La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]
- Автор: Нивен Ларриё, Пурнель Джерри
- Год: 1994
- Язык: испанский
- Год: Mart
- ISBN: 84-270-1909-2
- Переводчик: Jose M. Alvarez Florez
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «La paja en el ojo de Dios [The Mote in God's Eye - es]». Краткое содержание книги:
—De acuerdo, señor —dijo Renner; parecía desconcertado.
—Si tuviese usted que disparar contra un hombre, o contra un pajeño, ¿lo haría?
—Lo haría, señor.
—Ha contestado usted muy deprisa, señor Renner.
—Lo pensé con mucha calma, hace tiempo, cuando decidí incorporarme a la Marina. Si me hubiera considerado entonces incapaz de disparar contra otro, no habría ingresado en el cuerpo.
Blaine asintió.
—Siguiente pregunta: ¿puede usted apreciar la necesidad de una acción militar a tiempo para hacer algo? ¿Aunque lo que hiciese fuese desesperado?
—Eso creo, capitán. ¿Puedo decir algo? Deseo volver, y…
—Diga lo que sea, señor Renner.
—Capitán, el Fyunch(click) que tenía usted se volvió loco.
—Tuve conocimiento de ello —dijo fríamente el capitán Blaine.
—Creo que el hipotético Fyunch(click) del Zar se volvería loco mucho más deprisa. Lo que usted quiere es el oficial a bordo de esta nave menos inclinado a la forma militar de pensar.
—Suba a bordo, señor Renner. Y buena suerte.
—Gracias, capitán. —Renner no hizo el menor intento de ocultar su sonrisa mientras salía del camarote.
—Lo hará bien, capitán —dijo Cargill.
—Eso espero, Número Uno. Jack, ¿cree usted que fue nuestra actividad militar lo que volvió loca a la pajeña?
—No lo creo, señor. —Cargill parecía seguro.
—¿Qué fue entonces?
—No lo sé, capitán. No sé demasiado sobre esos monstruos de ojos saltones. Sólo hay una cosa de la que estoy seguro, y es que están aprendiendo más sobre nosotros que nosotros sobre ellos.
—Oh, vamos, Número Uno. Llevan a los nuestros adonde los nuestros dicen. Según Sally les hacen reverencias… pero en fin, para ellos eso no es tan difícil… Bueno, lo cierto es que dice que son muy amables y que siempre cooperan. No ocultan nada. A usted siempre le han dado miedo los pajeños, ¿verdad? ¿Tiene idea de por qué?
—No, capitán —Cargill miró fijamente a Blaine y decidió que su jefe no estaba acusándole de burlarse—. Simplemente todo esto no me huele bien. —Miró su computadora de bolsillo para saber la hora—. Tengo que darme prisa, capitán. Debo ayudar al señor Bury en ese asunto del café.
—Bury… Jack, tenía ganas de hablar con usted sobre esto. Su pajeño vive ahora en la nave embajadora. Bury se ha trasladado al transbordador. ¿De qué demonios hablan?
—¿Qué quiere decir, señor? Están negociando acuerdos comerciales…
—Ya, pero Bury sabe mucho sobre el Imperio. Economía, industria, tamaño general de la flota, cuántos enemigos tenemos; Bury sabe todo eso y mucho más.
Cargill rió entre dientes.
—Él no dejaría que su mano derecha supiese cuántos dedos hay en la izquierda, capitán. ¿Cree usted que iba a darle algo gratis el pajeño? Además, estoy casi seguro de que no dirá nada que usted no aprobase.
—¿Por qué está tan seguro?
—Le dije que habíamos puesto micrófonos en todos los rincones del transbordador, señor —la sonrisa de Cargill creció aún más—. Sabe, claro, que no podemos escuchar todas las grabaciones simultáneamente, pero… —Rod volvió a reír.
—Espero que resulte. Está bien, es mejor que se vaya usted a la Tertulia de Café… ¿Seguro que no le importa ayudarme en esto?
—Capitán, la idea fue mía. Si Bury puede enseñar a los cocineros a hacer mejor café en las alertas de combate, podría hasta modificar la opinión que tengo de él. ¿Por qué se le mantiene prisionero en esta nave? No lo sé exactamente…
—¿Prisionero? Teniente Cargill…
—Capitán, no hay miembro de la tripulación que no se dé cuenta de que resulta extraño que ese hombre esté a bordo. Según los rumores está implicado en la rebelión de Nueva Chicago, y usted tiene que llevarle ante el Almirantazgo. ¿Es así, verdad?
—Alguien anda hablando demasiado, Jack. No quiero hablar de este asunto.
—Por supuesto, capitán. Tiene usted órdenes, capitán. Pero me he dado cuenta de que no lo desmiente. En fin, comprendo. Su familia es más rica que el propio Bury… Me pregunto cuántos hombres de la Marina se venderían… Me daría miedo tener prisionero a un tipo que puede comprar un planeta entero.
Y dicho esto, Cargill salió rápidamente por el pasillo que conducía a la cocina principal de la nave.
La noche anterior la conversación que había seguido a la cena había desembocado en el tema del café, y Bury había perdido su distanciamiento aburrido habitual para hablar por extenso sobre el tema. Les había hablado de la histórica especie cafetera Moka-Java, que aún se daba en lugares como Makasar, y la feliz mezcla de Java puro y el grúa que se destilaba en el Mundo del Príncipe Samuel. Conocía la historia del Blue Mountain jamaicano, aunque, según dijo, nunca lo había probado. Cuando terminaron el postre, sugirió que «catasen café» a la manera que se cataba el vino.
Había sido una culminación magnífica de un banquete excelente, con Bury y Nabil moviéndose como nigromantes entre filtros y agua hirviendo y etiquetas escritas a mano. Los huéspedes se divirtieron mucho, y esto convirtió a Bury en un hombre distinto; nadie había pensado que pudiese tener una afición como aquélla.
—Pero el secreto básico es mantener el equipo muy limpio —había dicho—. Los aceites amargos del café de ayer se acumularán en la cafetera, sobre todo en el filtro.
Al final Bury se ofreció a inspeccionar al día siguiente los servicios de elaboración de café de la MacArthur. Cargill, que consideraba vital el café en una nave de guerra, tanto como los torpedos, aceptó la colaboración muy gustoso. Mientras observaba al barbudo comerciante examinar el gran filtro, se sirvió una taza.
—Desde luego la máquina está bien conservada —dijo—. Muy bien conservada. Está absolutamente limpia y no se recalienta el café demasiado a menudo. Para café normal es excelente, teniente.
Desconcertado, Jack Cargill se sirvió una taza y lo probó.
—Vaya, esto es mejor que el brebaje que tomamos en la sala de oficiales.
Hubo entre los cocineros miradas de reojo. Cargill las advirtió. Advirtió también otra cosa. Pasó un dedo por un lado del colador y descubrió una capa marrón y oleosa.
Bury repitió el gesto, olisqueó el dedo y se tocó con él la punta de la lengua. Cargill probó el aceite en la mano. Era como todo el mal café que había tragado por miedo a caer dormido de guardia. Volvió a examinar el filtro y la manecilla de la espita.
—Las miniaturas —gruñó Cargill—. Hay que desmontarla.
Vaciaron la máquina y la desmontaron… en la medida en que pudieron. Piezas hechas para atornillarse estaban ahora fundidas en una sola unidad. Pero el secreto del filtro mágico parecía ser la permeabilidad selectiva. Dejaba pasar los aceites más viejos.
—A mi empresa le gustaría comprar este secreto a la Marina —dijo Bury.
—Nos gustaría tenerlo para vendérselo. Está bien, Ziffren, ¿cuánto tiempo lleva esto así?
—¿Señor? —el cocinero parecía pensarlo—. No sé, señor. Puede que dos meses.
—¿Estaba así antes de que esterilizásemos la nave y acabásemos con las miniaturas? —preguntó Cargill.
—Oh, sí, señor —contestó el cocinero. Pero lo dijo vacilando, y Cargill abandonó la cocina con el ceño fruncido.