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El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)

Электронная книга - «El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)». Краткое содержание книги:

En la Australia casi salvaje de los primeros años delsiglo XX, se desarrolla una trama de pasión ytragedia que afecta a tres generaciones. Una historia de amor ¿la que viven Maggie y el sacerdote Ralph de Bricassart? que se convierte en renuncia, dolor y sufrimiento, y que marca el altoprecio de la ambición y de las convenciones sociales. Una novela que supuso un verdadero fenómeno y que ha alcanzado la categoría de los clásicos.
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– ¿El pijama? ¿Con este tiempo? Sé que en Gilly les daría un ataque de sólo pensar que un hombre puede acostarse sin pijama, ¡pero aquí estamos en Dungloe! ¿Acaso llevas tú camisón? Sí.

– Entonces, quítatelo. A fin de cuentas, solamente nos serviría de estorbo.

Con desgana, Meggié consiguió deslizarse fuera del largo camisón que la señora Smith había bordado amorosamente para su noche de bodas, y se alegró de que él no pudiese verla en la oscuridad. Luke tenía razón; así estaba mucho más fresca, acariciada suavemente por la brisa que entraba por la ventana abierta. Pero la idea de otro cuerpo cálido en la cama, a su lado, resultaba deprimente.

Los muelles crujieron; Meggie sintió el contacto de una piel húmeda en su brazo y dio un respingo. Él se volvió de lado, la rodeó con sus brazos y la besó.

Al principio, Meggie yació pasivamente, tratando de no pensar en pquella boca abierta y en aquella lengua obscena; pero, después, empezó a debatirse, no queriendo estar cerca de él con aquel calor, no queriendo que la besara, no deseando a Luke. Esto no se parecía en nada a lo de aquella noche, en el «Rolls», al volver de Rudna Hunish. Tenía la impresión de que él sólo pensaba en sí mismo, mientras una parte de él pugnaba insistentemente entre sus muslos y una mano de uñas cuadradas se hincaba en sus nalgas. Entonces, el miedo que sentía se convirtió en terror; se sentía abrumada, y no sólo físicamente, por su fuerza y su determinación, por su absoluta falta de consideración hacia ella. De pronto, él la soltó, se sentó y pareció ponerse algo.

– Será inejor que tengamos cuidado -dijo-. Échate de espaldas. ¡No, así no, por lo que más quieras! ¿Acaso no sabes nada de esto?

¡No, no, Luke, no lo sé!, hubiese querido gritar ella. Esto es horrible, obsceno; ¡lo que me estás haciendo no puede 'estar permitido por las leyes de la Iglesia ni por las de los hombres! Él se tendió al fin encima de ella, enlazándola con un brazo y asiéndole los cabellos firmemente con la otra mano, para que no se pudiese mover. Retorciéndose y temblando, trató ella de hacer lo que él quería, pero los músculos del bajo vientre se contrajeron en calambres debido al peso de él y a la posición desacostumbrada. Incluso a través de la ofuscante niebla del miedo y del agotamiento, tuvo la impresión de una fuerza poderosa entrando en ella, y un grito agudo y prolongado brotó de entre sus labios.

– ¡Cállate! -gruñó él, apartando la mano de sus cabellos y tapándole la boca con ella, en ademán defensivo-. ¿Quieres que todos los del maldito bar se imaginen que te estoy asesinando? Estáte quieta y te dolerá menos. Quieta, ¡quieta!

Ella luchó como una loca por librarse de aquella cosa horrible y dolorosa, pero él la tenía inmovilizada con el peso de su cuerpo, y su mano ahogaba sus gritos, y la tortura continuaba. El seco preservativo rascaba más y más sus también secos tejidos, mientras él aceleraba el ritmo y su respiración empezaba a volverse sibilante; entonces, algún cambio se produjo en él, que se detuvo y se estremeció, tragando con fuerza. El dolor agudo de ella se convirtió en un dolor sordo y, por fortuna, él rodó hacia un lado y yació de espaldas, jadeando.

– La próxima vez lo pasarás mejor -consiguió decir él-. La primera siempre resulta dolorosa para la mujer.

Entonces, ¿por qué no tuviste la bondad de avisarme?, quiso gritarle ella, pero no le quedaba energía, para hablar; sólo quería morir. No sólo a causa del dolor, sino también del descubrimiento de que ella no había sido una persona para él, sino sólo un instrumento.

La segunda vez, le dolió igual, y la tercera; desesperado, porque había confiado (porque así le convenía) en que el dolor desaparecería mágicamente después de la primera vez, y no comprendiendo por qué seguía ella resistiéndose y gritando, Luke se enfadó, le volvió la espalda y se durmió. Las lágrimas resbalaban de los ojos de Meggie sobre sus cabellos, mientras yacía boca arriba, deseando la muerte, o, al menos, poder volver a su antigua vida en Drogheda.

¿Era esto lo que había querido decir el padre Ralph, hacía años, cuando le había hablado de un pasadizo oculto que tenía algo que ver con los hijos? ¡Bonita manera de descubrir el significado de sus palabras! No era extraño que no hubiese querido explicarse con mayor claridad. En cambio, parecía haberle gustado a Luke, hasta el punto de hacerlo tres veces seguidas. Por lo visto, a él no le dolía. Y por esto ella le odiaba, le odiaba.

Agotada, tan dolorida que moverse era un tormento, Meggie se apartó poco a poco hacia su lado de la cama, dando la espalda a Luke, y lloró sobre la almohada. El sueño huía de ella, mientras Luke dormía tan profundamente que los pequeños y tímidos movimientos de su esposa no provocaban siquiera un cambio en el ritmo de su respiración. El tenía un sueño pausado y tranquilo, no roncaba ni daba vueltas en la cama, y ella pensó, mientras esperaba la llegada de la tardía aurora, que, si sólo se hubiese tratado de yacer juntos en el lecho, no le habría disgustado su compañía. Y la aurora llegó, tan brusca y tristemente, como había llegado la noche; parecía extraño no oír el canto de los gallos, ni los otros ruidos que hacían, al despertar en Drogheda, los corderos y los caballos, los cerdos y los perros.

Luke se despertó y dio media vuelta; ella sintió que la besaba en el hombro, pero estaba tan cansada, se añoraba tanto, que olvidó el recato y no se preocupó de cubrirse.

– Vamos, Meghann, deja que te eche una mirada -ordenó él, apoyando una mano en su cadera- Vuélvete, como una niña buena.

Nada importaba esta mañana; Meggie se volvió, de mala gana, y le miró con ojos inexpresivos.

– No me gusta el nombre de Meghann -dijo, como única forma de protesta que se le ocurrió- Quiero que me llames Meggie.

– A mí no me gusta Meggie. Pero, si de veras te disgusta Meghann, te/llamaré Meg. -Recorrió su cuerpo con mirada soñadora-. Tienes buenas formas. -Le tocó un seno, liso y tranquilo-. Especialmente éstas. -Doblando laalmohada, se apoyó en ella y sonrió-. Vamos, Meg, bésame. Ahora te toca a ti hacerme el amor. Tal vez te gustará más así, ¿eh?

«No quiero volver a besarte en mi vida», pensó ella, mirando el largo y musculoso cuerpo, la capa de vello negro sobre el pecho, que se extendía en una fina línea sobre el vientre y terminaba en un matorral, entre el que aparecía, engañosamente pequeño e inofensivo, aquello que tanto dolor le había causado. ¡Qué velludas eran sus piernas! Meggie se había criado entre hombres que nunca se quitaban una prenda de ropa en presencia de las mujeres, pero cuyas camisas desabrochadas en el cuello dejaban ver pechos hirsutos en el cálido verano. Todos eran rubios y nada repelentes para ella; en cambio, este hombre moreno era extraño, repulsivo. Ralph tenía el cabello igualmente negro, pero su pecho moreno era liso y lampiño.

– Haz lo que te digo, Meg. ¡Bésame!

Ella se inclinó y lo besó, y él la asió con fuerza, excitándose de nuevo. Asustada, Meggie apartó sus labios de los de él.

– ¡Por favor, Luke, ahora no! -exclamó-. Por favor, ¡ahora no! Por favor, ¡por favor!

Los ojos azules de Luke la miraron reflexivamente.

– ¿Tanto te duele? Está bien, haremos algo diferente, pero, por lo que más quieras, ¡anímate un poco!

Hizo que ella se echara encima de él, le levantó los hombros y se aplicó a su pecho, tal como había hecho en el coche aquella noche en que ella le había dado palabra de matrimonio. Con el pensamiento ausente, ella le dejó hacer; al menos, al no penetrarla, no sentía ya aquel dolor horrible. ¡Qué criaturas más extrañas eran los hombres! Entretenerse así, como si fuese la cosa más deliciosa del mundo. Era repugnante; una burla del amor. Si no hubiese sido por la esperanza de tener un hijo, Meggie se habría negado a tener más relaciones de esta clase con él.

– Te he conseguido un trabajo -dijo Luke, después de desayunar en el comedor del hotel.

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