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Long John Silver

Электронная книга - «Long John Silver». Краткое содержание книги:

¿Quién no recuerda a Long John Silver, el famoso Pata de Palo de La isla del tesoro? Espíritu rebelde, audaz y mujeriego, el intrépido marino surcó los mares a las órdenes de piratas tan temidos como England o Flint, contrabandeó en las costas de Francia y fue vendido como esclavo en las Antillas, convirtiéndose en el personaje más carismático y controvertido de R. L. Stevenson.
Este hombre seductor, capaz de mil traiciones y siempre dispuesto a pactar para sobrevivir, nos cuenta ahora su intensa vida desde su retiro en la isla de Madagascar: así es como la magia de la letra impresa consigue hacernos llegar una autobiografía imposible y sin embargo tan real como las mejores páginas de la buena literatura.
Björn Larsson, escritor y navegante, es el autor de este doble salto mortal que nos regala la voz de Pata de Palo para que él mismo nos diga la verdad, y nada más que la verdad, sobre sus andanzas de hombre y marinero.
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Al fin y al cabo, cuando uno hace las cuentas pocas veces tiene tal tranquilidad de espíritu, o así me ha pasado a lo largo de la vida. No; por lo visto, he sido un diablo inquieto, me doy cuenta ahora, del principio al fin. Y tampoco he sido muy alegre por lo general, si debo fiarme de mi memoria.

¿Cómo podía estar Dolores tan tranquila y tan impasible? Se quedó y facheó conmigo el resto de su vida, pero apenas me hablaba. Parecía como si creyera que ya lo había dicho todo a este lado de la tumba. Nunca la obligué ni tampoco intenté convencerla para que abriera la boca; de todos modos, ¿de qué me habría servido? Era una mujer que hacía que los hombres fueran más castos que las monjas, quisieran o no.

Recuerdo lo que pasó cuando le di la noticia de que Scudamore había sido colgado en cabo Corso después de haber sido traicionado por los negros que llevaba a bordo. Dolores se echó a reír con sus argentinas y perladas carcajadas, capaces de lograr que cualquiera se imaginara que la vida valía la pena de ser vivida. Estuvo riéndose casi un día entero, dando palmas de auténtica alegría y bailando de excitación y de agradecimiento. No había olvidado que Scudamore la había manoseado con sus dedos sebosos sin su permiso.

Bueno, seguramente fui el único que la pudo tocar con su consentimiento. Y ni siquiera yo pude entrar dentro de ella más que una sola vez, la primera noche en la isla; supongo que fue un acto de agradecimiento. Después tuve que conformarme con acariciarla y ser acariciado por todas partes, eso sí, no porque fuera pudorosa o mojigata como la gente de bien, pero me dijo que si la quería a mi lado toda la vida, tenía que ser sin descendencia. Estuve de acuerdo con sus condiciones, que eran lógicas para un tipo como yo. ¿Qué crío con sentido común iba a quererme a mí como padre? Y la existencia de John Silver… Bueno, de eso me ocupo yo mismo aquí sobre el terreno, por escrito.

Así pues, dejé que Dolores hiciera su voluntad sin protestar. La savia salía de mí de vez en cuando, de su mano o de la mía propia, de una manera u otra. Claro que probablemente yo era el único caballero de fortuna que se limitó a una sola mujer en tierra, con excepción de algunos que se habían quedado en Madagascar, aunque ellos tenían casi siempre un harén.

«¡Eres un tipejo insólito!», acostumbraba a decirme George Merry, cada vez que yo exponía alguno de mis puntos de vista en público y se escuchaba mi discurso.

Desde mi presente perspectiva las palabras de George cobraban sentido. Yo no pertenecía ni siquiera al grupo de caballeros de fortuna más variopintos.

¿Por eso se quedó Dolores conmigo? No tengo respuesta. Claro que compré su libertad, pero ¿acaso no tenía derecho a algo bueno en este mundo? ¿Por qué se sentía atraída por un tipo como yo? ¿Por qué nunca pude saber lo que pensaba?

Estuvo a mi lado toda la noche, al salir de aquella isla Saint Thomas en que había trabajado cortando caña de azúcar durante cuatro años, pero ¿decir algo? No, ni una palabra. Jack y los demás dormían en cubierta, directamente sobre la tablazón, pues ya tenían el cuerpo acostumbrado. Hands juraba y maldecía cuando tenía que pasar a izar la sonda y se veía obligado a mirar dónde ponía los pies, pero los dejó en paz.

Desnuda como Dios la trajo al mundo -no sé cómo pudo Dios crear a una mujer como ella y a un tipo como Butterworth a la vez- permaneció a mi lado toda la noche. A veces me acariciaba para asegurarse de que todo aquello era real y de que había dejado de ser esclava. El agua estaba tan llena de fosforescencias que la mar chisporroteaba como si navegáramos en el firmamento. La noche era tan calurosa que los vientos alisios, entre las islas, daban justo el frescor que nosotros deseábamos. Por una noche así se puede vivir mucho, estoy seguro.

Anclamos justo después del amanecer con la risa perlada de Dolores, su primer sonido después de abandonar Saint Thomas. Despertó a los demás y logró que hasta el propio Hands se sonriera antes de pensarlo mejor. Hands preparó un desayuno a base de tocino, pan y un vaso de ron de la bodega del gobernador para quien quisiera. Cuando todos estuvieron satisfechos y contentos, tomé la palabra y les expuse cómo estaban las cosas; les dije que había comprado su libertad de una vez por todas, tras lo cual les mostré los certificados.

– Me gustaría hacerlos pedazos -dije-, pero no es tan fácil ser libre en el mundo. ¿Quién iba a creeros a ninguno de vosotros si fuerais por ahí afirmando que sois hombres libres? Os tomarían por esclavos fugitivos y por mentirosos, con las marcas a fuego que lleváis. Si queréis ser libres, tenéis que acompañarme hasta Jamaica. Allí arreglaré los papeles para que seáis hombres de nuevo. Sin papeles ni documentos, debéis saber que siempre sospecharán lo peor. Por otra parte, así es la vida que vais a vivir a partir de ahora a este lado del Atlántico. Si me preguntáis cómo, os diré que será casi como antes, en las plantaciones o en las casas de los amos; seréis burros de carga en el puerto, aunque a cambio de un sueldo miserable y sin látigo. Iréis de rodillas el resto de vuestras vidas si os quedáis aquí, por muy libres que seáis.

Me quedé callado.

– ¿Qué propones tú? -preguntó Jack al darse cuenta que yo me guardaba un as en la manga.

– Lo siguiente. Volvemos a Jamaica y os convierto en hombres libres, y también a la mujer. Eso lo primero. Después, por lo pronto os ofrezco sitio en este barco. Hands y yo tenemos la intención de unirnos a un caballero de fortuna que de un tiempo a esta parte causa estragos por estas aguas. Con él podemos hacernos todos ricos y comprar la libertad para el resto de nuestros días, porque eso es lo que hacen los hombres blancos. Al final os juro por mi honor, aunque no tenga mucho, que os pondré en tierra allá en Madagascar tan pronto como podamos, y así ha de ser tarde o temprano.

Naturalmente, los negros estaban contentos como unas pascuas.

– No hemos olvidado lo que hiciste por nosotros a bordo de aquel barco. -Jack se levantó y habló por boca de todos-. Y ahora nos has hecho hombres de nuevo. Los sakalava siempre serán tus hermanos.

– Gracias, gracias -dije-, pero no hay ningún motivo para hacerlo tan solemne. «Dar y tomar», ése es mi lema.

Miré a Dolores por el rabillo del ojo.

– John Silver -dijo de pronto-, ¿por qué has comprado nuestra libertad?

– ¿Por qué?

Dolores no dijo nada más. Estaba esperando mi respuesta.

– Para tener a alguien a mano, por si alguna vez lo necesito -dije con cierta incomodidad, pero intentando ser fiel a la verdad, claro que sí, aunque lo cierto es que nunca lo había pensado.

La mujer sonrió.

– ¿No fue por compasión? -preguntó-. ¿No fue porque te daban pena estos pobres esclavos?

– Que yo sepa, no -contesté.

– Está bien -fue lo único que dijo.

Claro que no entendí lo que quiso decir, aunque no hubiera problemas de idioma. Hablaba inglés como un nativo, con perdón, y por tanto había entendido todo lo que hasta entonces había dicho yo, incluso desde el día en que fue apresada a bordo del Libre de penas.

Levamos anclas a mediodía y tan pronto como salimos a mar abierta, Hands vino hacia mí atacando.

– ¿Te has vuelto loco, John? ¡Estás desperdiciando una fortuna, ni más ni menos! ¡Darles la libertad! ¿De qué va a servir? ¡Y además la mujer! ¿No creerás que los piratas que estamos buscando la iban a aceptar a bordo? Sí, ya sé que las cosas fueron bien con Anne Read y con Mary Bonnet. Yo también he oído todas esas historias, pero eran mujeres blancas y se comportaban como hombres de verdad. No eran una mierda de tías. Nunca lo habría creído de ti, que no en vano has sido contramaestre de England y de Taylor. Piensa en tu reputación, Silver. La gente honrada como yo se reirá de ti si vas arrastrando a una mujer.

Le dejé que hablara un rato y que argumentara todo lo que quisiera. Le reconcomía mi silencio, así que al final empezó a soltar tonterías e injurias en mi propia cara. Me harté pronto. Los negros también lo habían oído, y Jack estaba dispuesto a tomar partido. Le hice una señal; en un abrir y cerrar de ojos, Hands se encontró sentado y rodeado por tres negros. Estuve moviendo suavemente el timón, saqué el cuchillo y me puse a jugar con él encima de Hands, le hice cosquillas en la garganta y conseguí que abriera su bocaza poniendo la hoja en sus labios.

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