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El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)

Электронная книга - «El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)». Краткое содержание книги:

En la Australia casi salvaje de los primeros años delsiglo XX, se desarrolla una trama de pasión ytragedia que afecta a tres generaciones. Una historia de amor ¿la que viven Maggie y el sacerdote Ralph de Bricassart? que se convierte en renuncia, dolor y sufrimiento, y que marca el altoprecio de la ambición y de las convenciones sociales. Una novela que supuso un verdadero fenómeno y que ha alcanzado la categoría de los clásicos.
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Ella se incorporó, envarada, se estiró y bostezó.

– Me encuentro mucho mejor, gracias. ¡Oh, Luke! ¡Sé que soy joven y fuerte, pero soy una mujer! Físicamente, no puedo soportar el cansancio tanto como tú.

Él se sentó en el borde de la cama y le acarició un brazo, en simpático ademán de contricción.

– Lo siento; Meggie, lo siento de veras. No pensé en ti como mujer. No estoy acostumbrado a la compañía de una esposa; eso es todo. ¿Tienes apetito, querida?

– Estoy muerta de hambre. ¿Te das cuenta de que he estado casi una semana sin comer?

– Entonces, ¿por qué no tomas un baño, te pones un vestido limpio y vamos a echarle un vistazo a Dun-gloe?

Había un restaurante chino en la casa contigua al hotel, y allí llevó Luke a Meggie, para que probase por primera vez la comida oriental. Ella estaba tan hambrienta que cualquier cosa le habría parecido bueno, pero aquella comida era estupenda. Tampoco le importaba que la comida fuese a base de colas de rata, aletas de tiburón y tripas de gallina, como se rumoreaba en Gillanbone, que sólo tenía un restaurante dirigido por griegos que servían bistecs con patata? fritas. Luke había traído dos botellas de cerveza del hotel e insistió, en que ella bebiese un vaso, a pesar de que no le gustaba la cerveza.

– Al principio, debes- tener cuidado con el agua -le aconsejó-. La cerveza no te hará daño.

Después, la tomó del brazo y la llevó a dar un paseo por Dungloe, orgullosamente, como si fuese el dueño de la población. Y es que Luke había nacido en Queensland. ¡Y qué lugar era Dungloe! Tenía un aspecto y un carácter muy distintos de los de las poblaciones occidentales. Por su extensión, era probablemente como Gilly, pero, en vez de extenderse a lo largo de la calle mayor, había sido construida en ordenadas manzanas cuadradas y sus tiendas y sus casas estaban pintadas de blanco, no de color castaño. Las ventanas eran verticales, con ventilación en la parte superior, sin duda para captar mejor la brisa, y, siempre que era posible, los edificios eran descubiertos, como el cine, que tenía una pantalla, paredes con ventilación e hileras de sillas de lona, pero carecía de techo.

Alrededor de la ciudad, se extendía i'na verdadera selva. Las enredaderas y plantas trepadoras crecían por todas partes, en los postes, en los tejados, a lo largo de las paredes. Los árboles crecían en mitad de la calle, o tenían casas levantadas a su alrededor, o quizás habían crecido atravesando las casas. Era imposible saber qué había sido primero, si los árboles o las viviendas humanas, pues todo daba una impresión abrumadora de crecimiento vegetal loco y desordenado. Cocoteros más altos y más rectos que los eucaliptos de Drogheda agitaban su fronda sobre un profundo cielo azul; dondequiera que mirase Meggie, había una llamarada de color. Nada de tierra parda y gris. Todos los árboles parecían estar en flor: flores purpúrea, anaranjadas, escarlata, rosadas, azules, blancas.

Se veían muchos chinos con pantalones de seda negros, pequeños zapatos blancos y negros, calcetines blancos, camisa blanca con cuello de mandarín, y coleta colgando sobre la espalda. Los varones y las hembras se parecían tanto que a Meggie le costaba distinguirlos. Casi todo el comercio de la población parecía estar en manos de los chinos; unos grandes almacenes, mucho más opulentos que cualquier establecimiento de Gilly, llevaban un nombre chino: ah wong's, rezaba el rótulo.

Todas las casas estaban construidas sobre altos pilares, como la vieja residencia del mayoral en Drogheda. Con ello se pretendía conseguir la máxima circulación del aire, explicó Luke, e impedir que las termitas las derribasen al cabo de un año de su construcción. En la parte superior de cada pilar había una lámina de metal con los bordes vueltos hacia abajo; las termitas no podían doblar el cuerpo sobre estos bordes y, así, les resultaba imposible salvar el Obstáculo metálico e introducirse en la madera de la casa. Desde luego, se hartaban en los pilares; pero, cuando uno de éstos se pudría, era remplazado por otro nuevo. Mucho más fácil y más barato que levantar una nueva casa. La mayor parte de los jardines parecían selváticos… de bambúes y palmeras, como si los habitantes hubiesen renunciado a mantener un orden floral.

Los hombres y las mujeres la impresionaron desagradablemente. Para ir a comer con Luke se había vestido como requería la costumbre, con zapatos de tacón alto, medias de seda, vestido holgado de seda con mangas hasta los codos y cinturón. Llevaba un gran sombrero de paja y se había puesto guantes. Y precisamente lo que más la irritaba era que se sentía incómoda, porque la gente la miraba como si fuese ella la que iba mal vestida.

Los hombres iban descalzos, con las piernas descubiertas y el pecho desnudo la mayoría de ellos, que sólo llevaban pantalón corto de tela caqui; los pocos que se cubrían el pecho, lo hacían con camisetas de deporte, no con camisas. Las mujeres eran peores. Unas pocas llevaban cortos vestidos de algodón, visiblemente sin nada debajo, e iban sin medias y calzaban sandalias mugrientas. Pero la mayoría llevaban pantalón corto, iban descalzas y se cubrían el pecho con unas indecentes blusitas sin mangas. Dungloe era una población civilizada, no una playa. Pero sus indígenas blancos andaban por ahí descaradamente ligeros de ropa; los chinos vestían mejor.

Había bicicletas por todas partes, cientos de ellas; unos cuantos automóviles, y ningún caballo. Sí, muy diferente de Giliy. Y hacía calor, muchísimo calor. Pasaron ante un termómetro que, increíblemente, sólo indicaba treinta y dos grados; en Gilly, con cuarenta y seis grados, parecía hacer más fresco. Meggie tuvo la impresión de que se movía ra través de un aire sólido, que tenía que cortar con su cuerpo como -si fuese de mantequilla húmeda y vaporosa, y, cuando respiraba, sus pulmones se llenaban de agua.

– ¡No puedo soportarlo, Luke! ¿No podemos volver?-jadeó, después de andar menos de un kilómetro.

– Como quieras. Sientes la humedad. Raras veces baja del noventa por ciento, en invierno o en verano, y la temperatura no suele bajar de treinta grados ni pasar de treinta y cinco. Hay pocos cambios en las estaciones, pero, en verano, el monzón eleva la humedad al cien por cien durante el período más tórrido.

– ¿Llueve en verano y no en invierno?

– Llueve todo el año. El monzón sopla muy a menudo, y, cuando no es el monzón, son los vientos del Sudeste. También éstos traen mucha lluvia. El índice anual oscila entre doscientos cuarenta y cuatro y setecientos sesenta centímetros.

¡Setecientos sesenta centímetros de lluvia al año! Los de Gilly se entusiasmaban cuando tenían cinco, y aquí, a tres mil kilómetros de Gilly, caían nada menos que setecientos sesenta.

– ¿Refresca por. la noche? -preguntó Meggie al llegar al hotel, pues las noches cálidas de Gilly eran soportables contempladas con este baño de vapor.

– No mucho. Pero ya te acostumbrarás. -Abrió la puerta de su habitación y se echó atrás para dejarla pasar primero-. Voy al bar a tomar una cerveza, pero volveré dentro de media hora. Creo que será suficiente para ti.

Ella le miró, asustada.

– Sí, Luke.

Dungloe estaba a diecisiete grados al sur del Ecuador, y por esto la noche llegaba de pronto; parecía que el sol empezaba a ponerse y, un minuto después, unas sombras negras como la pez se extendían sobre todo, espesas y cálidas, como una triaca. Cuando Luke volvió, Meggie había apagado la luz y yacía en la cama con la sábana subida hasta la barbilla. Él estiró la sábana, riendo, y la arrojó al suelo.

– ¡Ya hace bastante calor, querida! No necesitamos sábana.

Ella le oyó andar de un lado a otro y vio su débil sombra despojándose de la ropa.

– He puesto tu pijama en el tocador -murmuro ella.

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