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READ-E-BOOK » Научная фантастика » La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]
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La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]

Электронная книга - «La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]». Краткое содержание книги:

Año 3017 d.C. Aunque el Segundo Imperio del Hombre abarca cientos de sistemas solares, todavía no se ha contactado con otros seres inteligentes. El hallazgo de una insólita nave espacial con el cuerpo exánime de un alienígena en el interior conducirá a los humanos hasta una lejana estrella inmersa en una densa nube de polvo estelar: la Paja. Una expedición descubrirá allí una antiquísima civilización, amable y hospitalaria, pero que rehúye tratar de ciertos aspectos de su sociedad. Y es que bajo las sonrisas tranquilizadoras, los pajeños ocultan un secreto planetario de impacto universal y devastador. Compuesta a cuatro manos en perfecta sintonía, esta novela conjuga acción, drama, suspense, tecnología y alienígenas verosímiles, política y violencia. Su extraordinario poder de entretenimiento y sorpresa la ha convertido en una auténtica obra de culto.
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—Tampoco lo sé —dijo Renner—. Ya oyó usted al capitán. Ahora, ¿cómo voy a despertarlos a todos a medianoche?

—Yo puedo encargarme de eso —dijo la pajeña de Renner.

Normalmente la cubierta hangar se mantenía en vacío. Las puertas eran tan inmensas que era inevitable alguna filtración. Más tarde, Cargill supervisaría la operación de someter a presión la cubierta hangar; pero de momento él y Sinclair realizaron su inspección en vacío. Todo parecía en orden, cuando entraron.

—¿Qué haría usted si fuese un pajeño miniatura?

—Colocaría los botes en el casco y utilizaría la cubierta hangar como tanque de combustible.

—Hay naves así. Sin embargo, es un trabajo de mucha envergadura para un enjambre de Marrones.

Cargill se acercó a las puertas del hangar. No estaba seguro de lo que buscaba, ni de por qué se había puesto a mirar hacia abajo, hacia sus pies. Tardó un momento en comprender que algo pasaba.

La hendidura que separaba las dos inmensas puertas rectangulares… no estaba allí.

Cargill miró a su alrededor, desconcertado. No había nada. Las puertas formaban parte del casco. Los motores de las bisagras, que pesaban varias toneladas cada uno, habían desaparecido.

—¿Sandy?

—¿Sí?

—¿Dónde están las puertas?

—Bueno, estamos delante de ellas… es increíble.

—Nos han sellado dentro. ¿Por qué? ¿Cómo? ¿Cómo pudieron trabajar en el vacío?

Sinclair volvió corriendo a la cámara neumática. Los controles de la puerta de la cámara de aire…

—Los instrumentos indican verde —dijo Sinclair—. Todo va bien, que sepamos. Si los Marrones pueden alterar los instrumentos, pudieron tener la cubierta hangar bajo presión hasta unos momentos antes de que llegáramos nosotros.

—Prueba las puertas —Cargill empujó una de las abrazaderas retráctiles.

—Según los instrumentos, las puertas se abren. Se abren del todo… —Sinclair se volvió. Nada. Una gran extensión de suelo pintado de beige tan sólido como el resto del casco.

Oyó la maldición de Cargill. Vio bajar a Cargill de la inmensa abrazadera retráctil y caer sobre lo que había sido una puerta del hangar. Vio a Cargill caer a través del suelo como a través de la superficie de una laguna.

Tuvieron que sacar a Cargill fuera del Campo Langston. Estaba hundido hasta el pecho en informes y negras arenas movedizas, y seguía hundiéndose, las piernas muy frías, el corazón latiendo muy lentamente. El Campo absorbía todo movimiento.

—Debería haber usado la cabeza —dijo al darse la vuelta—, eso es lo que dicen todos los manuales. Dormir el cerebro antes de que se pare el corazón. Pero ¡Dios mío! ¿Cómo podía pensarlo?

—¿Qué pasó? —preguntó Sinclair.

Cargill abrió la boca, la cerró, la abrió de nuevo, consiguió sentarse.

—No encuentro palabras. Fue como un milagro. Como si caminase sobre el agua y de repente me arrebatasen mi santidad. Sandy, fue realmente terrible.

—Parece también un poco extraño.

—Desde luego. Vio usted lo que hicieron, ¿no? ¡Esos pequeños cabrones están rediseñando la MacArthur! Las puertas aún siguen allí, pero ahora las naves pueden pasar a través de ellas. En caso de emergencia no hay siquiera que evacuar la cubierta hangar.

—Se lo diré al capitán —dijo Sinclair. Se volvió al intercomunicador.

—¿Dónde demonios se esconden? —exclamó Cargill. Los soldados de ingeniería que le habían ayudado le miraban con los ojos en blanco. Y lo mismo Sinclair.

—¿Dónde? ¿En qué lugar no miramos?

Aún sentía frío en las piernas. Se las frotó. En la pantalla pudo ver la expresión afligida de Rod Blaine. Cargill se puso de pie trabajosamente. Cuando lo hizo sonaron las alarmas en toda la nave.

—ESCUCHEN. ESCUCHEN. ALERTA. HAY INTRUSOS. TODO EL PERSONAL DE GUERRA DEBE PONERSE LA ARMADURA DE COMBATE. LOS INFANTES DE MARINA DEBEN PRESENTARSE EN LA BODEGA HANGAR CON ARMAS MANUALES Y ARMADURA DE COMBATE.

—¡Las armas! —gritó Cargill.

—¿Qué quiere decir? —dijo Sinclair. La imagen de Blaine se centró sobre el primer teniente.

—¡Los cañones, capitán! No miramos en los cañones. Maldita sea, soy un pobre estúpido, ¿pensó alguien en los cañones?

—Quizás —aceptó Sinclair—. Capitán, le suplico que envíe por los hurones.

—Demasiado tarde —dijo Blaine—. Hay un agujero en su jaula. Lo he comprobado ya.

—Maldita sea —dijo Cargill; lo decía reverentemente—. Malditos sean. —Se volvió a los infantes de marina armados que se concentraban en la cubierta hangar—. Síganme.

Había estado tratando a las miniaturas como si fuesen animales domésticos escapados. Pero ahora habían pasado a ser enemigos infiltrados.

Avanzaron apresuradamente hasta la torreta más próxima. Un soldado se levantó sorprendido de un salto de su puesto cuando el primer teniente, el ingeniero jefe y el escuadrón de infantes de marina con armadura de combate entraron en su sala de control.

Cargill examinó el panel de instrumentos. Todo parecía normal. Vaciló, realmente asustado, cuando iba a abrir el registro de inspección.

Las lentes y los anillos focales habían desaparecido en la Batería número 3. El espacio interior estaba lleno de Marrones. Cargill dio un salto hacia atrás horrorizado… y un hilo de láser chocó contra su armadura de combate. Maldiciendo, arrebató un tanque de cifógeno al infante de marina más próximo y lo echó en el hueco. No fue necesario abrir el grifo.

El tanque fue calentándose en su mano, y un rayo láser lo atravesó sin alcanzarle a él. Cuando el silbido se apagó, estaba rodeado de niebla amarilla.

El espacio interno de la Batería 3 estaba lleno de miniaturas muertas y de huesos. Había esqueletos de ratas, fragmentos de aparatos eléctricos, botas viejas… y Marrones muertos.

—Tenían aquí dentro un rebaño de ratas —gritó Cargill—. Luego debieron de comerse todo el rebaño, al aumentar tanto de número. Han estado devorándose unos a otros, además…

—¿Y las otras baterías? —preguntó Sinclair asombrado—. Será mejor que nos apresuremos.

Se oyó un grito en el pasillo exterior. El soldado que había sido desplazado de su puesto cayó hacia la cubierta. En su cadera apareció una brillante mancha roja.

—En el ventilador —gritó.

Un cabo disparó contra la rejilla. Brotó humo de su armadura de combate y saltó hacia atrás.

—¡Me alcanzaron, maldita sea! —miraba incrédulo un limpio agujero que tenía en el hombro mientras otros tres soldados disparaban lásers manuales contra una forma que se desvanecía rápidamente. En algún otro lugar de la nave sonó una alarma.

Cargill cogió el intercomunicador.

—Capitán…

—Lo sé —dijo Blaine rápidamente—. Los hay por toda la nave. En este momento han aparecido en una docena de sitios en los que hay lucha.

—Dios mío, señor, ¿qué hacemos?

—Envíe a sus hombres a la Batería número 2 para que despejen aquella zona —ordenó Blaine—. Y luego habrá que ir al control de daños —se volvió hacia otra pantalla—. ¿Alguna instrucción más, almirante?

El puente era todo actividad. Uno de los timoneles, que vestía armadura, saltó de su asiento y se volvió rápidamente.

—¡Hacía allí! —gritó. Un centinela apuntó desesperado con su arma alterada por un Marrón.

—No controla usted ya su nave —dijo llanamente Kutuzov.

—No, señor. —Blaine jamás había tenido que hacer una confesión tan desagradable.

—BAJAS EN EL PASILLO VEINTE —anunciaban desde el puente.

—Sección científica —dijo Rod—. Que todos los soldados de ese sector ayuden a los civiles a ponerse los trajes de presión. Es posible que tengamos que gasear toda la nave…

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