La Cabaña Del Tío Tom
- Автор: Stowe Harriet Beecher
- Язык: испанский
- Жанр: Классическая проза
Электронная книга - «La Cabaña Del Tío Tom». Краткое содержание книги:
El libro narra los acontecimientos de la vida del Tío Tom, un esclavo negro del sur de Estados Unidos que pasa de unos amos a otros, construyendo anécdotas entrelazadas y que reflejan la realidad de los esclavos americanos de la época, creando un contraste entre los personajes bondadosos y el contexto de injusticia en el que viven.
Su importancia radica en que es una novela con un gran contenido sentimental que que pretende crear un retrato y establecer una denuncia. Stowe logra la identificación del lector con los personajes, y con ello la comprensión más profunda de la injusticia. Es una novela que se conserva como manifestación histórica, que si bien es exagerada, tiene un objetivo claro y bien logrado.
Es recomendable porque nos da a conocer una parte importante e interesante de la historia estadounidense. Divertida, ligera y llena de sentimientos conmovedores (Escrito por Andrea Pieck)
– ¡Bobadas, tonterías!
– Bien -dijo Augustine-, hay un viejo dicho que es así: «Como fue en tiempos de Noé, así será; comieron, bebieron, plantaron, construyeron y no supieron nada hasta que llegó el diluvio y se los llevó.»
– En conjunto, Augustine, creo que tienes talento para ser un predicador itinerante -dijo Alfred, riéndose-. No temas por nosotros: la posesión es nuestro fuerte. Tenemos el poder. ¡La raza sometida está abajo -dijo, dando un fuerte pisotón en el suelo- y se va a quedar abajo! Tenemos suficiente energía para manipular nuestra propia pólvora.
– Los hijos que tengan una educación como la de tu Henrique serán estupendos guardianes de vuestros polvorines -dijo Augustine-. ¡Tan serenos, tan dueños de sí mismos! Ya lo dice el proverbio: «Los que no saben gobernarse a sí mismos no sabrán gobernar a los demás.»
– Pero hay un inconveniente ahí -dijo Alfred, pensativo-; no hay duda de que nuestro sistema hace difícil educar a los niños. Da rienda suelta a las pasiones, que, en nuestro clima, ya son demasiado encendidas. Tengo problemas con Henrique. El muchacho es generoso y bondadoso, pero es una verdadera bomba cuando se le provoca. Creo que lo enviaré para que lo eduquen al norte, donde la obediencia está más de moda, y donde se codeará más con sus iguales y menos con criados.
– Ya que educar a los niños es el cometido principal de la raza humana -dijo Augustine-, a mí me parece significativo que nuestro sistema no funcione en ese respecto.
– No funciona en algunos aspectos -dijo Alfred-, pero en otros, sí funciona. A los muchachos los hace varoniles y valientes, y los vicios de la raza degradada tienden a fortalecer en ellos las virtudes contrarias. Por eso, creo que Henrique tiene un mejor sentido del mérito de la veracidad después de ver que las mentiras y los engaños son la insignia universal de la esclavitud.
– ¡Ésa es una visión muy cristiana del tema, desde luego! -dijo Augustine.
– Pues es verdad, sea cristiana o no; y no es menos cristiano que la mayoría de las cosas de este mundo -dijo Alfred.
– Puede ser -dijo Augustine.
– Pero no sirve de nada hablar, Augustine. Creo que hemos dado vueltas a lo mismo unas quinientas veces. ¿Te apetece una partida de backgammon?
Los dos hermanos subieron corriendo los escalones del porche y se sentaron ante una ligera mesa de bambú con el tablero del backgammon entre ellos. Mientras colocaban las fichas, Alfred dijo:
– Te digo, Augustine, que si yo pensara como tú, haría algo.
– Seguro que sí, eres un tipo emprendedor, pero ¿qué?
– Pues educar a tus propios esclavos, como experimento -dijo Alfred con una sonrisa medio despreciativa.
– Sería tan fácil colocar el Etna encima de ellos y decirles que se mantengan de pie bajo su peso como decirme a mí que eduque a mis sirvientes con toda la masa de la sociedad que pesa sobre ellos. Un hombre no puede hacer nada contra la acción de toda una comunidad. La educación, para conseguir algo, debe ser estatal; o, por lo menos, debe haber bastante gente de acuerdo para formar una corriente.
– Tiras tú primero -dijo Alfred, y los hermanos pronto quedaron absortos en el juego y no se oyó nada más hasta que llegó el chacoloteo de los cascos de los caballos bajo el porche.
– Aquí vienen los niños -dijo Augustine, levantándose-. ¡Mira, Alf! ¿Has visto alguna vez algo tan hermoso? y verdaderamente era una hermosa visión: Henrique, con su frente arrogante, sus relucientes rizos oscuros y sus mejillas encendidas, se reía alegremente y se inclinaba hacia su bella prima al acercarse. Ella vestía una amazona azul y un sombrero del mismo color. El ejercicio había teñido sus mejillas de un rojo fuerte y acentuado el efecto de su cutis extraordinariamente transparente y su cabello dorado.
– ¡Dios mío, qué deslumbrante belleza! -dijo Alfred-. Desde luego, Auguste, ¡ella romperá unos cuantos corazones el día menos pensado!
– Ya lo creo, ¡por Dios, me temo que sí! -dijo St. Clare, con un repentino tono amargo, apresurándose para ayudarla a desmontar.
– ¡Eva, cariño! ¿No estarás demasiado cansada? -preguntó al estrecharla entre sus brazos.
– No, papá -dijo la niña; pero su respiración laboriosa y entrecortada alarmó a su padre.
– ¿Cómo has podido montar tan deprisa, querida? Sabes que no te sienta bien.
– Me sentía tan bien, papá, y disfrutaba tanto que se me ha olvidado.
St. Clare la llevó en brazos al salón, donde la depositó en el sofá.
– Henrique, debes cuidar de Eva -dijo-; no debes montar deprisa con ella.
– Yo me encargaré de ella -dijo Henrique, sentándose junto al sofá y cogiéndole la mano a Eva.
Eva enseguida se puso mejor. Su padre y su tío volvieron a su partida, dejando a los niños juntos.
– ¿Sabes, Eva? Siento que papá sólo se vaya a quedar dos días aquí, pues luego no te veré hasta dentro de muchísimo tiempo. Si me quedo contigo, intentaré ser bueno y no enfadarme con Dodo y todo eso. No pretendo tratar mal a Dodo, pero, ¿sabes?, tengo muy mal genio. No me porto mal con él realmente, sin embargo. Le doy una moneda de vez en cuando, y puedes ver que viste bien. Creo que Dodo es muy afortunado en general.
– ¿Tú te considerarías muy afortunado si no tuvieras cerca ni una sola persona que te amara?
– ¿Yo? Pues claro que no.
– Pues tú has apartado a Dodo de todos los amigos que tenía y ahora no tiene ni una sola alma que lo quiera; así nadie puede ser bueno.
– Bien, pues no puedo remediarlo, que yo sepa. No puedo traer a su madre y ni yo ni nadie que conozca puede amarlo personalmente.
– ¿Por qué no? -preguntó Eva.
– ¡Amar a Dodo! ¡Eva, no pretenderás que lo ame! Puede que me caiga bien, ¡pero no se puede amar a los criados!
– Pues yo los amo.
– ¡Qué curioso!
– ¿No dice la Biblia que hemos de amar a todo el mundo?
– ¡Oh, la Biblia! Desde luego, dice muchas cosas parecidas, pero nadie pretende ponerlas en práctica, Eva, ¿sabes? Nadie.
Eva no habló; mantuvo los ojos fijos y pensativos durante unos momentos.
– En cualquier caso -dijo-, querido primo, ama a Dodo y sé bueno con él. ¡Hazlo por mí!
– Amaría a cualquiera por ti, querida prima, ¡pues creo que eras la criatura más hermosa que haya visto jamás! -dijo Henrique con una gravedad que hizo ruborizar su bello rostro. Eva lo escuchó con absoluta naturalidad, sin cambiar el gesto, y dijo simplemente:
– ¡Me alegro de que sientas eso, querido Henrique! ¡Espero que te acuerdes!
La campana anunciando la comida dio fin a su entrevista.
CAPÍTULO XXIV
Dos días después, se despidieron Alfred St. Clare y Augustine; y Eva, a quien la compañía de su joven primo había animado a fatigarse más allá de lo que permitían sus fuerzas, empezó a debilitarse rápidamente. Por fin St. Clare se sintió dispuesto a pedir consejo médico, algo que había rechazado siempre por considerarlo como el reconocimiento de una verdad insoportable.
Pero durante un día o dos, Eva se encontraba tan mal que se quedó confinada a la casa y llamaron al médico.
Marie St. Clare no se había fijado en la salud y las fuerzas paulatinamente menguadas de su hija por estar totalmente absorta en el estudio de dos o tres síntomas nuevos de la enfermedad de la que se creía víctima ella misma. Era el primer principio de la creencia de Marie, según el cual nadie sufría ni había sufrido nunca tanto como ella, por lo que siempre rechazaba indignada la idea de que alguien de su entorno pudiera enfermar. Siempre estaba convencida, en tales casos, de que no era más que pereza o falta de energía; y que si hubieran padecido lo que ella, sabrían lo que es bueno.