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La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]

Электронная книга - «La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]». Краткое содержание книги:

Año 3017 d.C. Aunque el Segundo Imperio del Hombre abarca cientos de sistemas solares, todavía no se ha contactado con otros seres inteligentes. El hallazgo de una insólita nave espacial con el cuerpo exánime de un alienígena en el interior conducirá a los humanos hasta una lejana estrella inmersa en una densa nube de polvo estelar: la Paja. Una expedición descubrirá allí una antiquísima civilización, amable y hospitalaria, pero que rehúye tratar de ciertos aspectos de su sociedad. Y es que bajo las sonrisas tranquilizadoras, los pajeños ocultan un secreto planetario de impacto universal y devastador. Compuesta a cuatro manos en perfecta sintonía, esta novela conjuga acción, drama, suspense, tecnología y alienígenas verosímiles, política y violencia. Su extraordinario poder de entretenimiento y sorpresa la ha convertido en una auténtica obra de culto.
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29 • Relojeros

Cargill fue hasta la cabina de Rod.

—Creo que tenemos otra vez Marrones, capitán. —Explicó por qué.

—¿Ha hablado usted con Sinclair? —preguntó Rod—. Demonios, número Uno, el almirante se va a volver loco. ¿Está usted seguro?

—No, señor. Pero me propongo descubrir la verdad. Capitán, estoy seguro de que miramos en todas partes cuando limpiamos la nave. ¿Dónde pueden haberse ocultado?

—Preocúpese de eso cuando sepa que les hemos cogido. Vale, llévese al ingeniero jefe y revise de nuevo la nave, Jack. Y esta vez asegúrese bien.

—Muy bien, capitán.

Blaine se volvió a las pantallas de intercomunicación y las activó. Todos los datos recopilados sobre las miniaturas fueron pasando por la pantalla. No era gran cosa.

La expedición a Paja Uno había visto miles de miniaturas en la Ciudad Castillo. La pajeña de Renner les llamaba «Relojeros», y actuaban como ayudantes de los «Ingenieros» Marrones. Los pajeños grandes insistían en que los relojeros no eran inteligentes sino que heredaban la capacidad para manejar herramientas y equipo, así como el típico instinto de obediencia pajeña a las castas superiores. Había que entrenarlos, pero de eso se ocupaban los relojeros adultos. Como otras castas subordinadas, eran una forma de riqueza, y la capacidad para mantener a un gran servicio de relojeros, ingenieros y otras formas inferiores era un indicio de la importancia de un Amo. Esto último era una conclusión del capellán Hardy, aún no del todo confirmada.

Al cabo de una hora, llamó Cargill.

—Les hemos encontrado, capitán —dijo agriamente el primer teniente—. En el transformador-aspirador de aire de la cubierta B… ¿Se acuerda de aquella cosa medio fundida que Sandy reparó?

—Sí.

—Bueno, ya no está en el pasillo. Sandy dice que es posible que no funcione ya, y está investigando… pero para mí es suficiente. Les hemos encontrado.

—Avise a los infantes de marina, Número Uno. Yo voy al puente.

—De acuerdo, señor.

Cargill volvió al convertidor de aire. Sinclair había quitado la tapa y murmuraba para sí mientras examinaba la maquinaria.

El interior había cambiado. Había sido remodelado todo él. No estaba ya el segundo filtro que había instalado Sinclair, y el filtro que quedaba estaba tan modificado que era irreconocible. De un lado salía gas de un saco de plástico que sobresalía hinchado; el gas era muy volátil.

—Vaya —murmuró Sinclair—. Y los otros signos típicos, teniente Cargill. Los tornillos fundidos. Faltan piezas… lo mismo de siempre.

—Así que se trata de los Marrones.

—Sin duda —dijo Sinclair—. Creímos que los habíamos matado hace un montón de meses… y según mis notas esto se inspeccionó la semana pasada. Entonces estaba normal.

—Pero ¿dónde se ocultaron? —preguntó Cargill; el ingeniero jefe guardaba silencio—. ¿Y ahora qué, Sandy? Sinclair se encogió de hombros.

—Yo diría que deberíamos mirar en la cubierta hangar. Es el lugar menos utilizado de la nave.

—De acuerdo. —Cargill activó de nuevo el intercomunicador—. Capitán, iremos a revisar la cubierta hangar… pero me temo que no hay duda. Tenemos Marrones vivos a bordo de esta nave.

—Haga esa revisión, Jack. Yo voy a informar a la Lenin. —Rod respiró pesadamente y apretó los brazos de su silla de mando como si estuviese a punto de entrar en combate—. Póngame con el almirante.

Aparecieron en la pantalla los toscos rasgos de Kutuzov. Rod informó apresuradamente.

—No sé cuántos son, señor —concluyó—. Mis oficiales están buscando más rastros.

Kutuzov asintió. Hubo un largo silencio mientras el almirante miraba fijamente a un punto situado sobre el hombro izquierdo de Blaine.

—¿Ha seguido usted mis órdenes sobre comunicaciones, capitán? —preguntó finalmente.

—Sí, señor. Control continuo de todas las emisiones que salen y entran en la MacArthur. Hasta ahora no hay nada.

—Nada que sepamos —corrigió el almirante—. Debemos suponer que, efectivamente, no ha habido nada, pero es posible que esas criaturas se hayan comunicado con otros pajeños. Si lo han hecho, no tenemos ya ningún secreto a bordo de la MacArthur. Si no lo han hecho… Capitán, ordenará usted a la expedición que vuelva inmediatamente a la MacArthur, y lo dispondrá usted todo para salir hacia Nueva Caledonia en cuanto estén a bordo. ¿Entendido?

—Entendido, señor —dijo Blaine.

—¿No está usted de acuerdo?

Rod caviló un momento. Tan sólo había pensado en los gritos de Horvath y de los demás cuando se lo dijese. Y, sorprendentemente, estaba de acuerdo.

—Lo estoy, señor. No veo una solución mejor. Pero supongo que puedo exterminar a las miniaturas, señor…

—¿Puede usted saber que lo ha hecho, capitán? —preguntó Kutuzov—. Ni usted ni yo estaremos seguros. Cuando salgamos de este sistema podremos desmontar la MacArthur pieza a pieza, sin temor a que se comunique con otros. Mientras estemos aquí, la amenaza es constante, y es un riesgo que no quiero correr.

—¿Y qué les digo a los pajeños, señor? —preguntó Rod.

—Les dirá usted que hay una enfermedad súbita a bordo de su nave, capitán. Y que tiene que regresar al Imperio. Debe decirles que su comandante lo ha ordenado sin dar más explicaciones. Si después es necesario dar mas explicaciones, ya tendrá tiempo de prepararlas el Ministerio de Asuntos Exteriores. De momento, bastará con esto.

—De acuerdo, señor. —La imagen del almirante se desvaneció; Rod llamó al oficial de vigilancia—. Señor Crawford, esta nave saldrá en viaje de regreso dentro de unas horas. Avise a los jefes de departamento y póngame luego con Paja Uno; quiero hablar con el señor Renner.

Sonó una amortiguada alarma en el Castillo. Kevin Renner alzó la vista soñoliento y vio a su pajeña en la pantalla intercomunicadora que había dentro de uno de los cuadros decorativos de la pared.

—Le llama el capitán —dijo la pajeña.

Renner echó una ojeada a su computadora de bolsillo. Era casi mediodía en la MacArthur pero medianoche en Ciudad Castillo. Soñoliento, se bajó de la cama y se acercó a la pantalla. La expresión de la cara de Blaine le puso inmediatamente alerta.

—¿Qué pasa, capitán?

—Hay una pequeña emergencia a bordo, señor Renner. Tendrá que pedirles a los pajeños que nos envíen todo nuestro personal. Incluido usted.

—El doctor Horvath no querrá ir, señor —dijo Renner; su mente pensaba aceleradamente. Había algo muy raro en todo aquello, y si él podía darse cuenta, también lo harían los pajeños.

La imagen de Blaine cabeceó.

—Tendrá que hacerlo, sin embargo, señor Renner. Haga lo que le digo.

—De acuerdo, señor. ¿Y nuestros pajeños?

—Bueno, pueden subir al transbordador con ustedes —dijo Blaine—. La cosa no es tan grave. Es sólo una cuestión de OC.

Renner tardó un segundo en captar esto. Cuando lo hizo ya había recuperado el control de sí mismo. O al menos eso esperaba.

—De acuerdo, capitán. Enseguida iremos para allá.

Volvió a su litera y se sentó cuidadosamente en el borde. Mientras se ponía las botas, intentaba pensar. Quizás los pajeños no conociesen el código de la Marina, pero OC significaba máxima prioridad militar… y Blaine lo había dicho de un modo excesivamente casual.

—Fyunch(click) —le dijo su pajeña—. ¿Qué pasa?

—No lo sé —contestó Renner. No mentía.

—Y no quiere saberlo —dijo la pajeña—. ¿Tiene usted problemas?

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