La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]
- Автор: Нивен Ларриё, Пурнель Джерри
- Год: 1994
- Язык: испанский
- Год: Mart
- ISBN: 84-270-1909-2
- Переводчик: Jose M. Alvarez Florez
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]». Краткое содержание книги:
—Bueno, no tuvimos tiempo de hacer muchas excavaciones. Pero donde yo cavé siempre había otra cosa debajo. ¡No había modo de llegar al final! Capitán, había una ciudad como la de Nueva York del año 2000 bajo un montón de cabañas de adobe sin instalaciones sanitarias. Creo que tuvieron una civilización que se desmoronó, quizás hace dos mil años.
—Eso explicaría los lapsos en las observaciones —dijo Rod—. Pero… parecen más adelantados que eso. ¿Por qué se desmonoraría aquella civilización? ¿Por qué lo permitirían ellos? —Miró a Horvath, que se encogió de hombros.
—Yo tengo una idea —dijo Sally—. Los contaminantes del aire… ¿No hubo un problema con la contaminación de los motores de combustión interna en la Tierra durante el Condominio? ¿Y si los pajeños tenían una civilización basada en combustibles fósiles y se les agotaron? ¿No retrocederían entonces a la edad de hierro hasta crear de nuevo energía de fusión y física plasmática? Parecen andar terriblemente escasos de yacimientos radiactivos.
Rod se encogió de hombros.
—Un geólogo ayudaría mucho, no hay duda… y es mucho más necesario que esté allí que el que lo esté el doctor Buckman. ¿Quedamos de acuerdo entonces, doctor Horvath?
El Ministro de Ciencias asintió hoscamente.
—Aun así, he de decir que no me gusta que la Marina interfiera en nuestro trabajo. Dígaselo, doctor Hardy. Esto debe acabar.
El capellán lingüista pareció sorprenderse. Estaba sentado al fondo de la habitación y escuchaba atento y silencioso.
—Bueno, estoy de acuerdo en que un geólogo será más útil en la superficie del planeta que un astrofísico, Horvath. Y… capitán, me encuentro en una posición única. Como científico, no puedo aprobar en absoluto las restricciones que se nos imponen en nuestras relaciones con los pajeños. Como representante de la Iglesia, tengo una tarea imposible. Y como oficial de la Marina… no puedo evitar dar la razón al almirante.
Todos se volvieron sorprendidos hacia el capellán.
—Estoy asombrado, doctor Hardy —dijo Horvath—. ¿Ha visto usted la más leve prueba de actividades bélicas en Paja Uno?
Hardy juntó las manos cuidadosamente y habló por encima de las puntas de los dedos.
—No. Y eso, Anthony, es lo que me preocupa. Nosotros sabemos que los pajeños han tenido guerras: la clase de los Mediadores se creó evolutivamente, puede que con la intención de ponerles fin. No creo que lo lograran siempre. Entonces, ¿por qué los pajeños nos ocultan sus armas? Es evidente que por la misma razón que nosotros ocultamos las nuestras; pero consideremos lo siguiente: nosotros no ocultamos el hecho de que tenemos armas, ni siquiera su naturaleza general. ¿Por qué lo hacen ellos?
—Probablemente les avergüence —contestó Sally; pestañeó al sentir la mirada de Rod—. No quiero decir exactamente eso, pero están civilizados desde antes que nosotros, y tal vez les avergüence su pasado violento.
—Posiblemente —advirtió Hardy; olisqueó pensativo su brandy—. Y posiblemente no, Sally. Tengo la impresión de que los pajeños ocultan algo importante… y nos lo ocultan delante de nuestras propias narices, como si dijéramos.
Hubo un largo silencio. Horvath resopló sonoramente. Por último, el Ministro de Ciencias dijo:
—¿Y cómo podrían hacerlo, doctor Hardy? Su gobierno es un conglomerado de negociaciones informales de los representantes de la clase que da órdenes. Al parecer cada ciudad es autónoma. Paja Uno no tiene apenas gobierno planetario… ¿Creen que pueden conspirar contra nosotros así? No parece muy fácil.
Hardy volvió a encogerse de hombros.
—Por lo que hemos visto, doctor Horvath, tiene razón sin duda. Y sin embargo, yo tengo la impresión de que nos ocultan algo.
—Nos lo han enseñado todo —insistió Horvath—. Incluso las casas de los que dan órdenes, en las que normalmente no hay visitas.
—Sally estaba llegando precisamente a eso cuando ustedes llegaron —dijo rápidamente Rod—. Me parece fascinante… ¿Cómo vive la clase oficial pajeña? ¿Como la aristocracia imperial?
—Es una suposición bastante acertada —exclamó Horvath: dos martinis secos le habían animado considerablemente—. Había muchas similitudes… aunque los pajeños tienen una idea del lujo totalmente distinta a la nuestra. Algunas cosas en común había, sin embargo. Tierra. Criados. Ese tipo de cosas. —Horvath tomó otro trago y siguió con el tema:
»En realidad, visitamos las casas de dos individuos. Uno vivía en un rascacielos cerca del Castillo. Parecía controlar todo el edificio: tiendas, industria eléctrica, centenares de Marrones y Rojos y Obreros y… bueno, docenas de otras castas. El otro, sin embargo, el agricultor, era muy parecido a un noble rural. La fuerza de trabajo vivía en largas hileras de casas, y entre las hileras de casas había campos. El «noble» vivía en el centro de todo aquello.
Rod pensó en su propia casa familiar.
—Crucis Court estaba rodeada de aldeas y campos… pero, por supuesto, todas las aldeas se fortificaron después de las Guerras Separatistas. Y lo mismo la Corte, en realidad.
—Curioso que diga usted eso —musitó Horvath—. Había también una especie de edificio fortificado rectangular junto a la casa del noble. Con un gran atrio en medio. En realidad, los rascacielos residenciales no tenían ventanas en las plantas bajas y tenían grandes jardines en las terrazas. Eran autosuficientes. Parece muy militar. No tendremos que informar de esta impresión al almirante, ¿verdad? Seguro que le parecería un indicio de tendencias militaristas.
—¿Está usted seguro de que no es así? —pregunto Jack Cargill—. Por lo que he oído, todos los de la clase que da órdenes tienen una fortaleza autosuficiente. Huertos en las terrazas. Marrones para arreglar toda la maquinaria… lástima que no podamos traer a algunos para que ayuden a Sinclair.
—Cargill percibió la hosca mirada de su capitán y añadió rápidamente—: Bueno, lo cierto es que el agricultor podría haber corrido mejor suerte en un combate, pero los dos lugares parecían fortines. Y lo mismo todos los demás palacios residenciales de que tengo noticia.
El doctor Horvath había estado luchando por controlarse, mientras Sally Fowler intentaba sin éxito ocultar lo mucho que le divertía la escena. Por fin, rompió a reír.
—Teniente Cargill, los pajeños dominan la navegación espacial y la energía de fusión desde hace siglos. Si sus edificios tienen aún aspecto de fortaleza, debe de ser la tradición… Usted es el especialista militar, ¿qué protección podría significar frente a armas modernas convertir las casas en fortines como ésos?
Cargill hubo de guardar silencio, pero su expresión mostraba que no le habían convencido.
—¿Decía usted que procuraban que sus casas fuesen autosuficientes?
—preguntó Rod—. ¿Incluso en la ciudad? ¡Qué tontería! ¿Y el agua?
—Llovía mucho —dijo Renner—. Tres días de cada seis. Rod miró al piloto jefe. ¿Hablaba en serio?
—¿Sabía usted que hay pajeños zurdos? —continuó Renner—. Todo invertido. Dos manos izquierdas de seis dedos, un gran brazo derecho, y la protuberancia del cráneo a la derecha.
—Tardé una media hora en darme cuenta —dijo Whitbread riéndose—. Aquel pajeño actuaba como el antiguo de Jackson. Debía de tener instrucciones.
—Zurdos —dijo Rod—. ¿Por qué no?
—Al menos habían cambiado de tema. Los camareros trajeron la comida y todos callaron. Cuando acabaron de comer era hora de bajar a Paja Uno.
—Quiero hablar un momento con usted, señor Renner —dijo Rod cuando el piloto jefe iba a marcharse. Esperó hasta que se fueron todos, salvo Cargill—. Necesito un oficial ahí abajo, y usted es el único del que puedo desprenderme que cumple las condiciones del almirante. Pero aunque no tenga usted armas, más que las personales, y no disponga de ningún infante de marina, esto es una expedición militar, y si llega el momento, está usted al cargo.