Long John Silver
- Автор: Larsson Bjorn
- Язык: испанский
- Жанр: Морские приключения
Электронная книга - «Long John Silver». Краткое содержание книги:
Este hombre seductor, capaz de mil traiciones y siempre dispuesto a pactar para sobrevivir, nos cuenta ahora su intensa vida desde su retiro en la isla de Madagascar: así es como la magia de la letra impresa consigue hacernos llegar una autobiografía imposible y sin embargo tan real como las mejores páginas de la buena literatura.
Björn Larsson, escritor y navegante, es el autor de este doble salto mortal que nos regala la voz de Pata de Palo para que él mismo nos diga la verdad, y nada más que la verdad, sobre sus andanzas de hombre y marinero.
– Claro que… ¿quién sabe? -pensó Snelgrave en voz alta-, quizá nos equivocamos todos. Un tipo como John Silver no parece regirse por las mismas leyes que valen para el resto de los mortales. La manera en que consiguió conservar la vida y llevarse bajo el brazo una parte del tesoro de Flint son buena prueba de ello.
– ¿Y a qué otras normas debería someterse? -pregunté.
– Posiblemente, las de la fantasía -respondió Snelgrave-. Parte de lo que se dice de él es tan increíble que no puede ser verdad.
Me eché a reír de nuevo. Snelgrave me ponía de buen humor, no había ninguna duda.
– Pues quizá podría preguntar a los pobres diablos que se encontraron con Silver si era un personaje fantástico.
– Sí, quizá lo haga. También debería saber más corsas, pues no en vano me he topado con piratas de carne y hueso y sé bien qué crueldades pueden llegar a cometer. Pero lo curioso es que Silver en realidad no existe. Johnson no puso nada de él en su libro. Tampoco el Almirantazgo sabe nada. Yo mismo lo he investigado.
– ¿Qué es lo que ha hecho?
– He investigado este asunto. He intentado descubrir el misterio de John Silver.
Lo cierto es que no era fácil para mí aguantar el tipo y contenerme. ¿Qué derecho tenía aquel hombre a interesarse por mí, a investigar el asunto, como él decía? Maldita sea, como si yo no fuera más que un travesaño de mástil.
– ¿Por qué motivo? -pregunté-. ¿Para que lo cuelguen?
– Ni mucho menos -protestó Snelgrave-. No es mi intención. No, sólo que ese hombre me cautiva. De verdad que me gustaría saber qué clase de tipo es.
– Entonces tenemos algo en común. -Me salió del alma.
– ¿Usted también? -dijo Snelgrave.
«Ahora -pensé-, ahora sí», pero no pasó nada.
– Sí -dije-. Después de lo que ha contado usted, parece que es un bicho raro. Además, siempre me han gustado los buenos relatos, como los que se cuentan alrededor del mástil.
– Entonces estoy seguro de que a bordo tengo algo que le puede interesar.
Cuando se fue, yo seguía sin saber a ciencia cierta lo que quería, pero posiblemente él tampoco tenía las cosas claras con respecto a mí. Con mano sabia desvié la conversación de las traicioneras aguas que corrían alrededor de John Silver, pero una cosa sí tuve tiempo de entender: que me esperaba la horca en cuanto pusiera un pie en Bristol. No por culpa de Trelawney. Por lo que yo tenía entendido, él a pesar de todo había cumplido su palabra de no llevarme a juicio en mi ausencia, ni por asesinato ni por motín, pero la historia de lo acaecido cuando se encontró el tesoro de Flint y pasó a otras manos se había extendido como una mancha de aceite. Y que yo estuviera libre, que probablemente fuera rico y quizá feliz, era naturalmente una molestia para todos los bienpensantes. No había ningún motivo para no creer en la horca balanceándose sobre mi cabeza. Yo era un grano, es verdad, una astilla en el ojo, pero seguía vivo. Yo existía, era irrefutable, incluso en varias ediciones, y estaba tan lejos de ser olvidado como cualquiera de mi gremio pudiera desear.
Al día siguiente hablé con Jack de la fiesta y le dije que iba a ser como en los viejos tiempos, cuando con la alegría se sabía lo que pretendía la gente. Le pedí que no escatimara nada en honor de Snelgrave y sus lobos de mar. A mediodía dejamos nuestro fuerte con comida y bebida para una tripulación completa. Jack se quedó en tierra para preparar una barbacoa de verdad. El, que había estado en las Antillas y había frecuentado a piratas y bucaneros, no necesitaba más instrucciones sobre el asunto. Yo me fui remando en lancha hasta el Delight of Bristol, llamé y me izaron a bordo con una polea, como si fuera un saco o como si me consideraran demasiado viejo para trepar por una escala de cuerda con mi única pierna.
Snelgrave me recibió con los brazos abiertos, me enseñó el barco, me presentó a los marineros que contestaron con gritos de júbilo y después me condujo al camarote de proa, donde habían puesto la mesa para almorzar. Snelgrave me preguntó enseguida qué nos faltaba y yo le respondí que pólvora, sal y aceite para las lámparas, además de lo que ya habíamos hablado: el espejo y los libros. Snelgrave señaló un paquete envuelto en tela de arpillera y dijo que era un regalo personal de su parte. Luego llamó y pidió -sí, de hecho no lo ordenó- que un grumete, su camarero, cargara el paquete y todo lo demás en su lancha. Yo puse sobre la mesa una pequeña bolsa con monedas.
– Aunque he sido comerciante -dije-, no estoy al día de los precios y los cambios. Pero aquí hay veinte ducados españoles. ¿Es suficiente?
– Más que suficiente. Es algo más que el mismo número de libras, de acuerdo con el valor actual de éstas.
– Entonces, quédese usted con la diferencia y repártalo entre la tripulación.
– Es usted muy generoso -dijo Snelgrave-. Y magnánimo.
– ¿Magnánimo? -contesté-. No lo creo. Hago simplemente lo que me parece bien. Nada más.
– Exactamente -dijo Snelgrave.
Durante la comida hablamos de las travesías marítimas y de lo que hacen los hombres de mar cuando están juntos. Snelgrave también relató indignado la gran estafa que se había descubierto en la Compañía de los Mares del Sur: los empleados, importantes o no, habían hecho un desfalco de miles de libras.
– Superó las pérdidas que la Compañía había sufrido por culpa de los piratas durante diez años -comentó Snelgrave.
– ¿Y a cuántos ahorcaron?
– A ninguno -contestó Snelgrave-. Tenían sus protectores. Algunos acabaron en Marshalsea por culpa de las deudas, eso fue todo.
Después remamos hasta la playa con los hombres y todo lo demás. Jack y algunos marineros de Snelgrave ya habían encendido la hoguera, y había dos cerdos asándose despacio encima de un fuego de bostas secas y virutas, como tenía que ser. Había ron y cerveza, sí; Jack incluso había conseguido traer a mujeres del lugar, todo un honor para los hombres blancos. Y además, maldita sea, él y el carpintero habían construido una larga mesa y los bancos para sentarse. El murmullo de satisfacción entre la tripulación se hizo cada vez más patente. Snelgrave me miraba admirado. Cuando todos habían tomado asiento o, cosa que hizo la mayoría, se habían tirado sobre la arena cálida y fina, en la que hundieron sus pies de lobos de mar, endurecidos de andar descalzos por cubierta y por el contacto con las cuerdas, entonces me preparé para lo que ya sabía que iba a ser a ciencia cierta mi última aparición como Long John Silver, llamado Barbacoa, el que siempre había sido y siempre sería, pasara lo que pasase, hasta el día en que muriese.
– Muchachos -dije con la voz potente de mis buenos tiempos-, ¿puedo pedir un momento de atención para un buen hombre que quiere deciros unas palabras?
Se acalló el murmullo y se hizo el silencio como antes, pero no como en la tumba, pues estábamos de fiesta y para eso yo también tenía una voz especial.
– No lejos de aquí -empecé-, con el océano como unidad de medida, dijéramos, al que estáis acostumbrados como navegantes de alta mar que sois, está la isla Sainte-Marie, o Nosy Boraha, como la llaman en su jerga los indígenas. Existe, por si alguno creyera lo contrario, y puedo demostrar que se puede jurar y maldecir igual de bien que en cualquier otro idioma, aunque, demonios, sea bastante difícil de pronunciar. Jack, mi hombre de confianza, se llama Andrianamboaniarivo, y os digo que si hubiera tenido huesos en la lengua a estas alturas se me habrían roto en pedacitos de tanto tiempo que hace que vivo aquí en la isla.
La mayoría rió.
– En suma -continué-, Sainte-Marie era el nido y la guarida de los piratas, es decir, su paraíso. Ni más ni menos. Y la verdad es que no era lo que parecía, porque no creo que nunca vieran ni sombra del Paraíso. Y con razón, en cierto modo. Me hubiera gustado ver la cara de san Pedro cuando abriera las puertas para decidir si dejaba pasar a Barbanegra, a Roberts, a Davis y a Flint, cuando pidieran permiso de entrada en el Reino de los cielos. Es una suerte que Dios sea omnipotente, porque si no, pensando cómo eran aquellos cuatro caballeros, se le habría caído el pelo. No, los piratas, los caballeros de fortuna o como se les quiera llamar, a favor o en contra, no eran los mejores hijos de Dios. Pero por lo menos sabían una cosa: que no valía la pena llorar las penas de antemano, porque de cualquier forma llegarían cuando fuera la hora…