordo del Libre de penas, la traición de Scudamore, las actividades en la bodega de los esclavos con Jack, la picha cortada de Butterworth, la rebatiña, la esclava que fue azotada por acostarse conmigo, los brillantes y malvados ojillos del padre Holt, mi disparo que liberó al mundo de su presencia. Yo no era de los que sufrían con los recuerdos, pero debo admitir que éstos no eran de los que a uno le mejoran el ánimo.
Me adentré en la isla y enseguida vislumbré entre los árboles la plantación de los curas. Me acerqué escondido para ver mejor. Era como sospechaba, bastaba con pensar un poco. La iglesia de piedra estaba en su sitio y se había levantado una nueva residencia. Me abrí camino entre los matorrales para ver la plantación de caña de azúcar. Tampoco allí se había producido ningún cambio, si acaso a peor, porque los curas la habían ampliado hasta doblar el número de esclavos y el terreno cultivado. Además, habían empleado a los capataces y a un vigilante blanco. Eso fue lo único que conseguí. Los curas ya no confiaban en que su Dios les diera fuerzas suficientes para poder manejar a sus esclavos. ¿Y qué ventaja había en eso? ¿Que habían aprendido una lección y que no eran tan completamente lerdos como antes?
Volví a Charlotte Amalia y remé hasta el barco, donde Hands se pavoneaba con sus lujosos ropajes. Hands estaba feliz como un niño, como la mayoría de los caballeros de fortuna, al emperejilarse con gorguera, sombrero de plumas, botones de latón y cuantos adornos cayeran en sus manos. Si la ocasión lo permitía, estaban más que dispuestos a portarse como pavos reales aunque tuvieran un aspecto horroroso, siempre igual, por mucho que intentaran lo contrario. Hands no era ninguna excepción, pero además era feo como un diablo.
– Hands -le dije-, puedes dejar el baile de disfraces. Ya no necesitamos hacer el paripé. Por la noche seremos más. He conseguido doce hombres más.
Hands soltó un expresivo silbido.
– ¿Has contratado gente en este agujero? -preguntó-. Por todos los diablos, no está nada mal en estos tiempos que corren. ¿Con quién han navegado antes? ¿Con Taylor? ¿Roberts? ¿Kidd? ¿Alguno de los grandes?
– Con ninguno. Son todos de tierra adentro.
– ¡Marineros de agua dulce! -rió despectivo.
Y en cierto modo tenía razón, porque no había aventurero con una cierta dignidad que enrolara a marineros de agua dulce. Podían ser cualquier cosa: ladrones, bucaneros o algo peor, eso no importaba. Era más fácil hacer piratas de los lobos de mar que hacer simples marineros de los hombres de tierra adentro.
Pero si Hands se quejó por esto, no fue nada comparado con los juramentos que soltó cuando vio la carga que remaba hacia nosotros bajo la pertinente vigilancia.
– ¡Negros de las plantaciones! -se indignó-. ¿Pero qué cojones te pasa, John? ¿Qué diablos vamos a hacer con esta gente a bordo? ¡Si en su vida han visto un barco!
– Claro que sí -dije tan satisfecho-. Pasar dos meses en la bodega de los esclavos no es para avergonzarse. No vomitarán sobre tus ropajes a la primera brisa. Son unos pícaros y son gente dura, lo puedo asegurar. Yo mismo estuve con ellos cuando los transportaron.
Hands abrió mucho los ojos, aunque le costó un gran esfuerzo, ya que los tenía como dos ranuras, como mirillas.
– Además -dije con los certificados en la mano-, son todos míos. Los he comprado.
Hands sonrió. Ese idioma sí que lo entendía. Claro que después fue otra cosa cuando el esquife del gobernador se colocó a nuestro lado y hubo que diferenciar cada una de las caras.
– ¡Una mujer! -exclamó Hands, como si hubiera visto una serpiente de cascabel.
– Sí -dije-, ya sé lo que piensas: que las mujeres son una mierda de carga que sólo consiguen sembrar la discordia y enemistar a los hombres, que les debilitan el cuerpo y el alma. ¿Verdad o mentira?
– ¡Verdad! -gruñó Hands-. Las mujeres no tienen nada que hacer a bordo.
– Pero ¿por qué? -pregunté-. ¿Lo has pensado alguna vez?
– No está bien. Habrá envidia y peleas. Y tenemos otras cosas en que pensar. Con mujeres cerca se vuelve uno blando y vago. No pueden pelear y estar unidos, así es.
– Pero ¿por qué, Hands? Te lo voy a explicar: la mayor parte de los hombres de a bordo son unos puteros del demonio. No tienen más que un coño en la cabeza en cuanto ven a una mujer. Y por conseguir un coño tontean, sacan pecho como los gallos y rugen como leones. Son como animales, Hands, pero peor, porque los animales por lo menos van detrás del olor. Y digo yo, a la mierda los maricones que no se aguantan de pie en cuanto ven unas faldas. Eso de una parte. Y de otra, éste no es un barco pirata y a bordo harás lo que yo diga. ¿Has entendido?
Hands no respondió, sino que se retiró cabizbajo y enfurruñado, como era habitual en él.
– ¡Capitán Johnson! -se oyó desde el bote. Uno de los soldados dijo acto seguido que había entregado doce esclavos marcados a fuego además de una mujer, todos por el momento de mi propiedad.
Firmé un recibo conforme admitía la mercancía, y después me hicieron el saludo militar y me entregaron una veintena de botellas de ron de la propia bodega del gobernador. Estaba claro que éste no sabía lo bien que me quería.
Tan pronto empezaron a bajar los soldados por nuestro lastimoso pasamano, di a Hands la orden de levar anclas con la ayuda de los negros que necesitara, y colgar cuanto antes algunos trapos. Adquirimos velocidad en cuanto se soltó uno de los amarres de costado; como se ha dicho, Hands sabía hacer las cosas. Mientras aún nos podían oír me di la vuelta, no pude contenerme, y les grité.
– ¡Dad las gracias al gobernador por su regalo y decidle que es John Silver quien se lo agradece! ¡John Silver, que no se os olvide!
Claro que este nombre ya lo tenían bien grabado en la memoria, porque de pronto se levantaron dos mosquetes. Las balas me pasaron silbando cerca de la cabeza; al instante quedamos fuera de tiro. Me reí de buena gana. Al fin y al cabo, valía la pena vivir la vida, me dije.
Sólo otra persona rió conmigo: Dolores. Nadie más entendió por qué era tan divertido que una bala te pasara silbando tan cerca de la frente. Ni siquiera Hands, que dio en el clavo cuando en presencia de Defoe comentó que no tenía sentido ir a la guerra si no se corría el peligro de perder la vida en ella.
Capítulo 35
Navegamos toda la noche con rumbo sur, porque le había pedido a Hands que encontrara una bahía resguardada tras los arrecifes de coral, por la parte donde daba el viento, para que nadie nos molestara. Yo estaba casi siempre en el timón mientras Hands navegaba satisfecho, sondando, escudriñando el horizonte, tomando el ángulo de demarcación de la estrella Polar y anotando el rumbo en la pizarra que había montado antes de zarpar. Todavía estaba molesto por tener que llevar a bordo a aquellos marineros de agua dulce y a una mujer, pero cumplía con su obligación. Yo, por mi parte, por una vez en la vida, estaba satisfecho de mí mismo y de la situación.