Long John Silver
- Автор: Larsson Bjorn
- Язык: испанский
- Жанр: Морские приключения
Электронная книга - «Long John Silver». Краткое содержание книги:
Este hombre seductor, capaz de mil traiciones y siempre dispuesto a pactar para sobrevivir, nos cuenta ahora su intensa vida desde su retiro en la isla de Madagascar: así es como la magia de la letra impresa consigue hacernos llegar una autobiografía imposible y sin embargo tan real como las mejores páginas de la buena literatura.
Björn Larsson, escritor y navegante, es el autor de este doble salto mortal que nos regala la voz de Pata de Palo para que él mismo nos diga la verdad, y nada más que la verdad, sobre sus andanzas de hombre y marinero.
Así pues, según había entendido, no sería fácil reunir una tripulación y encontrar un capitán que estuviera dispuesto a probar fortuna, con todo en contra, de espaldas al resto del mundo. Tipos como Hands, temerarios sin escrúpulos, eran necesarios si yo quería comprar un día mi libertad. Después de lo de England había guardado novecientas libras a buen recaudo, en casa de un orfebre de Londres, según el procedimiento habitual; así pues, las podía cambiar en muchos lugares, en tierra, por dinero contante y sonante. Pero no era suficiente para estar tranquilo. Por lo menos necesitaría trescientas libras más para comprar acciones, si quería vivir como un caballero respetable sin mover un dedo, si es que uno aguantaba esa clase de vida. Que nadie crea que Long John Silver navegó junto a Flint por pura diversión o a falta de algo mejor, como la mayoría.
Sin embargo, no fue fácil dar con Flint. En aquel tiempo ni siquiera tenía nombre. Llegó a mis oídos que un pirata hacía estragos como en los viejos tiempos, entre las islas de las Antillas. Pero nadie sabía quién era ni de dónde venía. Para empezar, se dudaba incluso de su condición de pirata. El barco desaparecía como por arte de magia; ni viento, ni temporal tenían que ver con ello.
El caso es que apareció la tripulación de un bergantín americano que había sido realmente atacado por un pirata de carne y hueso, aunque nadie lo había visto, así como tampoco lo habían oído llamar por su nombre. Tan pronto arriaron la bandera, tuvieron que ponerse a lo largo de la amura y dar la espalda a los piratas. Algunos cayeron de rodillas pidiendo clemencia en nombre de Dios. Algunos fueron arrojados por la borda sin más contemplaciones, mientras que a otros los ataron, los llevaron a la bodega y los dejaron en una isla con provisiones, armas y todo lo necesario para sobrevivir.
Dos meses más tarde se repitió la historia, pero con la diferencia de que a todos los oficiales los dejaron con una cabeza menos de estatura, pues habían ordenado oponer resistencia y habían arriesgado la vida pacífica de los marineros. Después llegaron noticias de los españoles: un nuevo pirata había apresado e incendiado tres de sus barcos, sin respetar más vidas que las de los esclavos que encontró a bordo.
Así pues, una cosa estaba clara: por lo menos había un pirata en aquellas aguas, un barco bien equipado y tripulado por gente que le tenía estima a su pellejo, aunque no al del prójimo. Claro que para la gente corriente y para las autoridades, el pirata desconocido era un fantasma que causaba terror, aunque de todas formas no era del todo auténtico: era como Dios o Satán o como el Espíritu Santo y los ángeles, aunque sin curas que estimularan las supersticiones y los chismorreos de la gente.
Me pregunté de qué manera podría yo hablar con un fantasma o una sombra como ese pirata.
Compré una vieja carraca a un precio demasiado caro. Exigí que la compra se mantuviera en secreto, ya que pensaba transportar una carga valiosa y tenía miedo de que llegara a conocimiento de los piratas. Naturalmente, tal y como yo esperaba, la noticia se extendió como un reguero de pólvora. Fue tan rápido que Hands, a quien yo no le había dicho ni palabra del asunto, me vino al día siguiente y me preguntó si era verdad lo que había oído, que había comprado un barco.
– ¿Quién diablos te lo ha contado? -pregunté irritado.
– Tranquilízate -dijo Hands-. Sólo lo sé yo. Lo oí confidencialmente y prometí cerrar el pico. Aunque yo sabía que de todas formas me lo ibas a contar. Pensé que al viejo Hands no lo ibas a defraudar.
– Nunca en la vida -aseguré.
– ¿Cuándo nos vamos? -preguntó Hands-. Y… ¿adonde?
– Mañana por la mañana.
Hands me miró sorprendido con sus ojos acuosos e inyectados en sangre.
– ¿Y la tripulación, qué? ¿Y las armas? ¿Y los cañones?
– Navegaremos sin nada de eso.
Hands no entendía nada; es decir, seguía siendo el de siempre, o quizá ya estaba un poco peor.
– No vamos a navegar como piratas -expliqué-. Vamos a navegar como presa.
No podía hacer más. Tarde o temprano, el temido, anónimo y esquivo pirata daría con mi paradero y entendería que no existía una presa más fácil. Para despistar dejé correr la noticia que navegaría hasta Saint Thomas en busca de mercancías y regresaría.
Saint Thomas, ¿qué me dices? ¿No te parece absurdo? Claro que sí, pero razoné que nadie me iba a reconocer con unos atavíos de lo más ostentosos después de haberme visto como un salvaje medio desnudo. Nadie… salvo los curas que habían tenido el privilegio de estudiarme más de cerca. Además, tenía mis razones e intenciones, que no le conté a nadie, y mucho menos a Hands.
Tardamos diez días en ir de Port Royal a Charlotte Amalia, una travesía rápida con sólo dos hombres a bordo. Hands era un marinero muy capaz cuando se le pasaba la borrachera. Sin ron era incluso un buen compañero, cantaba, lastraba y hacía turnos dobles, encantado como un crío de verse de nuevo en mar abierto.
No vimos ni la sombra de una vela en toda la travesía; arribamos a Charlotte Amalia sin contratiempo. Tuvimos que hacer el saludo al fuerte con nuestros mosquetes a falta de cañones. Parecerá una ridiculez, pero recibimos respuesta rápida con dos disparos menos que nosotros, como dictaba la costumbre. Tras fondear en la rada, remé mientras Hands quedaba de guardia a bordo. Se dejaría ver en cubierta a menudo, con distintas guarniciones, de manera que la gente de tierra creyera que teníamos una tripulación completa a bordo.
Me anuncié al oficial de guardia del fuerte, me inscribieron en el diario bajo el nombre de Johnson, en honor a la memoria de Defoe. Solicité audiencia con el gobernador, me mostré con mis ropajes ostentosos y cortésmente pedí permiso para comprar provisiones y completar la tripulación. Me había quedado sin algunos esclavos que habían escapado, dije, y necesitaba sustituirlos. ¿Sería posible?
– Depende -dijo el gobernador-. En estos momentos, en la isla tenemos siete mil negros, pero no son suficientes con la actual demanda de azúcar. Los terratenientes compran todos los cargamentos que llegan, hasta el último hombre o mujer.
– Pero… -intervine.
– Siempre hay algunos que no sirven para mucho. De una parte los enfermos, naturalmente, pero también los desobedientes y los rebeldes descarados. Imagínese, capitán, que hace unos años nos llegó una carga completa de esos espíritus rebeldes. Un hombre blanco que estaba encadenado en la bodega de los esclavos, en espera de ser juzgado por intento de amotinamiento, los había sublevado. Nunca habíamos visto nada igual. Al principio se mostraron mansos como ovejas, pero de pronto explotó toda la isla. Primero tuvimos un intento de rebelión en la plantación de los curas, pero logramos sofocarla antes de que se extendiera. Buena señal, pensamos, que los demás se estuvieran quietos en aquella ocasión. Claro que aquellos diablos habían hecho mejores previsiones que nosotros, y justo cuando creíamos que había pasado el peligro y relajamos la guardia se desencadenó un auténtico infierno. Mataron a cien blancos antes de que consiguiéramos dominarlos. Despedazaron a cien mujeres, hombres y niños, que colgaron en los árboles por toda la isla.
– ¿Y de ellos, cuántos murieron? -pregunté horrorizado.
– Ninguno, capitán -dijo el gobernador levantando las manos-. ¡Ni uno solo!
– ¿Cómo? -pregunté lógicamente-. ¿Cómo es posible?
– Seguro que ninguno -insistió el gobernador-. Cuando nos pusimos en marcha para sofocar la rebelión todo estaba en calma de nuevo, como una balsa de aceite. Algunos habían corrido a refugiarse en las montañas: ésos eran los responsables, según dijeron los demás. Apresamos a cinco, los torturamos y los matamos, pero no dijeron ni pío. Nunca habíamos visto nada igual.