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Long John Silver

Электронная книга - «Long John Silver». Краткое содержание книги:

¿Quién no recuerda a Long John Silver, el famoso Pata de Palo de La isla del tesoro? Espíritu rebelde, audaz y mujeriego, el intrépido marino surcó los mares a las órdenes de piratas tan temidos como England o Flint, contrabandeó en las costas de Francia y fue vendido como esclavo en las Antillas, convirtiéndose en el personaje más carismático y controvertido de R. L. Stevenson.
Este hombre seductor, capaz de mil traiciones y siempre dispuesto a pactar para sobrevivir, nos cuenta ahora su intensa vida desde su retiro en la isla de Madagascar: así es como la magia de la letra impresa consigue hacernos llegar una autobiografía imposible y sin embargo tan real como las mejores páginas de la buena literatura.
Björn Larsson, escritor y navegante, es el autor de este doble salto mortal que nos regala la voz de Pata de Palo para que él mismo nos diga la verdad, y nada más que la verdad, sobre sus andanzas de hombre y marinero.
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Se oyeron murmullos de complacencia aquí y allá, casi en todas partes.

– … y cuando había fiesta, había fiesta. Sabían por lo menos celebrar, jaranear, cantar, tocar y bailar, a pesar de lo que se diga de ellos. Nosotros no somos piratas, por lo menos que yo sepa, pero ¿por qué íbamos a ser peores que los piratas en lo que se refiere a las fiestas? Como veis, aquí hay de todo, comida y bebida hasta que os atragantéis y os caigáis borrachos. Os lo merecéis tanto como los piratas de Sainte-Marie. Y si puedo creer en Snelgrave, vuestro capitán, nunca ha navegado con mejor tripulación. Eso lo sabrá el Diablo, diría yo, pero dejaremos que lo crea…

Se oyeron más risas, y los hombres se miraban unos a otros con un orgullo infantil. Así de fácil era.

– … pero lo que sí es seguro, y a este respecto sé bien de qué hablo, ya qUe he sobrevivido a casi todo y a casi todos, es que tenéis una suerte increíble por contar con el nombrado Snelgrave, aquí a mi lado, como capitán. Si todos hubieran sido como él, y no lo son, como muy bien sabéis, ninguna profesión del mundo hubiera podido compararse con la de los navegantes de alta mar. ¿No tengo razón?

La gente gritaba y vitoreaba.

– ¡Por eso propongo un brindis a la salud del capitán Snelgrave!

Levanté mi vaso y se vitoreó tan entrañablemente que hasta conmovieron un corazón tan encallecido como el mío. Si no me equivoco, Snelgrave parecía avergonzado, y hasta se sonrojó aquel hombretón.

– Una cosa más -grité, acallando los alaridos-. He hablado de los aventureros de Sainte-Marie y pienso volver a hacerlo, pero no para que hagáis lo mismo. No, porque el tiempo de los piratas ha pasado ya, y así es mejor, creedme. Quizá galopaban en pos de la felicidad, pero lo que les pasaba a menudo era que se caían del caballo y se rompían la crisma. Y si me preguntáis a mí, yo diría que no es modelo a imitar. Eso creo. Quizá fueran felices a su manera, pero ¿de qué les sirve ahora? Y me refiero a todos ellos sin excepción. Ellos ya tenían esa regla, que ninguno sería más que otro, ni en vida ni ante la muerte. Y esa regla, muchachos, también la tenemos aquí, así que no os equivoquéis. Los negros que veis por aquí no son esclavos, y las mujeres no son putas: son hombres y mujeres libres como vosotros, y por tanto se les trata como a tales, ni más ni menos. Bebed, comed y cantad, que os lo habéis ganado, porque esto es lo más cercano al Paraíso que puede llegar a disfrutar alguien como vosotros o como yo en toda nuestra vida.

Se hizo un momento de silencio, porque esto último lo había dicho con cierta seriedad, pero después se oyó una voz de entre la multitud que tardaré en olvidar.

– ¡Viva John Silver! ¡Viva Long John!

Y antes de que me diera tiempo a entenderlo, los hombres y el capitán Snelgrave empezaron a vitorear de todo corazón. Hasta yo estaba seguro de que eran sinceros. La verdad es que, por lo que a ellos se refiere, a mí me pareció que valía la pena seguir viviendo: aunque me cogieron por sorpresa, no me quedé sin palabras.

– Os doy las gracias por los vítores -dije, cuando volví a tomar la palabra-, aunque no se refieran a mí. Me llamo John Smith, y si hay alguien que crea otra cosa que salga, que lo arreglaremos al momento.

No lo hizo nadie, porque mi tono de voz había cambiado.

– Es verdad, muchachos -atajó Snelgrave con su voz de capitán, porque a pesar de todo estaba dotado de tal-. Este es John Smith, comerciante, y os doy mi palabra. Además, ¿de qué sirve desear una larga vida con vítores tan ruidosos que llevan directamente a la horca? Propongo un brindis por John Smith, que además nos ha comprado unas mercancías, y cada uno de vosotros recibirá una gratificación cuando lleguemos a Bristol.

Y los gritos de alegría volvieron a surgir con gran estruendo que después fue en aumento cuando los hombres echaron mano de cuanto se les ofrecía con risas y gran vocerío.

Me hundí en la arena, cansado y pesado como nunca, pero también, hay que decirlo, con un extraño, curioso, no, prodigioso calor en el pecho. ¡Y pensar que hay gente completamente cuerda, no locos ni muertos de miedo, ni borrachos como cubas, que deseaba larga vida a John Silver, justo lo que él más anhelaba mientras siguiera vivo! Me dije que debería buscar al marinero que creía saber quién era yo, cortarle la cabeza y asustar a los demás para que callaran. Sin embargo, me avergüenza decirlo, pero me faltaban las fuerzas. Mi tiempo había pasado, con los vítores o sin ellos. ¿Quién se iba a preocupar por venir a buscar a una piltrafa sin fuerzas como yo para llevarlo a la horca? ¡Si no podía ni matar una mosca!

La fiesta continuó hasta su apogeo, noté, exceptuándome a mí. Bebí bastante, pero no me emborraché como había pensado. Uno tras otro pasaron por delante hablándome amablemente, dándome las gracias por esto y por aquello, pero no sé si contesté. Vi a un lobo de mar bailando encima de la mesa y a otros dos jugando a los dados; vi a Snelgrave, que mantenía una conversación profunda con Jack; vi a un marinero con una sonriente indígena sobre las rodillas; vi a otra pareja, un blanco y una negra, que desaparecieron creyendo que nadie les veía entre los matorrales; vi a un pobre diablo que vomitó en sus propios pies, a un tercero que tiró los calzones en la arena y se lanzó al agua. Era como tenía que ser, como siempre había sido. Pensé que aquello era algo para recordar en una vida como la mía.

Al amanecer me despedí del capitán Snelgrave con sincera alegría, quiero creer, por haber conocido a una persona como él, y con añoranza, supongo, porque sabía que no volvería a verlo a él ni a nadie que se le pareciera. No le hice la pregunta que había tenido en los labios todo el día, si sabía quién era yo, y si los hombres, cuando me vitoreaban deseándome una larga vida, lo hacían sabiendo mi identidad. De todas formas, ésa era la diferencia entre alguien como yo y un tirano como el capitán Wilkinson, cuando todo se acaba y se pasan las cuentas. Para él, los vítores de la tripulación eran mofa, vergüenza y castigo. Para mí, eran la auténtica prueba de haber vivido y no inútilmente. ¡Y yo que había creído que era suficiente con la horca!

Me fui cojeando hasta mi morada y me senté un momento a ver la hoguera y las sombras alrededor. Estaba cansado de cuerpo y alma, pero satisfecho. La verdad es que, por lo que podía entender, no quedaba mucho por lo que vivir. Ya me había despedido, mis recuerdos empezaban a acabarse, ya no parecían inagotables. Vi que se acercaba el final y le di la bienvenida. Poner el punto final yo mismo, eso era lo único que me faltaba para haber vivido como había enseñado.

Capítulo 32

Hace un par de días, de madrugada, el Deligth of Bristol levó anclas, izó las velas y se deslizó lentamente hasta alejarse de la bahía de Ranter con rumbo al honor y la gloria. Con el catalejo vi que en la arboladura y en cubierta se alzaban muchas manos hacia mí, despidiéndose, sin que nadie se lo pidiera. En el castillo de proa vi al capitán Snelgrave, cuando ya había ordenado las maniobras y habían tomado el rumbo, que volvía la mirada hacia la isla y hacia mi fortaleza. Claro que podían haber sido imaginaciones provocadas por mi deseo, pero en aquel momento creí, maldita sea, que el mundo entero, si la necesidad así lo exigiera, podría aprender a querer a John Silver, a admirarlo y respetarlo, a tenerlo por un compañero bueno y libre, el que también supo ser en sus mejores momentos, cuando se sintió con ganas.

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