La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]
- Автор: Нивен Ларриё, Пурнель Джерри
- Год: 1994
- Язык: испанский
- Год: Mart
- ISBN: 84-270-1909-2
- Переводчик: Jose M. Alvarez Florez
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]». Краткое содержание книги:
Esperó mientras su Fyunch(click) enviaba a su Marrón por café. Esto le hizo echar de menos a Nabil… y preguntarse si el Marrón sería más hábil que Nabil. Había subestimado gravemente el poder de los Marrones-y-blancos. Al parecer su pajeño podía tripular cualquier vehículo de Paja Uno, estuviese construido ya o no; aun así, actuaba como agente de alguien a quien Bury nunca había visto. La situación era compleja.
El Marrón regresó con café y con otra jarra, algo que tenía un tono marrón pálido y que no humeaba.
—¿Venenoso? Muy probablemente —dijo su Fyunch(click)—. Los contaminantes podrían perjudicarle, o las bacterias. Es agua, del exterior.
Bury no tenía la costumbre de ir con demasiada rapidez al negocio. Consideraba que a un comerciante demasiado ansioso podían engañarle mucho más fácilmente. No tenía conciencia de los miles de años de tradición que había tras esta opinión suya. En consecuencia, él y su contacto pajeño hablaron de muchas cosas…
—«De zapatos y naves y cera, de coles y reyes» —citó, e identificó cada una de estas cosas, por las que el pajeño mostró evidente interés. Al pajeño le interesaban sobre todo las diversas formas de gobierno de los humanos.
—Pero no creo que deba leer a ese Lewis Carroll —dijo— hasta que sepa mucho más de la cultura humana.
Luego Bury planteó otra vez el tema de los artículos de lujo.
—Los artículos de lujo. Sí, estoy de acuerdo, en principio —dijo el pajeño de Bury—. Si un artículo de lujo es fácilmente transportable, puede rendir aunque sólo sea por la disminución de los gastos de combustible. Eso debe regir incluso con su Impulsor de Eddie el Loco. Pero en la práctica existen restricciones entre nosotros.
Bury había pensado ya en unas cuantas.
—Dígame cuáles —pidió.
—El café. Los tés. Los vinos. Supongo que usted comercia también en vinos…
—Mi religión prohibe el vino. —Bury comerciaba indirectamente en el transporte de vinos de un mundo a otro, pero no creía que los pajeños quisiesen comerciar con vino.
—No importa. Nosotros no toleramos el alcohol, y no nos gusta el sabor del café. Puede que pase lo mismo con otros productos parecidos, aunque quizás merezca la pena probar.
—¿Y ustedes no comercian con artículos de lujo?
—No. Con poder sobre otros, seguridad, permanencia de costumbres y dinastías… Como siempre, hablo en nombre de los que dan órdenes. Cubrimos esos campos, en su nombre, pero también nos ocupamos de la diplomacia. Comerciamos con bienes duraderos, artículos de primera necesidad, trabajos técnicos… ¿Qué piensa usted de nuestras obras de arte?
—Podrían venderse a buen precio, hasta que se hiciesen corrientes. Pero creo que donde mejor podría desarrollarse nuestro comercio es en el campo de las ideas y de los proyectos.
—¿Sí?
—El inodoro de superficie antiadhesiva, y el principio que hay tras él. Varios superconductores, que construyen ustedes mejor que nosotros. Vimos una muestra en un asteroide. ¿Pueden ustedes reproducirlo?
—Estoy seguro de que los Marrones encontrarán el medio —contestó el pajeño—. En eso no habrá problema. Ustedes, desde luego, tienen mucho que ofrecer. Terreno, por ejemplo. Querremos comprar terreno para nuestras embajadas.
Probablemente se lo ofrecerían gratis, pensó Bury. Pero para aquella raza la tierra debía de tener un valor literalmente incalculable; sin los humanos jamás tendrían más de la que tenían por el momento. Y querrían tierra para asentamientos. Aquel mundo estaba superpoblado. Bury había visto las luces urbanas desde la órbita, un campo de luz alrededor de océanos oscuros.
—Tierra —repitió— y cultivos. Hay cultivos que crecen bajo soles muy parecidos a éste. Sabemos que pueden ustedes comer algunos de ellos. ¿Podrían cultivarse aquí con más eficacia que los productos del planeta? Los alimentos nunca resultan comercialmente productivos por los gastos de transporte, pero puede que las semillas sí.
—Supongo que tendrán ustedes también ideas que pueden vendernos.
—No lo sé. Vuestra inventiva es enorme y admirable. El pajeño hizo un gesto cortés.
—Gracias. Pero no hemos hecho todo lo que se puede hacer. Tenemos un Impulsor de Eddie el Loco, por ejemplo, pero el generador del campo de fuerza que protege…
—Si me fusilasen, perderían ustedes al único comerciante de este sistema.
—Por Alá… quiero decir, ¿están las autoridades del Imperio tan decididas a guardar sus secretos?
—Quizás cambien de idea cuando conozcamos mejor a los pajeños. Además, yo no soy físico —dijo Bury suavemente.
—Ah. Bury, no hemos agotado el tema del arte. Nuestros artistas tienen libertad total y acceso inmediato a los materiales, y muy poca supervisión. En principio, el intercambio de obras de arte entre Paja y el Imperio facilitaría la comunicación. Aún no hemos intentado nunca dirigir nuestro arte a una mente alienígena.
—Los libros y las cintas pedagógicas del doctor Hardy contienen muchas de nuestras obras de arte.
—Debemos estudiarlas —el espejo de Bury bebió pensativo un trago de su agua sucia—. Hablemos del café y del vino. Mis compañeros han percibido… ¿cómo lo expresaría?… una fuerte inclinación cultural hacia el vino entre los científicos y los oficiales de la Marina humanos.
—Sí. Lugar de origen, fechas, marcas, capacidad para soportar la caída libre, qué vino va con cada comida —Bury hizo un gesto agrio—. Son cosas de las que oigo hablar, pero de las que prácticamente no sé nada. Me parece irritante y muy poco práctico el que algunas de las naves avancen con aceleración constante sólo para impedir que una botella de vino sedimente. ¿Por qué no se puede centrifugar el líquido tranquilamente después de desembarcar?
—¿Y el café? Todos toman café. El café varía según su origen, el suelo en que se cría, el clima, el método de tostado. Sé que es así. He visto vuestros almacenes.
—Tengo mucha mayor variedad a bordo de la MacArthur. Sí… y hay mucha diferencia también entre los bebedores de café. Diferencias culturales. En un mundo de origen norteamericano como Tabletop no soportarían la pócima oleaginosa que prefieren en Nuevo París, y les parece mucho más dulce y fuerte el café de Levante.
—Ah.
—¿Ha oído hablar del Blue Mountain de Jamaica? Crece en la misma Tierra, en una gran isla: la isla nunca fue bombardeada, y las mutaciones fueron eliminadas en los siglos que siguieron al derrumbe del Condominio. No puede comprarse. Las naves de la Marina lo llevan al palacio imperial de Esparta.
—¿Cómo sabe?
—Como ya he dicho, está reservado para la Casa Real… —Bury vaciló—. Muy bien. Pero ya me conoce. No volvería a pagar ese precio, pero no lo lamento.
—La Marina le menosprecia a usted por su falta de conocimientos en cuestión de vinos. —El pajeño de Bury no parecía sonreír; su suave expresión era la de un comerciante, se ajustaba a la del propio Bury—. Una estupidez por su parte, desde luego. Si supiesen todo lo que hay que saber sobre el café…
—¿Qué quiere decir?
—Tiene usted reservas de café a bordo. Enséñeles sobre el café. Utilice sus reservas para ese fin.
—¡Mis reservas no durarían una semana con los oficiales de un crucero de combate!
—Debería usted mostrarles que hay una similitud entre su cultura y la de ellos. ¿O no le agrada esta idea? No, Bury, no estoy leyéndole el pensamiento. Usted detesta a la Marina; tiende a exagerar las diferencias entre ellos y usted. ¿Cree que ellos piensan de igual modo? Le repito que no estoy leyendo su pensamiento.
Bury reprimió la furia que sentía crecer en su interior… y en aquel momento se dio cuenta. Supo por qué el alienígena seguía repitiendo aquella frase. Era para desconcertarle. En un marco comercial.